Lecciones espirituales y curiosidades sobre la información para la vida interior

El hombre es un ser de la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trasciende. De acuerdo con la experiencia, la doctrina cristiana afirma que en el hombre existe una dualidad de dimensiones, las materiales y las espirituales, en una unidad de ser, porque la persona humana es un único ser compuesto de cuerpo y alma. Sin embargo, prescindiendo de detalles que sólo interesan a las ciencias y sin intentar justificar cualquier uso de la naturaleza, es evidente que la Iglesia describe una realidad cuando afirma que entre las criaturas existe una jerarquía que culmina en el hombre.

«La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los six días», que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cfr. Ps. CXLV, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Pero Jesús dice: Vosotros valéis más que muchos pajarillos (Lc. XII, 6-7), o también: ¡Cuánto más vale un hombre que una oveja! (Matth.).

La Iglesia enseña que la creación material llega a su punto culminante en el hombre: «El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cfr. Gen.). La creación material encuentra su sentido en el hombre, única criatura natural que es capaz de conocer y amar a Dios, y, de este modo, conseguir ser feliz.

El mundo material hace posible la vida humana, y sirve de cauce para su desarrollo. Por eso, la Iglesia afirma que «Dios creó todo para el hombre» (cfr. Conc.). El hombre se encuentra por encima del resto de la naturaleza y puede dominarla, aunque debe ejercer ese dominio de acuerdo con los planes de Dios. El Papa Juan Pablo II afirma: «Es algo manifiesto para todos … que el hombre, aunque pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esa misma naturaleza.

En efecto, el mundo visible existe "para él" y el hombre "ejerce el dominio" sobre el mundo; aun cuando está "condicionado" de varios modos por la naturaleza, la "domina", gracias a lo que él es, a sus capacidades y facultades de orden espiritual, que lo diferencian del mundo natural. Son precisamente estas facultades las que constituyen al hombre. Todas las criaturas reflejan, de algún modo, las perfecciones divinas. Pero, entre los seres naturales, sólo el hombre participa del modo de ser propio de Dios: es un ser personal, inteligente y libre, capaz de amar.

La Sagrada Escritura pone de relieve que el hombre está hecho a imagen de Dios: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó» (Gen. I, 27). Que el hombre es imagen de Dios significa, ante todo, que es capaz de relacionarse con Él, que puede conocerle y amarle, que es amado por Dios como persona. «De todas las criaturas visibles sólo el hombre es 'capaz de conocer y amar a su Creador' (Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 12, 3); es la 'única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma' (ibid., 24, 3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad».

El hombre es persona, no es simplemente una cosa. La persona tiene una dignidad única: nadie puede sustituirla en lo que es capaz de hacer como persona. Y sólo entre personas puede darse la amistad y el amor. «Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien.

La ciencia natural ofrece evidencia de las peculiaridades del hombre: a diferencia de otros seres, poseemos capacidades creativas y argumentativas indispensables para plantear problemas, buscar soluciones y evaluar su validez. El hombre es unidad: es alguien que es uno consigo mismo; pero en esa unidad se contiene una dualidad real, no un dualismo superstado.

La Iglesia ha utilizado históricamente la idea de alma y cuerpo para expresar esa dualidad constitutiva del ser humano, aclarando que alma y cuerpo no son sustancias completas y que el alma es la forma substancial del cuerpo. Frente a dualismos exagerados que minusvaloran lo material, la Iglesia sostiene que «el cuerpo del hombre participa de la dignidad de la 'imagen de Dios'»: es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu.

En la Sagrada Escritura, el término alma aparece con diferentes significados; a veces designa la vida humana, o toda la persona; otras veces designa lo más íntimo en el hombre (cfr. Mt 26:38; Jn 12:27) y lo que hay de más valor en él (cfr. Mt 10:28; 2 Mac. 6:30), aquello por lo que es imagen de Dios: "alma" significa el principio espiritual en el hombre.

Lo más importante es el contenido de la doctrina: la Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia, tras la muerte, de un elemento espiritual dotado de conciencia y voluntad, subsistiendo el mismo "yo" humano. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra "alma". La unidad de la persona humana siempre ha sido enunciada frente a los dualismos exagerados.

Durante siglos se ha utilizado la terminología aristotélica para subrayar que alma y cuerpo forman una única realidad: la unidad del alma y el cuerpo es tan profunda que debe considerarse al alma como la "forma" del cuerpo. En definitiva, «el hombre creado a imagen de Dios es un ser a la vez corporal y espiritual, o sea, un ser que por una parte está unido al mundo exterior y por otra lo trasciende: en cuanto espíritu, además de cuerpo es persona.

Una importante consecuencia de esta doctrina es que las dimensiones materiales son buenas y queridas por Dios: la persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y Resultó el hombre un ser viviente (Gen. II, 7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios.

En este marco, la espiritualidad humana se manifiesta en capacidades de inteligencia, voluntad y auto-reflexión que van más allá de lo meramente material. En el nivel de la inteligencia, la capacidad de abstraer, razonar, reconocer la verdad y enunciarla. En el nivel de la voluntad, la capacidad de querer, autodeterminarse libremente y actuar para un fin conocido. Y en ambos, la capacidad de auto-reflexión, de modo que podemos conocer nuestros propios conocimientos y querer nuestros propios actos de querer.

El materialismo suele presentarse con ropaje científico, afirmando que todo lo humano se reduce a lo material y que la ciencia explicará todo. Pero el Papa Juan Pablo II y el Concilio Vaticano II han subrayado que el hombre se parece más a Dios que a la naturaleza y que la inteligencia, libertad, conciencia y espiritualidad no pueden reducirse a procesos materiales. La Creación testifica de un Creador, y no podemos desatender ese toque divino en la Creación; la creación existe para el hombre y el hombre ejerce dominio sobre el mundo.

La inmortalidad del alma está afirmada por la Iglesia junto a la espiritualidad: cuando el hombre muere, el alma continúa existiendo. Esta afirmación puede ser conocida también por la razón, pues el alma es espiritual y trasciende las condiciones naturales, además de la aspiración humana al infinito y a la dicha.

La Iglesia enseña que cada alma es creada directamente por Dios: no proviene de otra fuente sino de Su creación inmediata. Esta enseñanza ha servido para enfrentar errores históricos como priscilianismo, traducianismo y emanacionismo. En la actualidad, la doctrina sostiene que la dignidad del hombre no puede reducirse a la materia y que las dimensiones espirituales son reales y superiores a lo meramente material.

El Concilio Vaticano II y otros textos magisteriales destacan que la apertura a la verdad, la belleza, el bien moral, la libertad y la aspiración al infinito permiten reconocer signos de la alma espiritual. La semilla de eternidad que lleva en sí el ser humano apunta a Dios y a una vida que trasciende lo material.

El alma humana es creada inmediatamente por Dios, y no hay indicios de que su origen sea meramente derivado de la materia; la tradición teológica sostiene que cada alma espiritual es creada directamente por Dios y puede haber desafíos frente a teorías evolutivas cuando se trata del origen de la conciencia y la libertad.

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