Borges meditaciones davant i la creu: resonancias místicas entre san Juan de la Cruz y la literatura del siglo XX

Conocidísima es la influencia de san Juan de la Cruz en sus coetáneos y en la lírica de poetas del siglo XX en adelante que rebasan el generoso perímetro de la literatura hispánica. En este orden de ideas, no suena arriesgado establecer el paralelismo innegable de las liras séptima y octava -cuasi extáticas en su esfuerzo de comunicar un goce estético insuperable- de la oda III «A Francisco Salinas», de fray Luis de León, con la lira quinta de la «Noche oscura» o la decimocuarta del «Cántico espiritual», que comparten el deslumbramiento de una voz lírica exaltada e inexorablemente ávida de oxímoros paradójicos desde el balcón exclusivo del éxtasis transformante.

Tampoco resultaría descabellado afirmar que don Miguel de Unamuno y Jugo aprendió de los místicos el dominio magistral de la paradoja, si bien este volumen monográfico ha convocado a numerosos especialistas para comprobarlo con variedad de autores más allá de los peninsulares. Mi intervención, quizá, confluya con el propósito común, aunque desde un meandro bastante incómodo: la congruencia de los contrarios, es decir, una lectura armónica de dos nombres tan disímiles como Jorge Luis Borges y san Juan de la Cruz. La aversión de Borges por san Juan y por todos los autores místicos españoles aparece debidamente registrada en la entrevista titulada «The Secret Islands», a cargo de Willis Barnstone y de Jorge Oclander, editada y publicada por Barnstone en Borges at Eighty (Indiana University Press, 1982).

Después de conversar sobre cantidad de temas, Barnstone inquiere a Borges sobre el Cielo, que Borges descarta de plano con las negaciones de una dicha eterna y de una vida después de la muerte. En este punto, Barnstone provoca a Borges con una reconsideración de lo dicho cuando le declara: «You have been interested in the mystics», a lo que Borges replica: «At the same time I am no mystic myself».

Esta negación inesperada -y hasta innecesaria- merece una justificación de la que me ocuparé más adelante. Lo cierto es que Borges fue llevado hábilmente por Barnstone a tocar uno de sus principales ejes de investigación: la mística comparada y la posibilidad real de vivir, hic et nunc, algo allende nuestras coordenadas locativo-cronológicas. Acto seguido, Barnstone acaba por abrir con gentileza la puerta que Borges le dejó entreabierta: «I imagine that you would consider the voyage of the mystics a true experience but a secular one. Could you comment on the mystical experience in other writing, in Fray Luis de León…»

Al margen de la desacertada figura propuesta por Barnstone, Borges, mistólogo terminado, no titubea en rechazarla como exponente místico bona fide y aprovecha para cercenar de un solo sablazo toda la literatura mística española: «I wonder if Fray Luis de León had any mystical experience. I should say not. When I talk of mystics, I think of Swedenborg, Angelus Silesius, and the Persians also. Not the Spaniards. I don’t think they had any mystical experiences».

La perplejidad de Barnstone lo insta a rescatar de los rastrojos al Doctor MYSTICUS; pero Borges le sale al paso con una crítica literaria bastante injusta por reduccionista: «I think that Saint John of the Cross was following the pattern of the Song of Songs. And that’s that. I suppose he never had any actual experience».

Negándole toda su fenomenología mística y los galones de vate a lo divino, Borges tacha de simple imitador al exponente máximo de la mística hispánica. Si bien resulta verdadero que semejante atrocidad no parecería extraña a los lectores avezados, no menos cierto es el hecho de que Borges guarda no pocas congruencias con el místico de Fontiveros. Exploremos algunas.

Enfocado en el alevoso «efecto de oxímoron» de Borges en el cuento «El Aleph», Salomón Lévy arguye, solo de paso y a la luz de la Kabaláh, que la visión del Aleph acaece en el sótano, en las tinieblas más interiores de una edificación, que nos puede recordar «La noche oscura» de san Juan de la Cruz. Aunque solo limitado a la mención del poema juancrucista, Lévy no expresa una correspondencia evidente: la protagonista poética ha emprendido una suerte de vuelo imposible en el éxtasis, debido a que sale de sí hacia adentro de sí, guiada por una luz interior más potente que la luz del mediodía.

«Borges», protagonista y narrador del cuento, tiene que arrellanarse en decúbito dorsal en las baldosas para fijar la mirada en el escalón decimonono del sótano, con aspecto de pozo, para ver el Aleph, una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Adentrado en la oscuridad producida por la profundidad, el narrador ve el inconcebible universo en la esfera de dos o tres centímetros de diámetro, que le derivó, a su vez, sentimientos encontrados: infinita veneración, infinita lástima.

Luce López-Baralt advierte otro locus communis cuando comenta la resonancia del verso «pasaré los fuertes y fronteras» del alma mística en la visión del sujeto lírico borgeano que canta su rapto espiritual en el poema «Mateo, XXV, 30». Lo que observa la estudiosa puertorriqueña es la metáfora ontológica del tránsito de la consciencia limitada del yo lírico a la transformación de sí en un centro cognoscitivo de carácter infinito. Innegables, por idénticos, se advierten los rasgos del efecto ontológico ganado por los sujetos que se exponen a la manifestación de lo sobrenatural.

Las criaturas le confirman a la amada del «Cántico» -en la lira quinta- no ser las mismas luego del paso del Amado, porque con sola su figura y su mirada simultáneas fueron hermoseadas al instante por Él. De otra parte, el estudiante de derecho en Bombay que protagoniza «El acercamiento a Almotásim» determina dedicar sus días al encuentro del hombre equiparado a la claridad causante de alguna mitigación de infamia manifiesta en uno de los hombres aborrecibles con quienes le ha tocado vivir. Definido el argumento de la novela, se robustece la tesis de la exacta proporción entre quienes conocen más de cerca a Almotásim y la porción de divinidad asumida.

Esto le sirve de excusa a Borges para seguir rastreando el leitmotiv al pie del texto, documentándolo en el Coloquio de los pájaros y en el quinto libro de las Enéadas, de Plotino. El uso de la enumeración como herramienta para sugerir el carácter cósmico de la experiencia mística figura como recurso poético en ambos autores. Son clásicas las estrofas decimotercera y decimocuarta del «Cántico espiritual», donde el alma se asemeja a un surtidor de nueve metáforas alusivas al Amado en relación asindética y sin verbo ser. Borges, en sus cuentos, demuestra que sus protagonistas inmersos en la vivencia de la eternidad pueden explotar este recurso retórico, especialmente en la ya citada visión del Aleph.

Acerca de la revelación proferida por la voz infinita en «Mateo, XXV, 30», López-Baralt subraya la omisión del verbo ser que comparte con las metáforas ontológicas del Amado en el Cántico. Con todo lo expuesto, parece menos convincente encontrar paralelismos entre san Juan y Borges en la mera predilección por la poesía como medio para transmitir el fenómeno extraordinario que uno llamó su Amado y el otro, sin mucho ahondar, tildó de eternidad.

A Gerardo Diego le debemos el estudio más concienzudo de la musicalidad en la poesía de san Juan de la Cruz, epíteto «ruiseñor de Fontiveros» por su espíritu diletante y su embeleso por el canto, así como su descripción de los versos como «música de ruiseñores». Diego parte del mismo léxico juancrucista para afirmar que san Juan ha desterrado el endecasílabo sáfico por un sistema exclusivo, con lo que concluye que, de cada cinco endecasílabos de «nuestro arrebatado gorjeador», cuatro llevan una acentuación fija en segunda, sexta y décima sílabas. Con un patrón rítmico dominante, Diego señala que estas claves permiten el acceso a una unidad indivisible de materia y espíritu. Borges no parece rezagado, incluso en la prosa, pues sus narradores muestran una cadencia que podría segmentarse en versos mediante la combinación de pies y ritmos; la música de la eternidad se percibe como una estructura que sobrevive en la narrativa.

Una última admisión de Borges aludiendo al mismo carmelita la otorga: la experiencia mística. Borges afirmó haber vivido dos fenómenos místicos -así los llamó- y los detalles de uno quedaron grabados en la entrevista citada. López-Baralt ha destacado la importancia del componente místico en «El Zahir». Es un hecho: el maestro agnóstico, además de no considerarse místico, había vivido lo Indecible de tal modo que sus palabras delataban una certeza monolítica. En 1991, López-Baralt y quien escribe entrevistamos a María Kodama para explorar más a fondo los testimonios del propio autor sobre sus experiencias místicas, y su trasvase a su obra literaria.

diagramas de influencias místicas en Borges

Ensayo y literatura en América Latina | María Pía López

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