El cuarto chakra -Anahata- está ubicado en el centro del pecho, entre la cuarta y la quinta vértebra de la columna. Su punto exacto se encuentra entre los pechos, pues está muy relacionado con la forma en la que nos nutrimos y alimentamos energéticamente a los demás. Rige los pulmones, el corazón y el timo (glándula que estimula el sistema inmunológico, regula el crecimiento y controla el sistema linfático), y gobierna la respiración en todos los niveles del cuerpo y el espíritu.
Se le conoce como el chakra corazón por muchas razones. En primer lugar, porque va unido a la función respiratoria y cardiaca de este órgano. En segundo término, por estar relacionado con la esencia del ser humano, el amor. Pero además, por ser el centro del sistema de chakras, ya que este vórtice es el punto de unión entre los tres chakras relacionados con el mundo material y los tres conectados al espíritu. Entendemos, por tanto, que también se le llame chakra del tránsito. Su función es la de traducir.
Eric Rolf afirma que un corazón dibujado «es como dos orejas enfrentadas, lo que simboliza escuchar sólo con el oído del corazón. Su misión es vital en todos los sentidos. Desde un punto de vista físico, sus funciones son imprescindibles, sin ellas no podríamos vivir. Si cesa su latido, morimos. Lo que ocurre es que no nacemos con esa experiencia, sino que la vamos adquiriendo a lo largo de nuestra evolución. A pesar de que el recién nacido sea en potencia amor, es un diamante en bruto que ha de irse puliendo en la aventura de vivir.
El psiquiatra norteamericano Brian Weiss, pionero de la globalización de la terapia regresiva y su incorporación al ámbito de la práctica clínica, se atrevió a decirle al mundo en 1984 que lo único real que existe en esta vida es el amor. En una entrevista realizada por mí al doctor Weiss, éste afirmaba: «Importa poco quiénes hayamos sido en vidas anteriores y quiénes seamos en la presente: hombres, mujeres, extraterrestres, seres de luz… Lo único relevante es que esas vidas son escuelas de aprendizaje. Renacemos una y otra vez para aprender acerca del amor, la compasión, el perdón.
El color de Anahata según el sistema tradicional es el verde esmeralda, brillante. El verde es el color de la naturaleza y simboliza la capacidad sanadora y transformadora de la tierra, la misma que envejece y muere en el invierno para renacer en la primavera como una explosión de alegría y vuelve a producir cosechas para alimentar a sus hijos. Por otro lado, hay corrientes que también asocian el chakra corazón con el color rosa, el cual es reconfortante para los afligidos y proporciona cariño y dulzura. El elemento de este chakra es el aire. Somos aire, estamos hechos de aire y éste es fundamental para vivir. Lo aprehendemos a través de la respiración, la más básica de nuestras necesidades. Es tan sumamente básica que es automática, no necesitamos pensar en ella para activarla. Su relación con el corazón es evidente: la respiración está íntimamente conectada con el sentir.
La corriente espiritual hindú lleva miles de años contándonos lo importante que es respirar correctamente. Cuando la respiración es rítmica, profunda y consciente, se reestablece el cosmos, el orden en nuestro ser. Ana María Vidal afirma que «nuestras emociones, tensiones, miedos o angustias nos oprimen con mayor o menor asiduidad y acaban por determinar nuestra forma de respirar. Terminan instalando patrones específicos sin que nos enteremos».
Diversos estudios psicológicos y pedagógicos han demostrado que lo que asegura el crecimiento sano de un niño no es únicamente la alimentación y el techo, sino también el amor, y concretamente, el contacto físico, el tacto por parte de otros. Muriel James y Dorothy Jongeward afirman que «esta necesidad se cumple generalmente en las transacciones diarias del cambio de pañales, la alimentación, el baño y los mimos de los padres hacia los hijos. Hay algo inherente en el contacto físico que activa la química del infante hacia el crecimiento mental y físico. Ese algo del que hablan estas dos psicólogas transaccionales, que activa la química del niño al ser tocado, es el amor. Es la energía más potente y su vehículo son las manos. Por eso éstas se vinculan con el cuarto chakra. Las manos acarician, dan, construyen, crean…
Desde tiempos inmemoriales los humanos hemos utilizado las manos para calmar dolores, infundir confianza, amar, sentir. Pero además, el tacto debe también entenderse desde una perspectiva más emocional. Somos tocados por los sentimientos y las emociones. Muchas situaciones nos tocan porque nos mueven, nos despiertan sentimientos de amor, de ternura, de vulnerabilidad, de compasión, de perdón. Erich Fromm afirmaba que el amor es un arte en el que a medida que crecemos nos vamos perfeccionando, porque pasamos de un amor infantil en el que decimos: «Te amo porque te necesito,» a un amor maduro basado en el conocimiento, el crecimiento, la responsabilidad y cuidado de quienes amamos, y desde ahí podemos decir: «Te necesito porque te amo».
Fromm decía que «el amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatividad. En este sentimiento se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. Esa evolución del amor de la que hablaba Fromm se aprecia en la evolución espiritual que vivimos a través de los chakras. Así, en el primero aprendemos el amor en el seno de la familia en la que nacemos y a la que pertenecemos; en el segundo nos relacionamos con otras personas y empezamos a amar a individuos que son ajenos a nuestra familia y con quienes formamos lazos de amistad y pareja. En el tercero buscamos nuestra propia individualidad y empezamos a amarnos a nosotros mismos (reconociéndonos y aceptándonos). Pero al llegar al cuarto entramos en contacto con el Ser, con quien realmente somos, y eso nos pone en contacto con la Totalidad, lo que se traduce en que ya no nos sentimos seres separados del mundo, sino integrados en él.
Anahata, el cuarto chakra, alude a la fusión por encima de las diferencias y nos impulsa a mirar al otro como un espejo de nosotros mismos, sabiendo que aquello que nos molesta o nos duele es sólo una proyección de lo que no queremos reconocer en nosotros mismos (la sombra) y nos hace mirarle de forma compasiva, porque nosotros también hemos pasado y pasamos por lo mismo. Ese amor incondicional es extensivo a la todas las manifestaciones de la vida: desde un niño a un anciano, personas conocidas y anónimas, animales y plantas, mares, montañas y ríos.
Muchos expertos en el tema que nos ocupa afirman que hasta finales del siglo XX el mundo ha vivido sumido en los tres primeros chakras: la supervivencia, la sexualidad y el poder. Aparentemente, la situación de la Tierra es catastrófica. Sin embargo este mundo consumista, estresado y en guerra coexiste con otro paralelo que va despertando. En España quedó patente en los atentados terroristas del 11-M, en que los ciudadanos salieron de sus casas a ayudar desinteresadamente en todo lo que pudieron. La cantidad de voluntarios fue tal durante las veinticuatro horas posteriores a los atentados que desde los medios de comunicación se repetía, por ejemplo: «Ya no se necesitan más donantes de sangre ni más psicólogos».
Surge de nuevo la capacidad de nutrir, de entregarse a los demás, de conectarse con el interior y de crear, unida al respeto a la naturaleza. Los filósofos del nuevo milenio relacionan tal despertar con la vieja Diosa matriarcal, puesto que esta explosión del chakra corazón es potencialmente energía femenina, el ánima a la que se refería Jung, entendida como el sentimiento, algo que, como hemos visto, vive tanto en las mujeres como en los hombres. En las últimas décadas el interés por lo espiritual, al margen de la religión y sus dogmas, está tomando cuerpo. En todo el planeta surgen pequeños grupos de meditación llamados círculos (porque en ellos no hay jerarquías); y aunque su fuerza pueda parecer mínima, quizás algún día lleguen a ser los causantes de un cambio global, como opina la psiquiatra junguiana Jean Shinoda Bolen, que en su estudio sobre los círculos afirma que «cuando un cierto número de individuos de una especie logra modificar algún hábito o encuentra una nueva manera de hacer las cosas, este cambio se extiende entre el resto de su especie».
Para entregarnos al poder del amor es necesario antes curar las heridas de nuestro corazón. No podremos jamás amar a nadie si no nos amamos a nosotros antes. Y algo que parece tan obvio, en la práctica no lo es. Cuando se plantea el amor a uno mismo, muchas personas lo entienden como colmarse de caprichos y objetos materiales o dirigir la voluntad a lo que a uno se le antoja en cada momento. Los conceptos de egoísmo y amor tienden a confundirse habitualmente. Erich Fromm defendía que «el egoísta no se ama, básicamente porque no se conoce, y como mecanismo de defensa a la frustración que le produce su desconocimiento y desamor, le muestra a los demás lo contrario». Pero el supuesto amor del egoísmo está basado en el Tener, no en el Ser. Sólo cuando nos amamos de verdad a nosotros mismos somos capaces de compartir, de comprender y de respetar a los demás.
El conocimiento de uno mismo, el alumbramiento y aceptación de quien realmente se es, sin duda es el primer paso para amarse. Y ese descubrimiento de quiénes somos está relacionado con la sanación de nuestras heridas. Todos, lo reconozcamos o no, hemos llegado a la edad adulta como unos lisiados de guerra desde un punto de vista emocional. Los miedos, las obsesiones, las manías, la tendencia a juzgar o a criticar a los demás, la amargura, la incomunicación, la ansiedad, las disfunciones alimenticias y sexuales, la dependencia afectiva, las adicciones, la incapacidad para comprometerse y muchas enfermedades físicas son síntomas de las heridas de nuestro corazón. A pesar de que nos hayamos convertido en hombres y mujeres, dentro de nuestra psique, en algún rincón de nuestro inconsciente, vive un niño herido y torturado al que una vez abandonamos y que, sin darnos cuenta, pilota el timón de nuestras vidas con sus heridas. John Bradshaw afirma que «el niño interno del pasado, abandonado y herido, es la fuente principal de la miseria humana. El niño interno sabotea especialmente las relaciones en las que se produce intimidad: las de pareja, las familiares (paternofiliales especialmente), las de amistad (sobre todo cuando no hay pareja ni hijos).
C. G. Jung decía que «en el fondo de todo adulto yace un niño eterno, en continua formación, nunca terminado, que solicita cuidado, atención y educación constantes. Ésta es la parte de la personalidad humana que aspira a desarrollarse y a alcanzar la plenitud». El niño interno es un arquetipo; conecta con el mito del niño divino, pues en él está la capacidad de cambio, de revolución, de promesa. Lo que ocurre es que está estrechamente ligado a la sombra. Por otro lado, si el niño interno ha sido encerrado (casi siempre se le encierra), tal vez irrumpa en escena de una manera violenta y aterradora, como si fuera un monstruo más que un niño, puesto que todo lo que se reprime sale distorsionado. Recuperar al niño implica reconocer el dolor que hemos sufrido, curar nuestras heridas y responsabilizarnos de él.
Para hacer esto es necesario saber cómo se hirió nuestro niño y en qué etapas de su desarrollo se quedó bloqueado. He de advertir que éste no es un trabajo fácil ni rápido, sino lento y doloroso. Para hacerlo correctamente uno debe ser paciente y compasivo consigo mismo. Es fundamental que la persona esté abierta a la emoción y a la sensación, ya que el niño está bloqueado y cuando se entra en contacto con él, muchas veces se vivencia desde el llanto y la tristeza. Al niño se le hiere porque está a cargo de adultos que a su vez tienen desintegrado y herido su propio niño interior. Y por otro lado, sus heridas proceden de la vulnerabilidad infinita que se vive en la infancia, que hace que los niños sean maravillosos pero al mismo tiempo muy frágiles.
Y esa vulnerabilidad está relacionada con su capacidad para maravillarse ante cualquier cosa, con su corazón, su dependencia, su alegría y su ingenuidad, entre otros muchos rasgos. Pero este sentido de integridad y perfección es aún muy precario y necesita reflejarse y validarse en las personas que le cuidan. Si éstas no reflejan de forma precisa y cariñosa al niño, éste perderá la sensación de ser especial y único. En esa ansiedad por ser aceptado y reconocido por su familia primero y después por su entorno, el niño adopta papeles con los cuales combate esa sensación terrible de sentirse inadecuado o malo, y que contribuyen a equilibrar el sistema familiar.
Durante el proceso de recuperación del niño es de gran ayuda imaginarnos a nosotros acudiendo al pasado, a las distintas edades desde que nacemos hasta los veinticuatro años aproximadamente, y visualizar que recogemos a los distintos niños, adolescentes y jóvenes. Les decimos que venimos del futuro, que somos sus nuevos padres y que venimos a llevarlos con nosotros. Les amamos tal y como son y nos encargamos de su educación, su supervivencia y de darles todo el amor y el valor posible. La frase «te quiero y tú vales» es profundamente sanadora para nuestros niños interiores. En este proceso es de gran ayuda ver fotos de nuestras distintas edades y también escribirles cartas a esos niños que fuimos.
En consulta y en los cursos, a través de meditaciones guiadas, me ocupo de que las personas introduzcan la imagen de ese niño en el chakra corazón, de tal suerte que no olviden que llevan un niño dentro, con lo que deberán aprender a cuidarse, a tratarse con delicadeza, a respetar sus necesidades físicas y emocionales y a procurarse placer. También es fundamental que, una vez que se haya recuperado al niño, se establezcan conversaciones con él. Se puede hacer a través de meditaciones o visualizaciones, pero también escribiéndole cartas, utilizando ambas manos. Nuestra mano derecha, conectada con nuestro hemisferio izquierdo (lógica, razón y lenguaje), representa a nuestro adulto. Es la parte consciente. Desde ella le preguntamos cosas a nuestro niño, representado por la mano izquierda, conectada a su vez al hemisferio derecho de nuestro cerebro (emociones, intuición, creatividad). Ésta es nuestra parte inconsciente.
El niño debe expresarnos qué necesita, cuáles son sus miedos y sus pesares y qué espera de la vida. Hay que entender que ha estado encerrado mucho tiempo y al principio no se fiará de nuestras decisiones. Cuando hayamos realizado todo esto, es fundamental el perdón. Recuperar al niño implica asimismo perdonar a los demás y a uno mismo, para liberar el peso de viejas culpas y resentimientos.
EDA F, 12.1.2022 - 238 sivua. El estudio de los centros energéticos o chakras otorga, al interesado en las disciplinas de autoconocimiento, una visión profunda y amplia acerca de la influencia que las fuerzas sutiles tienen sobre el organismo humano y el desarrollo psíquico y espiritual. Este libro describe, de un modo claro y sencillo, los mecanismos por los que actúan los centros energéticos, a la par que muestra un completo trabajo práctico que comprende un extenso abanico de técnicas: Aplicación de sonidos, colores, gemas y aromas; ejercicios respiratorios y posturas de yoga; reflexología podal aplicada a los puntos relacionados con los chakras; prácticas de meditación y transmisión de la energía vital; las asociaciones astrológicas de cada chakra.

Funciones y simbolismo del Anahata
- Respiración consciente y conexión con el corazón.
- Amor incondicional y conexión con otros seres.
- Transformación, sanación y compasión hacia uno mismo y hacia los demás.
Colores, elementos y simbolismo
Color: verde esmeralda o rosa; Elemento: aire; Función: traducir la energía entre cuerpo y espíritu.
Relación con la salud y las relaciones
El Anahata influye en la respiración, la función cardiaca y el sistema inmunológico; su desarrollo favorece relaciones más auténticas y empáticas, así como una mayor capacidad de perdón y cooperación.
Prácticas para activar el cuarto chakra
- Ejercicios de respiración rítmica y consciente.
- Meditaciones centradas en el amor y la compasión.
- Trabajo con el niño interior y el perdón a uno mismo.
- Conexión con la naturaleza y apoyo a la sanación emocional.