Desde las artes podemos generar diversas creaciones artísticas, las cuales dependiendo de su contexto en el que habiten aportan a la percepción visual y emocional del entorno, o en este caso de la comunidad. Además el arte contemporáneo pone de relieve el papel del proceso en la experiencia artística, encuentra recursos en todas las técnicas, todos los materiales, todas las corrientes expresivas. Esta mirada abierta a las posibilidades, nutren la práctica artística de manera desprejuiciada de relaciones con el contexto, permitiendo optimizar creativamente los recursos disponibles. Una experiencia sensible permite observar las raíces en el mundo actual, que tiene incluso los conceptos más abstractos.
1. La espiritualidad forma parte del ser humano desde su origen. Asimismo, es un aspecto que ha sido repetidamente abordado a lo largo de los siglos por multitud de tradiciones filosóficas, culturales, psicológicas y sociales. La espiritualidad es un ámbito del ser humano que todas las civilizaciones han cultivado durante milenios. Se trata de atender a ese “espacio interior del mundo” y al espacio propio (Benito, Barbero y Dones, 2014).
Uno de los principales factores de confusión a la hora de establecer una definición de lo que es la espiritualidad es la asociación repetida del término "espiritualidad" con el fenómeno "religioso". Espiritualidad y religión no son elementos mutuamente excluyentes, sino que pueden superponerse o existir separadamente (Mytko y Knight, 1999). El ser espiritual no depende exclusivamente de la variable "religiosidad" sino que, desde la literatura científica, se considera la espiritualidad como término más amplio que la religión (Rowe y Allen, 2004) considerando la espiritualidad como concepto holístico e inclusivo (Visser, Garssen, Vingerhoets, 2009).
En cuanto al arte, la literatura apunta que el verdadero origen del comportamiento simbólico-artístico de la humanidad actual nace con el homo sapiens, pese a la existencia de puntuales manifestaciones de arte anteriores.
1.1. La espiritualidad está presente de forma nuclear en la vida del individuo. Emerge en cada vivencia a la que se le otorga un significado, mediante la relación humana en que el afecto permite el enriquecimiento mutuo o en actos de solidaridad y cooperación que facilitan la pertenencia más allá de la persona, sea o no consciente de dicha presencia espiritual. Se representa, por tanto, en la cotidianidad del ser humano al ofrecer unión, conexión e influencia entre cada uno de sus componentes (Benito, Barbero y Payás, 2008; Cruzado, 2015).
Además, es importante destacar que la naturaleza esencial como seres humanos es profundamente espiritual (Benito, Barbero y Payás, 2008). Por ello, las necesidades espirituales son parte del ser humano, emergen del interior de la persona y se manifiestan de manera transversal en cada cultura (Benito et al., 2014; Ruth, 2002; Torralba, 2010). En relación con el marco contextual de desarrollo del individuo, la literatura consultada remarca que la expresión de la espiritualidad está profundamente relacionada con la cultura y el área social de referencia del sujeto (Benito et al., 2014; Lowenthal et al., 2001; Moberg, 2002). Por último, la espiritualidad puede facilitar la germinación de armonía. Mediante este componente, la persona puede sentirse íntegra y digna, reconfortada con ella misma, con sus seres queridos y/o con una fuerza superior que va mucho más allá de sí misma o del resto de sujetos significativos (Barreto et al., 2015).
1.2. Desde el enfoque psicológico, se definen tres dimensiones de la espiritualidad que permiten aproximarse de modo claro y directo a su estudio. De forma esquemática se puede resumir esta red de relaciones siguiendo a Mount, Boston y Cohen (2007), quienes exponen que, a través de procesos de revisión de la vida, búsqueda de sentido, despedidas y dotación de legado se refuerzan las llamadas conexiones sanadoras. Estas conexiones se establecen consigo mismo (intrapersonales), con el resto de seres (interpersonales) y con el mundo fenomenológico y trascendente (transpersonales).
Las experiencias de plenitud e integridad tienen como aspectos más destacables: la capacidad de encontrar la paz, la percepción de sentido y significado en la vida, y la capacidad de elegir la actitud frente a la adversidad. Se destaca que este proceso representa una experiencia única e individual de la que la persona o la comunidad es protagonista absoluta. En cuanto a la dimensionalidad del constructo y atendiendo a la propuesta de Benito, Barbero y Payás, (2008) se define la dimensión intrapersonal como aquella que aborda el sentimiento de integridad entendida como la congruencia con los propios valores, la coherencia y la armonía, así como la búsqueda de un propósito, del sentido de la vida, la dotación de significado de la experiencia y el encuentro de un motivo que actúe como motor del día a día. La dimensión interpersonal responde a la calidad de ser reconocido como persona con respeto y dignidad; las transacciones armónicas, la capacidad de perdonar y de ser perdonado, de reconciliarse con las relaciones pasadas; la conexión con el resto de seres sintiéndose amado y amando. Así pues, se puede decir que, mediante estas tres dimensiones, se hace un ejercicio para explicar y comprender el concepto abstracto y amplio de espiritualidad de modo más claro.
La creación de estas tres dimensiones, además, permite obtener un enfoque científico, lo cual redunda en un mayor conocimiento en este campo de estudio. En este artículo se abordará la dimensión transpersonal, que permite a la persona conectar con algo que va más allá de sí misma (Benito, Barbero y Payás, 2008). En este sentido, la literatura refiere una gran cantidad de formas y tecnologías del conocimiento que tienen por finalidad la trascendencia de la persona, contemplando entre otras, la naturaleza, la cooperación o la paz.
1.3. El arte es parte fundamental en todas las culturas y es vehículo a través del cual se puede expresar sentimientos, pensamientos, valores y/o deseos. Está presente en la evolución humana, contribuye a la noción de bienestar, así como ejerce de catalizador del sufrimiento del ser humano en el devenir de la vida. El presente trabajo se enfoca en aportar una pequeña muestra sobre las diferentes formas o metodologías artísticas que han sido utilizadas por el ser humano en los albores de la civilización para relacionarse con la espiritualidad desde la dimensión de la trascendencia. Conocer e intentar comprender estas primeras manifestaciones artísticas permite tener una clara aproximación a las mentalidades y preocupaciones de las primeras comunidades humanas, de sus sociedades, sus creencias y sus relaciones con su mundo exterior e interior. Se debe considerar, por tanto, el arte como una manifestación de un espacio y un tiempo concretos, una reflexión social y personal específica (en tanto que creación de un/a artista) y que, con la producción de la “obra”, creará una conexión con lo más íntimo de la persona, así como una relación con el resto a través del ofrecimiento de esta creación artística a su comunidad y al mundo, facilitándose pues con este gesto, la trascendencia más allá de la “obra” misma.
A partir de aquí, el ofrecer un recorrido básico por las primeras muestras artísticas ligadas a la espiritualidad y trascendencia resultará ilustrativo para profundizar en la confluencia existente entre el arte y la mentalidad humana pues, en palabras del historiador y divulgador del arte E. H. Por motivos de concreción y para poder ofrecer una visión, lo suficientemente diáfana a la vez que significativa del tema que nos concierne, se ha focalizado el campo de análisis tanto geográfica como cronológicamente en las primeras civilizaciones de la cultura occidental. En este sentido, dicha temporalización permitirá abordar, primeramente, el estudio alrededor de las incipientes muestras de arte prehistóricas europeas y las diferentes interpretaciones que ha dado la investigación y que conectan con los conceptos de “espiritualidad” y “trascendencia” previamente comentados.
2. 2.1. Existen manifestaciones artísticas desde el primer momento de la humanidad, pero el verdadero origen del comportamiento simbólico-artístico en el ser humano aparece de la mano del homo sapiens, el primer antepasado que, más allá de “crear” el arte con una finalidad de conservación y/o reproducción, incorpora en sus “obras” una capacidad de interiorización que le van a permitir relacionarse con el exterior de una forma totalmente distinta al resto de mamíferos.
Y es en esta capacidad de interiorización y conexión con uno mismo y con el resto que se observa la espiritualidad como inherente en el ser humano (Jager et al., 2012). El inicio, por tanto, en el estudio del arte, tal y como se entiende en la actualidad, ha sido fijado con las primeras manifestaciones artísticas creadas por las comunidades de homo sapiens. Si bien es claro el punto de inicio, no lo es tanto el significado que tienen estas incipientes creaciones artísticas. El modo más habitual en la investigación ha sido vincular este “arte prehistórico” con la producción artística de aquellas culturas “primitivas” existentes en la actualidad, es decir, las civilizaciones actuales que, por diferentes condiciones, permanecen en un “estadio de civilización” lo más próximo a la época prehistórica (Argullol, 1989).
No obstante, al igual que en las “civilizaciones primitivas” actuales, los antepasados prehistóricos no utilizaban las representaciones pictóricas y/o escultóricas con un único sentido o función. Por tanto, supone que el paralelismo entre el “arte prehistórico” y el “arte primitivo actual” encierra en sí mismo una serie de dificultades y contradicciones, puesto que existe lo que la antropología ha nombrado como “multiplicidad de aproximaciones” para explicar dichos interrogantes (Fullola y Nadal, 2005). En cualquier caso, es evidente que las representaciones artísticas prehistóricas, como el conjunto del arte occidental, están ligadas con el mundo de la mente y de la espiritualidad. En estos primeros tiempos de la Historia de la Humanidad, lo que se denomina pensamiento mágico o religioso impregna todos los aspectos estructurales de los pueblos prehistóricos y, en consecuencia, de su arte.
De este modo, las representaciones artísticas prehistóricas apuntan hacia una dualidad entre reproducir o relacionarse con aquellos fenómenos conocidos o “perceptibles” (por ejemplo, los ciclos de la naturaleza misma) y analizar o interrogar aquellos otros que son desconocidos o provocan inquietudes vitales (el nacimiento, la muerte, el más allá, el origen y finitud de las cosas…) (Argullol, 1989). Tanto en los fenómenos perceptibles como desconocidos, el arte permitirá aproximarse a esta dimensión transpersonal ofreciéndoles la posibilidad de sentirse parte de algo más grande o elevado que lo tangible e interrogarse acerca de aquello no visible.
Estas inquietudes y preguntas tendrán su respuesta directa a través de la consolidación de las dos grandes posturas estéticas del arte: el realismo (se busca dar a la “obra” la apariencia de las “cosas” que se ven, apoderándose de ellas en cierto modo) y la abstracción (se impone a la materia las estructuras mentales propias de la persona “artista”) (Huyghe, 1965). Siguiendo esta línea, en la literatura se ha llegado a manifestar que el arte rupestre prehistórico nos remite a rituales chamánicos, en los cuales se considera la existencia de una “realidad visible” conectada a una “realidad no visible”, manifestación directa de la espiritualidad (Barandiarán et al., 2007; Fullola y Nadal, 2005).
El arte prehistórico inaugura así esta conexión única entre la creación artística y la vinculación del individuo con el entorno que le rodea, su mundo interior y aquello inobservable. Las manifestaciones artísticas de este vasto período son inmensas y están sujetas a profundos cambios en la medida en que una nueva excavación o descubrimiento aporta novedades al estudio histórico. Las representaciones artísticas prehistóricas formaban parte de la cotidianidad de estos grupos o comunidades primitivas y, por tanto, hay que tener en cuenta la diferenciación, según soporte material, entre el “arte mueble” y el “arte parietal” o “arte rupestre” (pinturas, grabados, relieves, entre otros).
En este sentido, es significativo del arte paleolítico europeo la aparición de diferentes elementos decorativos del arte mueble que denotan esta unión entre la funcionalidad del objeto y su voluntad representativa. Uno de los ejemplos más significativos son las venus paleolíticas, que se asocian mayoritariamente a la Diosa madre o la Madre Tierra, vinculando al individuo con una realidad trascendente.
La Cataluña medieval construyó gran parte de su experiencia religiosa a través de objetos que iban mucho más allá de su función material. Instrumentos del alma. Materia y espíritu en la Cataluña medieval es un proyecto expositivo que aborda estas relaciones entre materia y trascendencia en seis ámbitos que plantean distintas formas de entender la experiencia religiosa: Con los cinco sentidos, En cuerpo y alma, Finestres del cel, Convivir con lo sagrado e Instrumentos transculturales.
La exposición muestra que la liturgia implicaba la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto, y que el valor de la materia dependía de sus propiedades físicas para evocar ideas y significados espirituales. Asimismo, subraya la importancia de la encarnación cristiana en la devoción y la mediación entre lo visible y lo sagrado a través de reliquias, imágenes y objetos vinculados a la corporalidad.
Entre las obras y textos citados, destacan reflexiones y ejemplos que conectan arte, religión y espiritualidad: desde los frisos del Partenón hasta La Última Cena, pasando por la figura del Cristo en contextos bíblicos y las series de Kandinsky. Kandinsky describe en De lo espiritual en el arte la búsqueda de la trascendencia y la interrelación entre música y pintura, enfatizando que el arte debe ir más allá de la representación, hacia lo interior y lo espiritual.
La experiencia de la artista contemporánea que comparte sus reflexiones sobre Hilma af Klint, Kandinsky, Xul Solar y Remedios Varo ilustra cómo el arte puede ser un portal hacia lo invisible, un canal para comunicar experiencias personales y espirituales. Sus relatos incluyen la percepción de energías invisibles, la canalización y la búsqueda de una educación sensorial y corporal que permita trabajar desde la intuición y el cuerpo.
La donación de Claudio di Girolamo a la Pontificia Universidad Católica de Chile, así como su libro CDG7O: Claudio di Girolamo. Setenta años de arte religioso, amplían el horizonte de la relación entre arte y espiritualidad en territorios latinoamericanos y europeos. Su obra y su reflexión sobre pliegues y repliegues remiten a un diálogo entre lo visual y lo teológico, entre lo material y lo sagrado, y su legado invita a cuestionar cómo la materia puede ser mediación de lo trascendente.

Este diálogo entre materiales y espiritualidad se nutre de ejemplos históricos y contemporáneos que muestran cómo la materia, cuando se anima, puede gestar espacios de experiencia y conexión con lo trascendente. En este marco, la pregunta por la función social del arte se convierte en pregunta por la sensibilidad y la ética del uso de los recursos disponibles, así como por la responsabilidad de las comunidades artísticas ante el entorno y las generaciones futuras.
I Simposio Trascendencia y Espiritualidad en el Arte Contemporáneo - Javier Viver e Isabel Fernández
En suma, el análisis de las fuentes y ejemplos presentados revela que la espiritualidad no es exclusivamente religiosa, sino un marco amplio que abarca la conexión con otros, con la naturaleza y con lo sutil que subyace a la experiencia estética. El arte, al explorar estas dimensiones, se convierte en vehículo de transmisión de significados, valores y preguntas que reproducen la búsqueda humana por significado, pertenencia y trascendencia.