Un yo perdurable aparece como eje de una conversación entre la tradición budista Mahāyāna y la necesidad de una civilización humana en plena transición hacia el siglo xxi. Este texto corresponde a una disertación pronunciada en la Universidad de California en Los Ángeles el 1º de abril de 1974, y se nutre de los diálogos sostenidos entre Daisaku Ikeda y Arnold J. Toynbee sobre civilización, vida, saber y educación, así como sobre la responsabilidad de las generaciones futuras por el bienestar común.
El contexto y la pregunta por la moderación
Según Toynbee, la embriaguez tecnológica del siglo xx ha llevado a la contaminación ambiental y a la posibilidad de que la especie humana se extermine a sí misma. En su opinión, cualquier solución posible a la crisis actual dependerá del autocontrol que seamos capaces de cultivar. Sin embargo, el dominio de sí mismo no se adquiere mediante la extrema permisividad ni mediante el ascetismo extremo. La población del siglo xxI deberá aprender a recorrer el camino medio, la senda de la moderación. Esta proposición me resulta especialmente afín, ya que los ideales de la moderación y del camino medio son elementos que permean la enseñanza del budismo Mahāyāna. En tal sentido, la moderación se refiere a una forma de vivir que es síntesis del materialismo y de la espiritualidad. El camino moderado es la única respuesta posible a la actual crisis de nuestra civilización.
Con todo, para seguir esa ruta, la humanidad necesita una guía confiable. Toynbee y yo, tras ponderar algunos problemas metodológicos, hemos coincidido en que priorizar el enfoque técnico no nos conducirá a ningún lado. A la hora de buscar guías aptas para la época actual, debemos regresar a cuestiones básicas, como la naturaleza de la vida humana y el sentido de la existencia, en cuanto ambas necesariamente conducen a la pregunta por la cualidad esencial de la vida. Saber quiénes somos de verdad y qué es la vida resulta fundamental para entender las culturas y las civilizaciones. Cuando los hombres y mujeres del siglo xxI puedan percibir la naturaleza esencial de la vida, la sociedad se apartará de su fascinación por la tecnología y creará una civilización humana, en el sentido más rico y pleno de la palabra.
La consigna del cambio y la vida en el budismo
Una de las enseñanzas primordiales del budismo es que vivir implica un conjunto de aflicciones: el trauma del nacimiento, la agonía de la vejez, el dolor de la enfermedad, el duelo de perder a los seres queridos y la angustia de la propia muerte. Estos son los sufrimientos más primordiales, pero hay otros. Los momentos de dicha son efímeros; todos estamos sujetos a verlos terminar. Y, además, en la sociedad actual hay muchos motivos de desdicha; por ejemplo, la discriminación racial y étnica, y la brecha cada vez más acentuada entre ricos y pobres. ¿Cuál es la causa esencial del sufrimiento en sí? El budismo responde que nada en el universo es constante, y que el dolor se origina en la incapacidad humana de entender este principio fundamental. La naturaleza transitoria de todos los fenómenos es una verdad axiomática.
El joven debe envejecer; el sano en algún momento enferma; todas las criaturas vivientes están sujetas a morir, y todo lo que posee forma debe, en última instancia, experimentar la disolución. Como manifestó Heráclito, todas las cosas están sometidas a un fluir constante; nada en el universo se mantiene igual; todo cambia, segundo a segundo. Pese a lo que nuestros sentidos quieran hacernos pensar, nada es inmutable. Más aún, una de las enseñanzas más salientes del budismo plantea que aferrarnos a la ilusión de la permanencia trae aparejados los sufrimientos del espíritu humano. Es propio del ser humano aspirar a la permanencia. Todos deseamos que la juventud y la belleza perduren eternamente. A medida que nos empeñamos en conseguir todo lo bueno que tiene la vida, confiamos en que la riqueza que podamos acumular habrá de conservarse intacta. Así y todo, comprendemos que, por mucho que trabajemos, no podremos llevarnos un solo céntimo al otro lado. Conscientes de ello, seguimos trabajando para disfrutar del producto de nuestra labor y queremos gozar de ello todo el tiempo que nos sea posible. Esta es una causa de aflicción: no podemos conservar eternamente el fruto de nuestro trabajo. Lo mismo cabe decir de las relaciones humanas: el apego a las personas genera dolor; el apego a las cosas y el deseo codicioso de bienes materiales también puede ser causa de conflictos; el apego al poder conduce, frecuentemente, a la guerra.
La vida humana cambia y cambia, por mucho que hagamos para impedirlo. Nuestro cuerpo, manifestación física de la transformación incesante del universo, algún día habrá de morir. Para vivir sanamente y con sentido, debemos enfrentar este aspecto con objetividad y sin temor. En términos budistas, el camino a la iluminación no se puede transitar sin reconocer el cambio constante y universal. Pero sería un error desechar por completo la utilidad del apego a las cosas, aunque estas sean transitorias. En la medida en que somos humanos y estamos vivos, es lógico y natural que nos empeñemos en preservar la vida, valoremos el amor de los demás y disfrutemos de los beneficios materiales que nos brinda el mundo.
Yo esencial, yo inferior y la influencia de la cultura
La subjetividad humana se sustenta en un yo inferior y en un yo superior. Cuando uno se deja cegar por las circunstancias temporales y se deja atormentar por deseos descontrolados, vive solo para su pequeño yo inferior. Vivir para el yo esencial o superior significa reconocer el principio universal que hay detrás de todas las cosas y, con esta iluminación, trascender la transitoriedad de los fenómenos mundanos. ¿Qué es este yo esencial o superior? Es el principio básico de todo el universo. Al mismo tiempo, es la Ley que genera las muchas manifestaciones y actividades de la vida. Vivir para el yo esencial no implica abandonar el yo inferior; este último solo puede actuar porque existe el primero.
El vínculo entre yo esencial y yo inferior motiva a la civilización: la riqueza seduce, es posible el desarrollo económico; la dominación de los elementos naturais ha permitido florecer la ciencia. Sin los apegos y conflictos que caracterizan las relaciones sentimentales, la literatura se habría visto privada de uno de sus temas más líricos y perdurables. Las enseñanzas budistas esenciales no instan a suprimir los deseos de este mundo ni a aislarse de los apegos. No postulan la resignación ni el nihilismo. El pensamiento budista enseña la Ley inmutable, la vida genuina, la esencia invariable que, subyacente a toda transitoriedad, unifica y da ritmo a todas las cosas, y genera los deseos y apegos de la vida humana.
La vida y la muerte son dos fases de una misma entidad. En japonés hay un término, kū, que nos ayuda a comprender esa vida eterna y suprema que gobierna las funciones del nacimiento y la muerte en cada existencia individual. Kū trasciende el marco espaciotemporal, pues alude a un potencial ilimitado. Es la esencia a partir de la cual todas las cosas se tornan manifiestas, y a la cual todas ellas regresan; supera el marco espaciotemporal, en tanto es perenne y permea todo el universo. En nuestros muchos debates sobre la eternidad, Toynbee dijo que, en la idea de kū, advertía una aproximación a lo que él llamaba la «realidad espiritual suprema».
La idea de kū no es la «no existencia» ni únicamente la existencia. Es una realidad fundamental, vinculada a la experiencia universal del desarrollo humano: cambios psicológicos y físicos que parecen cambiar de persona, pero hay un yo que une mente y cuerpo y permanece relativamente constante. Según la filosofía budista, este yo perpetuo está conectado con la gran red de la vida cósmica y opera eternamente: por momentos en existencia y por momentos en muerte. Así, la vida y la muerte se interpretan como dos aspectos de una misma entidad, y cada ser participa de la vida cósmica inmutable al mismo tiempo que vive en un mundo de transitoriedad.
Riesgo civilizacional y optimismo
Las sociedades modernas parecen estar influidas por los deseos del yo inferior. La codicia ha generado un sistema tecnológico costoso que ha provocado destrucción ambiental y agotamiento de recursos. El apego a las cosas, deseos y pasiones ha llevado a construir grandes infraestructuras y armamentos poderosos. Si el sujeto no rectifica estas actitudes, la autodestrucción de la humanidad será cuestión de tiempo. No obstante, Ikeda se mantiene optimista y propone que la educación humanista, el diálogo intercultural y la alfabetización para la paz pueden orientar hacia una civilización que integra lo material y lo espiritual.

Toynbee & Ikeda - Escolha a Vida - Um Diálogo Sobre o Futuro - Prefácio por Arnold Toynbee
Ikeda enfatiza que el camino hacia una civilización más humana pasa por la educación centrada en la dignidad humana y por la promoción de la paz a través del entendimiento mutuo. Su labor educativa y su defensa de una educación humanista se presentan como fundamento para formar ciudadanos globales y una sociedad que valore la vida y la interdependencia.
En este marco, la figura de Toynbee aparece como una inspiración para aspirar a una visión que combine responsabilidad histórica, ética cívica y un llamado a la moderación. La colaboración entre estas dos miradas -budismo y pensamiento histórico- propone una ruta hacia la paz y la creatividad humana frente a los retos de la modernidad.
Ikeda fue un promotor incansable de diálogos con líderes en política, educación, ciencia y artes; su labor de diplomacia ciudadana contribuyó a la normalización de relaciones y a la búsqueda de soluciones compartidas para problemas globales. En síntesis, este enfoque propone que la verdadera modernidad no es la mera acumulación tecnológica, sino la capacidad de vivir con discernimiento y responsabilidad, cultivar la moderación y sostener un yo esencial que posibilite una civilización humana más rica y plena.