Cuando el tiempo adquiere una dimensión espiritual: discernir el siglo desde la crisis hacia la contemplación

Iniciamos este encuentro en amistad y en tranquilidad para decirnos algunas cosas. Partiría así: hay que prestar atención al lenguaje abusado, porque la realidad es que hoy hablamos de crisis. También aquí un poco de humor no está de más y yo siempre pienso en ese gran escritor italiano tan lleno de aforismos, Ennio Flaiano. Cada vez que decimos “estamos en una bifurcación épica” o “estamos en crisis”, él recomendaba “agrega: como siempre”.

Para entender que al fondo cada generación tiene su tiempo de crisis; la crisis es un dato real, entonces hay que, a este punto, dar nombre a las cosas. Crisis, esta palabra que significa simplemente distinguir, juzgar y por tanto elegir con motivaciones más o menos precisas; discernir el signo de un tiempo, el signo de un tiempo que es la crisis. ¿Pero crisis de quién? ¿De qué? ¿Qué crisis? Esta es la primera pregunta. En síntesis, sostengo que son crisis los mitos fundadores de Occidente: Potencia, Identidad, Propiedad y Sacrificio. Es, por tanto, una crisis de civilización. Nuestra civilización se asienta sobre esos pilares.

El Poder dirige la vida de quien tiene el poder. Otro pilar es la Identidad: riesgosa porque puede volverse un hecho exclusivo y excluyente. Así, mi identidad -occidental, religiosa, cultural, económica- puede convertirse en exclusión de quien no reconozco en mis códigos. Vivimos en esta crisis del poder y en la crisis del principio de poder y del principio de identidad al mismo tiempo. Nuestro principio de identidad se ve desafiado por la globalización, que es globalización de religiones, culturas, colores, pieles distintas; la tentación es hacer exclusiva mi identidad y excluir a otros.

Asociado a ello, la crisis de la Propiedad: este territorio es mío, esta riqueza es mía; hemos insistido en este “mío” y, por este mito, nuestras ciudades y nuestras vidas están recintadas; vivimos en una sociedad de cuidado del perro. Aquí me veo de joven, niño, en un mundo que era como era; el mar donde vivía, Versilia, esas zonas eran “las manchas”, eran libres. Hoy hay playa pública de esos 4 metros cuadrados, donde es indecoroso ir, y todo es otra cosa. Así el concepto de propiedad, llevado al extremo de mi o de nuestro circunscrito, entra en crisis quizá.

Luego la idea del sacrificio: el poder, la identidad exclusiva y excluyente, la propiedad, el yo, el mío no el nuestro, han generado sacrificio para los excluidos, pero también sacrificio de quienes excluyen, al punto de que es difícil salir de casa por la mañana y preguntar a alguien cómo está; es peligroso. Hay este sacrificio de otros y este sacrificio que se crea. Este concepto de sacrificio que, en nombre de la potencia, en nombre de la identidad, en nombre de la propiedad, ha llevado a la ritualidad sacrificial. Pensemos en nuestros monumentos a los caídos. ¿Qué son esos ritos sino intentos de procesar la culpa por haber mandado al matadero a mucha gente, especialmente jóvenes, en nombre de qué?

Además, hay otra crisis brevemente mencionada: la crisis de la postmodernidad. Pertenecí a una generación que recuerda el ’68; ¿qué vio? Simplemente la subjetividad del deseo, la afirmación de impulsos vitales. El individuo con sus deseos es el nuevo sujeto histórico, a expensas de la comunitas y de toda orientación de sentido de la historia humana. Hoy lo que cuenta es el individuo con sus deseos. Por eso mi discurso no es banal: la economía está al servicio de los deseos de los individuos; se llaman mutuamente. Esta perspectiva ha logrado victoria absoluta: ha vencido a los padres, a la escuela, a los partidos, al Estado y a la Iglesia. Ya no hay una regla frente a este fenómeno. El deseo se ha convertido en el amo real de nuestro tiempo; es un derecho. “Deseo, luego existo” y mi deseo es soberano en el poder de determinar productos, salud, cultura y hasta la religión, que está sujeta a los deseos y es soberana. El deseo es soberano.

Vea un ejemplo sencillo para entender: la homosexualidad pasó de hecho oculto a derecho de ciudadanía, a hecho público y luego a hecho jurídico; así mi situación y mi deseo deben ser reconocidos, no son juzgables moralmente ni jurídicamente. El deseo es soberano. ¿Puede ser que la economía y el individuo sean las dos únicas categorías en juego? Hoy se habla de individualismo y economía; ¿qué pasa con todo lo demás? Surge la crisis de la economía y del individuo, que se queda sin una razón de vivir; cuando los deseos también entran en crisis, aparece la oportunidad. Hay un librito bello de Christian Singer sobre “Del buen uso de la crisis” que afirma: las catástrofes sirven para evitar lo peor. Una crisis de los mitos fundadores, de la economía, del sujeto, del desorientamiento. “Lo peor es haber pasado la vida sin naufragar y haber permanecido siempre en la superficie de las cosas”.

La vida contemporánea, en medio de tanta información, puede convertirse en una oportunidad de contemplación. En lugar de una voluntad de poder que consuma la existencia, es posible recuperar la dimensión de la contemplación. El tiempo de la crisis invita a salir de lo externo y mirar hacia el interior; la contemplación incluye la acción; el contemplativo es un ser que mide la realidad, un metro de medida. En tiempos de crisis, necesitamos contemplativos: memoria de la urgencia y del primado de la interioridad en la era de la superficialidad. Nuestro ojo mira la economía y los deseos; el contemplativo advierte un ojo interior además del externo. Es un pellegrinaje hacia el interior, hacia el centro bíblico, hacia la cavidad del corazón, donde nacen pensamientos, sentimientos, deseos y conductas.

El tiempo de la crisis exige personas que salgan de estar movidas por influencias externas y aprendan a habitar consigo mismas. El tiempo de la crisis es la oportunidad de redescubrir la interioridad, elegir el pellegrinaje de las profundidades, descender en la interioridad y tomarse en sus propias manos. Preguntarse: ¿quién te habita? ¿qué te habita? ¿quién te orienta? ¿qué te orienta? Esto es lo que hay que hacer en el tiempo de la crisis, cuando se cuestionan las razones que han determinado mi manera de pensar, sentir y vivir; es una descenso a los infiernos que exige recuperar el silencio. Vivimos 24/7 sin silencio; el deseo de tener y la economía al servicio de este deseo no permiten el silencio; precisan de nuestra estupidez para cumplir su tarea sin interrupciones. Si alguna vez puedo vivir con un par de zapatillas y no con 24, un mundo entra en crisis.

Por ello, recuperar el silencio, la búsqueda de tiempos y espacios en los que lo ruidos externos de la casa, del circo, de la plaza y de los negocios se apaguen; y la fuga hacia lo virtual, hacia las drogas, y donde se apaguen los ruidos interiores de pensamientos, imaginations y deseos. Entrar en uno mismo y hacer el vacío para discernir realmente quién te habita y qué te guía. Contemplativos en la espiritualidad: índices y memoria de la importancia de recuperar el deseo. Recuerda que hay que distinguir entre deseos y anhelo; hay que volver a uno mismo, leerse hacia adentro y evaluar las motivaciones que sostienen una vida que busca el profundo deseo de conocer la propia identidad inefable. Al enseñar a los jóvenes, se dice “van al monasterio, rezan”; yo digo “¿piensan estos jóvenes?”. La primera cosa es devolver al hombre la dignidad de pensar. Si hay preguntas, hay salvación; descender en uno mismo es despertar ese deseo que dignifica convertirse en hombres y mujeres. Hay un día para vivir, quiero saber qué sentido tiene; no siempre se llega, pero la pregunta se hace; la búsqueda se realiza. A veces, en la calle, pregunto a mis amigos “¿has encontrado mi nombre?, lo he perdido”.

Vivimos en la era más rica en información y comodidades de la historia, y sin embargo el malestar interior, la ansiedad existencial y un sentido de vacío nos acompañan como una sombra. Este artículo no busca convencer a nadie de creer o no creer. Cuando hablamos de espiritualidad no hablamos necesariamente de una religión específica. En las Confesiones de San Agustín se aborda el tema del tiempo y la apertura a lo trascendente; Dios crea el mundo desde la nada; el tiempo nace con la creación. La temporalidad resulta inseparable de la experiencia humana; la eternidad de Dios es distinta a nuestro tiempo pasajero. Agustín propone que el tiempo es una dimensión de la mente; memoria, atención y presente forman la experiencia temporal. Florenskij, por su parte, insiste en ver el tiempo y el espacio como dimensiones conjuntas y la necesidad de contemplar la realidad como una unidad cuatridimensional.

La búsqueda del sentido humano no es exclusiva de la teología o de la filosofía: la psicología contemporánea reconoce la necesidad de una dimensión espiritual para el bienestar. Viktor Frankl habla de la voluntad de sentido y del vacío existencial cuando se frustran las búsquedas de sentido. La psicología de la religión ha evolucionado para considerar estos aspectos sin reducir la experiencia humana a lo visible. En este sentido, la espiritualidad puede ser entendida como un marco personal de conexión con algo mayor, que no siempre reside en la religión formal.

En este marco, el tiempo presente, la contemplación y la interioridad se convierten en herramientas para vivir con un sentido que trasciende el consumo y la acumulación. El tiempo no es solo duración; es una experiencia que puede contener pasado, presente y futuro dentro de una única matriz interior. Y así, la contemplación, como índice de la interioridad, se presenta como una vía para recuperar el sentido frente a una civilización que parece medirlo todo en términos de poder, identidad y propiedad.

Diagrama de crisis civilización y dimensión espiritual

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