Lección espiritual de la curiosidad: un camino práctico hacia la liberación

Cuando sono arrivato in Nepal nel monastero in cui tu vivi, Matthieu, mi sono meravigliato di come la vita spirituale e la pratica del dharma risplendessero nel cuore della vostra realtà quotidiana. Rispetto a voi, io sono solo un chiacchierone... Accogliendomi, mi hai donato una copia dei Cento consigli di Padampa Sangye con una splendida dedica: «Che la durata della tua pratica spirituale possa coincidere con quella della tua vita». E dunque necessario per me credere e fare esperienza della possibilità di scoprire in ogni istante un'occasione di crescita interiore. Niente davvero può opporsi al Risveglio e all'unione con Dio, neanche l'ostinazione con cui ci assillano quotidianamente i nostri difetti. Ogni aspetto della vita può diventare il campo per mettere in pratica un esercizio spirituale, anche e soprattutto ciò che di norma ci fa vacillare. Si potrebbe inaugurare quest'impresa con semplicità e in un momento qualunque, ad esempio imparando a esercitare le nostre virtù in situazioni ordinarie: “Ecco là qualcuno che mi fa tremendamente innervosire!”

El primer paso en el camino espiritual consiste sin duda en dedicar la propia jornada a los demás, especialmente a los más débiles y a quienes sufren. Mientras hablamos, algunas personas acaban de descubrir que tienen cáncer, otras están perdiendo a un hijo, muchísimas mueren de hambre... Debemos volcar nuestro corazón y nuestro espíritu hacia los miles de seres que luchan en el inmenso océano del sufrimiento, un magma que podría tragarnos en un instante y privarnos de nuestra libertad y dignidad. Debemos recordar siempre que no nos dedicamos a la práctica espiritual para halagar al ego, sino para convertirnos en hombres y mujeres para los demás, personas consagradas al amor y a ayudar al prójimo.

Ilustración de la práctica compasiva diaria

Algunos podrían replicar: ¿Qué le importa a alguien desesperado que le dediquemos nuestro día? Si un teléfono móvil puede conectarse a una antena, ¿por qué no imaginar que en el corazón de la interioridad hay un vínculo profundo que nos une a todo ser vivo? Reconocer que todo en la tierra está interconectado no significa votar por el ocultismo. Estoy convencido de que hacer de nuestras jornadas diarias un signo de generosidad nos mejora como personas; es un ejercicio útil para liberarse de ese egoísmo obstinado que está en todos nosotros y que es tan difícil de extirpar.

Nuevamente, en las fases iniciales de nuestra relación, solía bombardear a mi maestro con un alud de preguntas: “¿Quién es Dios?”, “¿Por qué debemos sufrir?”, “¿Cuándo sanaré de mis sufrimientos?”, etc. Cada vez, con infinita dulzura, me invitaba a volver al presente, al lugar donde la eternidad entra en juego, y me explicaba que perderse en discursos vanos sobre la ascesis no sirve de nada: no hay práctica más importante que el ejercicio de la generosidad.

Concretamente, intento seguir esencialmente cuatro tipos de ejercicios espirituales. El primero responde al llamado de que cada gesto de nuestra vida sea como si Dios nos hubiera creado para ese propósito: al encontrarnos con alguien, intento recordar que en ese momento esa persona es la más importante del mundo; del mismo modo, al cepillarme los dientes, me entrego a esa actividad con alma y cuerpo, sin que mi espíritu se pierda en pensamientos. El maestro Yunmen sintetizó en una fórmula extraordinaria este arte de vivir: “Cuando estás sentado, estás sentado. Cuando te pones en marcha, camina. Sobre todo, no dudes.”

La idea de que un sabio no debe sentir emociones es un malentendido. Él las vive profundamente, pero es capaz de dejar que se evaporen antes de que se vuelvan dañinas. En esencia, si está enojado, no siente la necesidad de lanzar platos contra la pared. Aquí está la verdadera prueba: vivir con intensidad incluso aquello que nos atormenta y avanzar en la vida con una dulzura extrema. Durante mucho tiempo me pareció terrible la idea de aceptar lo que la vida nos ofrece. Frecuentemente creemos que eso equivale a negarnos y sofocar las emociones; no, significa reconocerlas y acogerlas como si fueran nuestras hijas, sin juzgarlas. Así, cuando llega un arrepentimiento, no lo dejo de lado, porque la experiencia completa de esa tristeza me permite pasar página y continuar a otro capítulo de la vida.

Desde niño, no me abandonaba del todo a las mordeduras de la sufrimiento, pero siempre busqué resistirme hasta el agotamiento. Hoy, cuando estoy abatido, dejo que el tiempo fluya y no me peleo contra las preocupaciones interiores. Tomar conciencia de que las emociones no tienen poder para destruirnos devuelve una gran confianza. En cierto sentido, las tormentas nos ayudan; no hay nada más contrario a decir sí a la vida que sucumbir y cerrar los ojos ante lo que nos inquieta.

El segundo tipo de ejercicio es el que más alimenta mi espíritu: “dejar pasar”. Mil veces al día hay que esperar a que las angustias, los miedos y las emociones vuelen como abejas que nos rondan: cuanto más intentamos expulsarlas, más se agitan. Permitamos que se aparten sin mostrar la más mínima reacción. En el Sutra del diamante se dice: “El Buda no es el Buda, y por eso lo llamamos el Buda”.

Así nace un tercer tipo de práctica que me ocupa casi a tiempo completo y que me ayuda a aceptar los altibajos de la vida: cuando estoy abatido abro ese libro no para hallar armas para la lucha, sino para fortalecer mi existencia. “La discapacidad no es la discapacidad, y por eso la llamo discapacidad.” Este dicho me recuerda no dar nada por sentado y reconocer que un aspecto de la vida puede ser a la vez una calamidad y un recurso. Es importante abandonar la prisión del dualismo que ata la realidad a una lógica binaria. En cada momento puedo vivir la condición de la discapacidad de una forma distinta. Cuando la mente tiende a imponer pensamientos volátiles y a aplicar esquemas preconcebidos, me repito sin cesar: “Alexandre no es Alexandre, y por eso lo llamo Alexandre.” Esta fórmula ayuda a no identificarse con las propias deficiencias, sin negarlas. Muchos años después sigo practicando el distanciamiento y la retirada de las fijaciones del ego, y acompaño sin cesar el movimiento de la vida. Repetirse: “Mi mujer no es mi mujer, y por eso la llamo mi mujer” significa descubrir que cada día estoy junto a una persona nueva, imposible de encerrar en mis representaciones.

Es posible llamar a las cosas por su nombre sin olvidar que la realidad es más compleja de lo que parece. Mantengo, desde hace años, la práctica de la distensión y la distancia de las fijaciones centradas en el ego, y me esfuerzo por acompañar sin descanso el movimiento de la vida. Finalmente, hay un último tipo de ejercicio que tomo prestado de un libro del Antiguo Testamento que resuena con el budismo, el Eclesiastés. Con su tono pesimista, ese texto logra socavar y poner en crisis nuestras ilusiones una a una. Me repito a menudo su famoso dicho: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”; ser consciente de que en este mundo todo es frágil y precario ayuda a alcanzar un nivel de libertad más profundo, y así mi alma sana de la tendencia a buscar consolaciones fáciles. En definitiva, se puede encontrar la paz incluso en medio del caos. Sin embargo, no soy muy hábil para dejar que las cosas fluyan; me aferro a fragiles apoyos y termino sufriendo más. En última instancia, el Eclesiastés me ha curado de la propia idea de curación. Para abrir las puertas de la serenidad es necesario derribar una a una las ilusiones y las falsas esperanzas; la lucha se detiene y el arduo combate de la vida cede espacio a la paz.

Equilibrio entre tradiciones y prácticas en el camino espiritual

Construir un camino espiritual en la intersección de tradiciones distintas no está exento de riesgos. Hay que tener cuidado, por un lado, de no absolutizar uno de los caminos posibles y, por otro, de no dispersarse en el sincretismo. En mi caso, intento seguir el ejemplo de Cristo, y en este sendero el budismo me ayuda a aligerarme del peso del yo. Cada día vuelvo a las páginas de los Evangelios y trato de establecer una auténtica vida de oración. Rezar, para mí, es ponerse realmente desnudo, liberarse de las máscaras para permanecer atentos a lo trascendente y encontrar el coraje para confiar en algo que es más grande que nosotros. En este proceso, las etiquetas, los esquemas mentales y las falsas expectativas se disipan, y el yo puede eclipsarse. Requiere mucho coraje dejarse llevar al fondo de nuestra interioridad, y no hacer nada, no decir nada y no querer nada, dejando que Dios se ocupe de Dios. Orar significa decir sí a todo lo que la vida nos ofrece, sin preconceptos. De este modo, sin casi intervenir, los mecanismos de defensa, las dudas y las manías de control abandonan nuestro espíritu, que se vuelve tan despojado de osar lo impensable, es decir, llamar a Dios Padre.

Entre los mil tropiezos en el camino, hay uno particularmente temible: la mundanalidad. Si me alejo de mi maestro y de mi familia, enseguida me veo atrapado en una forma de agitación que me desvía de la interioridad. ¿Qué decir de la tentación de la murmuración, que nunca está lejos una vez que hemos cruzado ciertos umbrales? ¿Cómo expresar nuestra necesidad de media hora de meditación cuando estamos entre personas impermeables, o incluso hostiles, a cualquier forma de espiritualidad? ¿Cómo invocar esa fe en Dios que tanto conforta cuando demasiados tabúes y prejuicios impiden incluso escuchar sin juzgar? He llegado a fingir una excusa de cansancio pasajero para poder concederme una hora de tranquilidad y así aislarme de una forma de vida demasiado opresiva. Para entrar al camino de la espiritualidad a veces se requiere una gran docilidad y otras una determinación inquebrantable. Ahora, debo reconocer que, desde que me despierto hasta que me acuesto, me permito un montón de derogaciones a esos principios guía. A veces ni siquiera consigo mantener la simple regla: estar presente contigo mismo, aquí y ahora. Incluso me sorprendo haciendo pipí mientras me lavo los dientes o cuando intento responder al teléfono... ¡qué acrobacia tan peligrosa!

Cuando dejé las maletas en Seúl, tenía sed de progreso en la vida espiritual. Me sentía listo para todo para alcanzar el Despertar, la unión con Dios. Luego, en pocas semanas, mi entusiasmo se atemperó y me hallé diciendo a mi maestro: “¿No podríamos organizar retiros cada dos semanas?” La mente afinaba sus artimañas para apartarme de las exigencias del corazón. Así continuaba, esperando salir adelante con el mínimo esfuerzo: “Padre, la verdadera prueba es aplicar la práctica espiritual en la vida diaria... ¿por qué apartarse del mundo?” Cada día debemos volver a las raíces de nuestra inspiración y trabajar cada vez más. Aunque en la vida realmente tenemos poder sobre pocas cosas, en todo momento podemos decidir dedicarnos a fondo al crecimiento espiritual, un camino que no ofrece recetas milagrosas ni consuelos inmediatos.

Compromiso diario y apoyo emocional

Para poder perseverar en el camino sin apartarme de la senda principal, prometí a mi maestro dedicar una hora de mi día a la meditación. En cinco años no me he concedido derogaciones, y creo que este ejercicio me ha salvado la vida. Lo más curioso es que algunas mañanas me levanto ya estresado por la idea de encontrar el espacio para mi hora de meditación, pero con el apoyo espiritual de muchos verdaderos amigos y lecturas instructivas logro volver a pie. Si me siento agotado, gracias a mi maestro encuentro siempre la fuerza para levantarme y seguir adelante. Cada vez, él me reconduce a la raíz de mi ser, a la interioridad más profunda. Cuando hablo con él, la existencia se vuelve simple y ligera, y siento que no debo entregarme a nada más que a la vida espiritual y al intento de abandonarme por completo a Dios.

De niño, cuando iba a misa, a menudo oía predicas aburridas y ordinarias, lejanas de las aspiraciones que agitaban mi corazón. Hoy, en Seúl, gracias a mi padre espiritual, vivo la misa como un espacio de desnudez espiritual completa y como una oportunidad para iniciar una nueva vida tras haber sido renovados en el alma. En lo más profundo de mi corazón, siento que podré obtener el perdón, que la dictadura del ego caerá y que recobraré la paz interior.

Mapa conceptual de prácticas espirituales cotidianas

En este viaje, la docilidad, la perseverancia y la humildad se entrelazan para sostener el crecimiento interior. Cada día es una oportunidad para volver a las fuentes y fortalecer la relación con lo trascendente, sin depender de garantías externas ni de resultados inmediatos. La verdadera libertad nace al reconocer que todo es impermanente y al permitir que la conciencia se abra a lo que es, sin forzar una versión de sí mismo.

Que Es La ESPIRITUALIDAD y Para Que SIRVE 🙏 (Estos Son Los BENEFICIOS)

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