Daisaku Ikeda y el budismo Nichiren frente a la ficción: análisis de acusaciones, enseñanzas y praxis de la Soka Gakkai

Mentir no significa sólo decir cosas que no son ciertas, de igual forma se miente ocultando datos que constituyen un mensaje. También mentimos sin decir una palabra. El presidente de la Soka Gakkai Internacional, Daisaku Ikeda, al referirse a la mentira dice: “La mentira corroe la salud mental y distorsiona el sentido común. Una vez le preguntaron a Shakyamuni: ¡Cuál es la mayor riqueza que pueda tener un hombre en el mundo?”. Nichiren Daishonin siempre decía las cosas tal como eran. Sus acciones coinciden completamente con las palabras de Shakyamuni y de los sutras. Jamás distorsionó los dichos de su mentor (es decir Shakyamuni y del Sutra de Loto), para hacerlos concordar con sus situaciones o seguir sus sentimientos personales. El presidente Ikeda dice: “Pero las personas de rectitud impecable suelen ser odiadas por las sociedades corruptas. En el clásico chino Huai-nan-tzu aparece un dicho: no se puede enfardar un objeto erguido con un grupo de cosas que no son rectas.

Por ejemplo, que alguien repitiese hasta el cansancio que el sol sale por el oeste. Con el tiempo, 999 personas de cada mil terminarán por aceptarlo como un hecho. Y será como si estuviesen embriagadas. Precisamente ese era el escenario en el Japón gobernado por los militares hace más de setenta años, en plena Segunda Guerra Mundial. Tsunesaburo Makiguchi y Josei Toda, los dos primeros presidentes de la Soka Gakkai, no hacían más que abogar por la paz y los derechos humanos. Sin embargo, se les acusó de traidores y de enemigos de la nación, y se les encarceló. Pero, ¿quiénes fueron, al final de cuentas, los verdaderos triunfadores? ¿Los que estaban en el poder y encarcelaron a estos dos hombres?

El presidente Ikeda agrega: “…El célebre escritor ruso León Tolstoy (1828-1910) ha dicho. “La religión de los que no reconocen la religión es seguir todo lo que hace la mayoría poderosa. Si las personas no llevan en su corazón una firme convicción, jamás podrán decirse profundamente: “Nunca voy a transigir en esto”, “Voy a dar la vida si hace falta, con tal de defender este ideal”. Las personas que no tienen convicciones se dejan llevar por la corriente, incapaces de soportar la presión de la mayoría. Y, por supuesto, que para ellos es doblemente difícil resistir la persecución venga de donde venga. Finalmente, las personas así siguen a la multitud en todos los aspectos. Su actitud es la de esperar y ver qué pasa, y decidir sobre qué camino tomar.

Decir la verdad implica reconocer las debilidades de cada uno. Implica reconocer los errores, los fracasos, los malos momentos por los que se pasa. No mentir tiene la mayor de las glorias en cuanto al crecimiento personal y profesional: la confianza que creas en los demás. La Soka Gakkai, dadas las muchas y enormes dificultades que ha tenido que soportar, ya se habría derrumbado hace mucho tiempo, si hubiera sido una organización fraudulenta y falsa. El presidente Ikeda analiza sobre: la importancia de transmitir el budismo Nichiren a otros, la esencia de este tipo de diálogo y la razón por la cual el Daishonin refutó, en su época, las enseñanzas erróneas en materia de budismo.

El budismo Nichiren esclarece la esencia de la lucha que se libra, en la vida de cada sujeto, entre su naturaleza «demoníaca» u oscura y la naturaleza de Buda o budeidad. Para el Daishonin, las cuatro grandes persecuciones1 que debió sobrellevar a lo largo de su vida fueron campos de batalla donde se llevó a cabo esta contienda primordial. Y de cada una de ellas salió victorioso. El budismo existe para ganar. Solo mediante esta lucha fundamental en el nivel profundo de la vida puede haber un cambio en el destino de la humanidad. En este sentido, en el mundo actual, donde cada vez se aprecian con más claridad las señales de una «era de conflicto», habrá una creciente demanda de un humanismo comprometido como el del budismo Nichiren.

Esta filosofía es el budismo de maestro y discípulo. El propio Daishonin tomó la iniciativa y mostró personalmente el camino del shakubuku, la práctica de dar a conocer la Ley Mística con profundo respeto a la naturaleza de buda de uno mismo y de los demás. Marchó a la vanguardia de la lucha por la Ley y no cesó de confrontar las funciones de la naturaleza demoníaca para que todos los seres humanos pudieran revelar su budeidad intrínseca. Luego, instado por los acontecimientos de Tatsunokuchi y el posterior exilio a Sado, el Daishonin comenzó a apelar a sus discípulos, proponiéndoles sumarse a esa gran contienda por guiar a toda la humanidad a la iluminación. El período que comenzó con el destierro a Sado se caracterizó por este movimiento de sus discípulos que se pusieron en acción.

La suya fue una batalla contra la naturaleza destructiva inherente a la vida. Y ese esfuerzo no fue otra cosa que la lucha del shakubuku, la propagación de la Ley Mística. Estoy convencido de que la Soka Gakkai apareció en la actualidad porque esta época es, también, un momento decisivo para esa contienda. El shakubuku conlleva implícita nuestra creencia en la naturaleza de buda propia y ajena. En tal sentido, es un acto de profunda humanidad y de supremo respeto a los semejantes.

El corazón del shakubuku, la propagación de la Ley Mística, es el amor compasivo a los demás y la convicción en los principios del budismo. Ese amor compasivo es la disposición del Buda a aliviar el sufrimiento de las personas. Desde el punto de vista de nuestra propia práctica, significa comprometernos con la felicidad y el bienestar de nuestros amigos; en concreto, se expresa como una perseverancia infatigable, nutrida por el coraje de hablar profundamente sobre la enseñanza budística correcta. La convicción en los principios del budismo denota una creencia inamovible en las enseñanzas del Sutra del loto, donde se proclama que todas las personas pueden manifestar la budeidad y tienen derecho a ser felices.

La esencia del shakubuku es el ferviente deseo del Buda de empoderar a cada individuo para que establezca una felicidad verdadera. El juramento de los discípulos genuinos que trabajan por el kosen-rufu en el Último Día -es decir, el juramento de los Bodisatvas de la Tierra- es adoptar este espíritu como su propio compromiso personal. En japonés, el amor compasivo se expresa con el término jihi. Ji significa amar y orientar a alguien como haríamos con nuestros propios hijos; hi, por su parte, es condolerse de los sufrimientos que abruman a las personas y sentir el dolor ajeno como algo propio.

Cuando los hijos son educados con estos dos aspectos -la aceptación de un amor generoso y la guía de un amor estricto-, desarrollan riqueza interior y adquieren una buena personalidad. Si los padres solo los consienten, no aprenderán a ser autónomos. Y si los reprimen y coartan, tampoco podrán expresar libremente su individualidad. El Buda guía a los seres humanos encarnando la virtud de un padre en sus diversos aspectos. No se centra únicamente en aliviar el sufrimiento; además, enseña a la gente el camino correcto para transitar la vida y alienta a elevar su estado de vida de manera que pueda ser realmente feliz. El shakubuku no es otra cosa que esta práctica compasiva de «eliminar el sufrimiento e impartir alegría».

El shakubuku es enseñar a otros una verdad universal. Es proclamarla con valentía y practicarla con orgullo. El shakubuku es la lucha por establecer y hacer realidad la verdad y los valores universales que todas las personas deberían atesorar. No es y no debería ser nunca una práctica cerrada y sectaria. Y como el Sutra del loto expone directamente la verdad sobre la iluminación del Buda, se lo considera la «enseñanza del shakubuku». Cada ser humano, sin excepción, es preciado e irremplazable. El Sutra del loto elucida de manera completa la verdad sobre la santidad de la vida y la práctica suprema del respeto a todos los seres. Nichiren Daishonin, el Buda del Último Día de la Ley, mostró este espíritu fundamental del Sutra del loto a través de su propia práctica altruista, en este mundo plagado de conflictos. Y la manifestó como «Nam-myoho-renge-kyo», que inscribió en el Gohonzon para que lo empleáramos como un espejo capaz de reflejar nuestra vida interior.

En Sobre la práctica de las enseñanzas del Buda y en otros escritos, el Daishonin menciona la necesidad de «refutar a los enemigos del Sutra del loto». Quisiera extenderme un poco en este tema para asegurar que no haya malentendidos. A veces, el solo hecho de hablarle a alguien sobre la esencia del budismo puede poner a esa persona a la defensiva y exacerbar su apego a ideas erróneas. Por eso es importante ser pacientes en el diálogo, para ir despejando la verdad y ayudar a que el otro logre comprenderla. Desde luego, cuando las ideas equivocadas de alguien están hondamente arraigadas, y la única respuesta que puede darnos es insultarnos o denigrar la Ley, es menester rebatir ese apego y explicar por qué se trata de una idea distorsionada. No puede considerarse discípulo de Nichiren quien, enfrentado a una actitud que denigra la Ley, no la rebate. Transigir ante este tipo de errores es perder el alma de la Soka Gakkai.

Pero «refutar» no quiere decir enredarse en altercados ni emplear recursos que no sean la palabra. Antes bien, es poner en claro lo falso y lo verdadero y, más específicamente, afirmar la enseñanza correcta en lo concerniente al budismo. No es adecuado señalar simplemente que algo es «erróneo». Así no se persuade a quien uno trata de convencer. Solo cuando indiquemos de manera explícita lo que es correcto podemos hacer que la gente dé ese primer paso que cambiará su vida. La clave está en el amor compasivo. En La apertura de los ojos, el Daishonin explica el significado de su propia práctica de shakubuku; es decir, su dedicación a propagar la Ley Mística y su estricta refutación de las otras escuelas budistas de su época. Cita un pasaje del gran maestro Chang-an de la China que aparece en el comentario de este último sobre el Sutra del nirvana. [El pasaje dice: «El que destruye las enseñanzas del Buda o genera confusión con respecto a ellas está traicionándolas. Si uno se considera amigo de alguien, pero carece del amor compasivo necesario para corregirlo, en realidad es su enemigo. Pero quien reprende y corrige al que mal actúa es un practicante que escucha la voz y defiende las enseñanzas del Buda, y es un genuino discípulo. Quien libra del mal al que actúa mal es como un padre para esa persona. Los que reprenden a aquellos que actúan mal son discípulos del Buda. Pero los que no expulsan a los que cometen malas acciones están traicionando las enseñanzas del Buda».

La práctica del shakubuku que llevaba a cabo el Daishonin estaba firmemente arraigada en su inmenso amor compasivo y en su deseo de abrir los ojos de la gente engañada por ideas distorsionadas, y de guiarlas a la iluminación. Del mismo modo, nuestra práctica del shakubuku, nuestras actividades para transmitir la Ley deben estar alineadas con el espíritu compasivo del Daishonin; deben provenir de nuestro afán de orientar a otras personas sin falta hacia la felicidad.

El capítulo «El bodisatva Jamás Despreciar» es el único lugar de la enseñanza esencial del Sutra del loto donde el Buda Shakyamuni, después de dejar claro que ya había logrado la iluminación en el remoto pasado, describe su propia práctica en una existencia anterior. En vista de ello, podemos concluir que la verdadera causa de su logro original de la iluminación se encuentra en la práctica del bodisatva Jamás Despreciar. Con respecto a esta última -la conducta de reverenciar a los otros-, en el Registro de las enseñanzas transmitidas oralmente el Daishonin comenta la declaración del capítulo «La duración de la vida de El Que Así Llega» del Sutra del loto que dice: «[O]riginariamente practiqué el Camino del bodisatva».

En esta frase, el sujeto «yo» se refiere al buda Shakyamuni que lleva a cabo la verdadera causa de su iluminación original. Este pasaje sobre el Buda que «originariamente practicó el Camino del bodisatva» se refiere a la práctica del bodisatva Jamás Despreciar. De aquí que denote un lugar donde se lleva a cabo el acto de la reverencia a la vida de los semejantes. Esto, cabe interpretar, significaría que Shakyamuni, quien practicó el Camino del bodisatva durante incontables kalpas para alcanzar su iluminación original, no es otro que el bodisatva Jamás Despreciar.

En el remoto pasado, Shakyamuni se iluminó a partir de tomar conciencia de la eterna Ley Mística que existe en la vida de todos los seres de manera intrínseca. Ese despertar con respecto a la verdad de que cada vida es una preciada entidad de la Ley Mística le permitió elevarse hasta el estado de vida supremo de la budeidad. El Daishonin muestra que la práctica reverencial del bodisatva Jamás Despreciar también corresponde con el pasaje citado y que la aspiración del Buda es la iluminación de todos los seres humanos.

Fue el Daishonin quien realmente procedió como el bodisatva Jamás Despreciar, ya que su labor de dialogar con la gente sobre la esencia de la Ley Mística le valió persecuciones feroces y atentados contra su vida. Así y todo, mostró a sus congéneres qué significa ser un devoto del Sutra del loto y en qué consiste practicarlo exactamente como enseña el Buda. El Daishonin puso en práctica el corazón del sutra y lo corporificó en sus acciones, desechando los enfoques que se basaban en un mero formalismo o en la retórica vacía. Su noble conducta despejó el camino para que todas las personas lograsen una felicidad eterna.

La base de todo consiste en ser inseparables del espíritu del Buda y del Sutra del loto. Cuando vivimos perfectamente alineados con el Buda y con la Ley Mística, no hay adversidad que no podamos superar. El corazón del Buda se define por el juramento profundamente compasivo de guiar a todos a la iluminación. Hacer propio este juramento y dedicarnos a la gran tarea de cumplirlo nos permite desarrollar y fortalecer nuestra vida. La práctica del shakubuku tiene el poder de trascender la ignorancia fundamental inherente a nuestra vida y a la de los demás. Solo un diamante puede pulir otro diamante. Del mismo modo, solo los seres humanos podemos ayudar a otros a desplegar el pleno brillo de su potencial. Transmitir la Ley Mística a nuestros semejantes es la clave para construir una vida de genuina grandeza.

Aunque nos parezca larga, en realidad la vida es breve. Lo que un sujeto puede experimentar en el término de una existencia tiene un límite. Pero cuando hacemos propios los sufrimientos de nuestros congéneres, oramos y luchamos al lado de la gente y logramos triunfar junto a ellos, la riqueza de nuestra vida se expande dos, tres, cien veces… ¡ilimitadamente! Solo podemos adquirir «tesoros del corazón» en la medida en que abrimos los ojos a los problemas y aflicciones de los demás y trabajamos por el bienestar y la felicidad del prójimo; así, establecemos en nuestra vida un estado de felicidad invulnerable a cualquier problema u obstáculo. Hay una nobleza suprema en el acto de hablar a otra persona sobre el budismo Nichiren; ello crea la condición necesaria para el logro de la iluminación. Por eso el beneficio de transmitir el budismo es tan inmenso.

Una vez, el segundo presidente de la Soka Gakkai Josei Toda dijo, en relación con este aspecto: Hay dos formas de sembrar semillas en el budismo: una es sembrar haciendo que la gente escuche la enseñanza y la otra es sembrar haciendo que las personas tengan fe en la enseñanza. Digamos que uno conoce a alguien por primera vez y le habla del budismo Nichiren, pero el que escucha no desea practicar la fe. Eso sería sembrar las semillas permitiendo a otro conocer la enseñanza. Pero supongamos que, al tiempo, otro practicante del budismo se acerca a esa misma persona, vuelve a hablarle de la fe en la Ley Mística, y entonces, sí, ella decide recibir el Gohonzon. Esto sería sembrar las semillas guiando a la gente a tener fe en la enseñanza. En ambos casos se está sembrando en la vida de alguien la semilla de la budeidad, y el beneficio resultante es el mismo.

Estas dos formas de sembrar -haciendo que alguien conozca la Ley o guiando a la persona a adoptar la fe- son nobles acciones que vinculan a la gente con la Ley Mística. En cada caso, el beneficio que adquiere el que actúa como emisario del Buda del Último Día es incalculable. Sin embargo, habiendo dicho esto, el Daishonin recalca especialmente la importancia de la primera forma de siembra -hacer que alguien conozca la Ley-, que implica dialogar con otros sobre la Ley Mística y permitirles crear, de ese modo, una relación con el budismo. Escribe: 「[U]no debería, por todos los medios, seguir predicando el Sutra del loto y hacer que las personas lo escuchen. Los que crean en él con certeza alcanzarán la budeidad, mientras que aquellos que se le opongan crearán una relación de tambor ponzoñoso con él, y de todas formas podrán lograr la... [Encuentro de Daisaku Ikeda con miembros en el Aeropuerto Internacional de Veracruz, México, en junio de 1996.]»

Ikeda escribió que, poco antes del fallecimiento de su mentor Josei Toda en 1958, este le había contado que había soñado que viajaba a México. “Todos estaban esperando. Ansiaban conocer el budismo Nichiren. El budismo se inició hace unos dos mil quinientos años, como una enseñanza cuyo propósito era librar a las personas de los sufrimientos inevitables de la vida. Pese a la universalidad de sus principios y a su larga historia, el budismo siguió siendo por mucho tiempo, a los ojos del mundo occidental, una religión vinculada con la cultura del continente asiático.”

imagen ilustrativa de Ikeda y diálogo budismo

El mérito que le cabe a Daisaku Ikeda es el de haber expandido y reformulado el contexto cultural dentro del cual el budismo actúa como una fe viva, y haber promovido el crecimiento extraordinario de la membrecía de la Soka Gakkai en el plano internacional. El pensamiento de Ikeda es inseparable de las enseñanzas del sabio budista Nichiren y del Sutra del loto, sobre el cual se basa la doctrina de Nichiren. Ikeda comprende y expresa la esencia de esas enseñanzas en la forma de una filosofía concebida para el desarrollo humano y la participación social, que ofrece una vigorosa respuesta a los grandes problemas de la sociedad contemporánea. Dicha filosofía se basa en tres ejes fundamentales: el enfoque del “humanismo budista”; la convicción en la importancia del “diálogo”, y la convicción en la posibilidad de la transformación personal como fuerza motriz para el cambio social, denominada “revolución humana”.

El budismo no es un simple conjunto de ideas teóricas, sino una base para establecer una relación activa con las realidades de la vida y de la sociedad. El pensamiento de Ikeda se manifiesta en sus acciones de manera contundente. Ikeda es un apasionado defensor del diálogo por la paz. Ha intercambiado ideas con una variedad asombrosa de pensadores. Ha tendido puentes de entendimiento entre individuos de diferentes pueblos y culturas, y de distintas tradiciones filosóficas y religiosas. Ikeda es autor de una gran variedad de escritos en los que expone sus ideas sobre diversas cuestiones. Muchos de sus trabajos son diálogos con expertos de los más variados ámbitos. El móvil de Ikeda es el urgente anhelo de encontrar modos creativos que permitan superar los dilemas en que se encuentra sumida la humanidad.

Para ver mayor información sobre su obra escrita, visite la sección Biblioteca. Este artículo o sección necesita referencias que aparezcan en una publicación acreditada. Daisaku Ikeda (2 de enero de 1928 - 15 de noviembre de 2023) fue un filósofo budista japonés, educador, autor, poeta y defensor del desarme nuclear. Ikeda fue fundador de las escuelas Soka (creación de valor), un sistema de instituciones educativas no confesionales que se sustentan en el ideal del desarrollo del potencial creativo único de cada estudiante y en cultivar la ética de la paz, la contribución social y la conciencia global. Como firme defensor del diálogo como cimiento de la paz, Ikeda mantuvo, desde los años setenta, diálogos con una gran variedad de personalidades de todo el mundo en las esferas política, cultural, educativa y académica. A modo de impulso de su visión del fomento del diálogo y la solidaridad por la paz, Ikeda fundó un gran número de institutos de investigación independientes y sin ánimo de lucro que desarrollan una colaboración intercultural e interdisciplinar en un amplio rango de asuntos.

Propuesta de Paz 2020 ante las Naciones Unidas_ Dr. Daisaku Ikeda.

El principio fundamental del pensamiento de Ikeda es la dignidad suprema de la vida, un valor que él considera clave para establecer la paz duradera y la felicidad de los seres humanos. Daisaku Ikeda nació en Tokio, el 2 de enero de 1928; fue el quinto hijo de una familia de productores de algas marinas. Creció en una época en que el régimen militarista del Japón estaba conduciendo a la nación inexorablemente hacia la guerra. En 1937, año en que las fuertes hostilidades entre el Japón y la China culminaron en la conflagración entre ambos países, el hermano mayor de Ikeda fue enviado al frente de batalla, y luego, al tiempo, otro tanto sucedió con tres hermanos más. Su hermano Kiichi pereció en la guerra, pero la manera en que había expresado su disgusto ante el trato que los militares japoneses le daban al pueblo chino se grabó de manera indeleble en el corazón de Ikeda.

Cuando Ikeda era un joven adolescente en la década de 1940, el Japón entró en la Segunda Guerra Mundial. Su hogar fue destruido dos veces por ataques aéreos, y él sufrió personalmente la devastación de los bombardeos que arrasaron la ciudad de Tokio, el 9 y el 10 de marzo de 1945, en los que perecieron cien mil habitantes. En el caos del Japón de posguerra, Ikeda conoció a Josei Toda (1900-1958), líder de la organización budista Soka Gakkai, quien se había opuesto a las políticas del gobierno durante la época de la guerra y había sufrido persecuciones y dos años de prisión como resultado. Josei Toda estaba dedicado a reconstruir la Soka Gakkai, organización que él había fundado junto con el educador Tsunesaburo Makiguchi (1871-1944) en 1930, y que había resultado casi destruida por el gobierno militarista durante la contienda. Ikeda ingresó en la Soka Gakkai en 1947. Se consagró por completo a apoyar a Josei Toda y a su visión, y completó su propia educación bajo la tutela de aquel, quien se convirtió en su mentor en la vida. En mayo de 1960, dos años después de la muerte de Toda, Ikeda, de treinta y dos años, lo sucedió en el cargo de presidente de la Soka Gakkai. Una de las primeras iniciativas que tomó desde su nueva posición fue viajar a ultramar para brindar aliento a los miembros de la Soka Gakkai que vivían en el extranjero.

En los Estados Unidos y en otros diversos países que visitó durante los años siguientes, Ikeda estableció una estructura organizativa que alentó y facilitó una interacción más frecuente entre los miembros. En los primeros años de su presidencia, concretó viajes a América del Norte y del Sur; a Europa, Asia, Oriente Medio y Oceanía, y en cada lugar estableció los cimientos de una organización global que hoy cuenta con miembros en ciento noventa y dos países y territorios. Fue también durante sus viajes al extranjero cuando comenzó a proyectar la fundación de una serie de instituciones destinadas a la investigación académica, el intercambio cultural y el estudio de la paz. Estas incluyen el Instituto de Filosofía Oriental (1962), la Asociación de Conciertos Min-On (1963), el Museo de Bellas Artes Fuji de Tokio (1983), el Centro Ikeda para la Paz, el Saber y el Diálogo, y el Instituto Toda de Investigación sobre la Paz Global (1996).

Tanto Josei Toda como el mentor de este, Tsunesaburo Makiguchi, fueron educadores que se dedicaron a implementar la pedagogía de este último sobre la creación de valor; y una de las iniciativas que tomó Ikeda fue establecer un sistema de instituciones educativas que plasmaran los ideales de sus predecesores. La fundación de las Escuelas Soka de Segunda Enseñanza Básica y Superior, en Tokio en 1968, fue seguida por el establecimiento de la Universidad Soka, en 1971, y de la Universidad Soka de los Estados Unidos, en 2001. La creación de esos centros de aprendizaje, que están abiertas a todos y no ofrecen educación religiosa, fue el primer gran paso dentro de una labor incesante destinada a desarrollar un sistema de educación humanística, que Ikeda ha descrito como la tarea culminante de su vida.

En 1955, Ikeda comenzó a escribir su novela en forma de serie, titulada La revolución humana, en la que se detallan las luchas de su mentor, Josei Toda, para reconstruir la Soka Gakkai, una vez liberado de la prisión, a fines de la Segunda Guerra Mundial. La obra se inicia con una condena concisa y feroz a la guerra y al militarismo, y presenta un contexto claro de los objetivos del movimiento: “La guerra es atroz e inhumana. Nada es más cruel, nada es más trágico”.

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