A lo largo de estos años, se han dado pasos muy importantes y decisivos en el estudio y programación de la espiritualidad del sacerdote, mediante congresos, estudios, publicaciones y encuentros, tanto internacionales como nacionales y locales. En casi todos los estudios postconciliares se subraya la conexión de todos estos temas con su principio fontal: Cristo Sacerdote que se prolonga en la Iglesia. Una lectura atenta del decreto Prebyterorum Ordinis pone de relieve la persona de Cristo, de cuyo sacerdocio participa especialmente el sacerdote ministro para prolongarle en la Iglesia y en el mundo, en sintonía de amistad y de seguimiento.
Queda mucho camino por hacer hasta construir la figura sacerdotal de nuestra época. A mi entender, hay todavía muchos puntos de espiritualidad sacerdotal que necesitan un estudio más detallado y, al mismo tiempo, una aplicación sin demoras y sin reticencias. Los voy a enumerar sucintamente, aún con el riesgo de ser incompleto e impreciso. Son más bien algunos aspectos que quedan claramente esbozados en los textos conciliares y que pueden ser índice de una recta aplicación de todo el tema sacerdotal.
Relación, presencia de Cristo y santidad sacerdotal
Se puede decir que todos los textos conciliares sobre el sacerdote tienen un matiz relacional. La presencia de Cristo resucitado en la Iglesia (SC 7) encuentra en el ministerio sacerdotal un signo especial de anuncio, celebración y comunicación. La santidad sacerdotal se realiza precisamente en el ejercicio del ministerio porque se trata de «comunión con Cristo» (PO 13). «Cristo obra por sus ministros y, por tanto, él permanece siempre principio y fuente de la unidad de vida en ellos» (PO 14). Por el hecho de vivir unidos a Cristo que envía y espera en el campo de misión, los sacerdotes «no están nunca solos» (PO 22). De ahí nace el gozo pascual de una vocación que es encuentro, amistad y misión, y que, por ellos mismo, se hace fuente de vocaciones sacerdotales (PO 11).
La presencia de Cristo en la vida sacerdotal está relacionada con la misión (Mt 28,20). El ministerio de la palabra reclama una actitud contemplativa, que se convierte en compromiso de evangelización. El mismo número 13 de Presbyterorum Ordinis, que habla de la santidad en relación a los ministerios, indica esta línea contemplativa inherente al ministerio profético. «Buscando cómo puedan enseñar más adecuadamente a los otros lo que ellos han contemplado, gustarán más profundamente las irrastreables riquezas de Cristo (Ef 3,8) y la multiforme sabiduría de Dios. Es interesante notar que cuando el concilio habla de la predicación de la palabra, recuerde, al mismo tiempo, la actitud contemplativa.
Hay que aventurarse a hacer realidad esta «fraternidad sacramental» (PO 8) o «familiar» (CD 28), comprometiéndose a una ayuda mutua afectiva y efectiva en el campo pastoral, espiritual, cultural, económico y personal. El carisma episcopal, como espíritu de cercanía y convivencia, es imprescindible (CD 28; PO 7). El Consejo Prebisterial tiene su parte que aportar en este compromiso de hacer realidad la vida apostólica en el Presbiterio. El sentido y amor de Iglesia, expresado en servicio generoso y fiel, es parte integrante de la espiritualidad sacerdotal (PO 14,15; OT 9).
«La fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculos de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio. La misión sacerdotal existe y se realiza en la comunión. El concilio recuerda que el sacerdote es ministro de Cristo y de la Iglesia, puesto que obra «en persona de Cristo Cabeza» (PO 2) y «en nombre de todo el pueblo de Dios» (LG 10; +PO 2).
En este punto cabe encontrar también una posibilidad de profundizar la relación del sacerdote con María, según la línea trazada por la carta del Jueves Santo de 1988. Su espíritu de comunión eclesial dependerá de la vivencia de esta dimensión mariana.
Inserción, unidad y caridad pastoral
Otra nota característica de la espiritualidad sacerdotal es la de ser principio de unidad en la comunidad, en colaboración de dependencia con el propio obispo (PO 6,9; LG 23). Esto tendrá aplicación especial en el servicio de suscitar vocaciones laicales, insertándolas en la Iglesia particular. En el fenómeno actual de multiplicación de movimientos espirituales y apostólicos, el sacerdote hace un servicio de armonía, puesto que él pertenece propiamente a toda la comunidad. Personalmente podrá vivir más en una línea grupal, pero, en cuanto sacerdote, debe «armonizar las diversas mentalidades y defender el bien común por encima de preferencias» (PO 9).
La espiritualidad del sacerdote dice relación a la construcción de la unidad. Este espíritu de comunión le ayudará a ser, con el obispo, el garante y el servidor cualificado de una tradición o herencia apostólica que se encuentra en cada Iglesia particular. Por esta línea cabría encontrar una característica de la espiritualidad del sacerdote diocesano, en el hecho de gracia de estar incardinado a una Iglesia particular. La espiritualidad del sacerdote es de inserción en las situaciones humanas e históricas. No es la misma que la de los laicos (LG 31; GS 38.43; +Christifideles laici).
La inserción del sacerdote se debe al hecho de participar de modo especial en la consagración y misión de Cristo, el Verbo Encarnado. El decreto conciliar sobre la vida y el ministerio sacerdotal pone en relieve esta cercanía del sacerdote a la situación concreta del existir humano (PO 1,3-4,6,9,12,14-19). La convivencia con los hombres (PO 3) le urge a buscar, en la palabra de Dios, la luz para interpretar los acontecimientos y descubrir en ellos los «signos de los tiempos» (PO 4,6,9,17,18). Esta cercanía encuentra un lugar de preferencia cuando se trata de «los pobres y los más débiles» (PO 6).
Caridad pastoral y vida pastoral
La caridad pastoral es la alma de la espiritualidad sacerdotal diocesana. La caridad pastoral no es sólo con respecto al pueblo. Se extiende igualmente al obispo y a todos y cada uno de los sacerdotes del presbiterio diocesano. Esto no es algo puramente jurídico, o aún fraterno: también marca la modalidad del ministerio sacerdotal. Pues éste no se limita sólo a sentirse responsable de la obra o responsabilidad a que ha sido destinado; al estar identificado con una Iglesia local, su caridad pastoral es universal; lo lleva a sentirse solidario con toda la pastoral de la diócesis, y con la misión universal de la Iglesia (LG 28).
La caridad pastoral se expresa también por su comunión fraterna y apostólica con el presbiterio. Ello lleva al sacerdote diocesano a participar activamente en los encuentros pastorales (decanatos, zonas, etc.); a apoyarse y ayudarse en el ministerio; a integrar la pastoral de conjunto. La comunión fraterna también se expresa por su participación en equipos de amistad y de vida sacerdotal, libremente elegidos; y se siente llamado a asociarse con otros sacerdotes diocesanos, en movimientos de espiritualidad que lo ayudan en su caridad apostólica y en su espíritu diocesano.
Para el sacerdote diocesano la vida en comunidad no es constitutiva de su espiritualidad, como es el caso del religioso. Su comunidad es la comunidad parroquial o de los grupos que sirve. Esto no excluye la conveniencia, estimulada por la Iglesia, de vivir con otros sacerdotes, de orar y revisarse en común. Pues esto no es algo exclusivo de la vida religiosa; es un valor cristiano, conveniente también para diocesanos y laicos.
Consecuencias y vida espiritual
El sacerdote diocesano recurre, como todos los cristianos, a las fuentes fundamentales de la espiritualidad que la Iglesia ofrece y aconseja: la imitación de Cristo por el amor, la oración y la contemplación, la conversión, los sacramentos, la meditación de la Palabra, el contacto con los grandes santos y las obras clásicas de la espiritualidad cristiana. La caridad pastoral, que articula su espiritualidad específica, no se sobrepone a lo anterior ni lo excluye, sino que lo supone. En verdad la caridad pastoral matiza, colorea, y sobre todo integra, todos los valores de la espiritualidad que comparte con los demás cristianos.
Durante su ministerio, el estudio teológico, bíblico, pastoral, etc., del sacerdote diocesano tiene un valor en sí mismo (el crecimiento en la Verdad de la cual él es testigo). Sin embargo, está fuertemente marcado e influido por la naturaleza de su apostolado y por las necesidades y requerimientos de su comunidad. Los encuentros, cursos, retiros y homilías que tiene continuamente que preparar, a veces arduamente, constituyen de hecho el mayor volumen de su trabajo intelectual. Igualmente sucede con su estudio de las ciencias humanas y de la realidad. El pastor (salvo vocaciones particulares) no pretende ser un sociólogo, sicólogo, etc.; se trata, según la parábola, de “conocer las ovejas”, y de conocerlas con una perspectiva pastoral: estar al corriente de aquello que está influyendo en la vida, sobre todo cristiana, del pueblo.
La oración litúrgica y personal, del sacerdote diocesano, tiene por de pronto todas las características de la oración cristiana (adoración gratuita, experiencia de la amistad de Dios, etc.). Pero además está siempre marcada y motivada por su caridad pastoral: el sacerdote siempre ora cargado con los pecados del pueblo y en representación de él. Ruega por él, especialmente por los más alejados y necesitados, y por los que no rezan (P.O. 5 y 13).

Más aún, además de alimentar su oración con las fuentes propias de todo cristiano, el sacerdote la alimenta de manera particular con las experiencias y realidades de su apostolado. Las necesidades, los valores y la presencia del Espíritu que él va descubriendo en la comunidad, inspiran su oración y lo impulsan a orar. La caridad pastoral, por otra parte, es la que unifica interiormente al sacerdote, e integra su vida y actividades, de suyo muy heterogéneas, variables y dispersas. Aquí habría que mencionar una vez más la celebración de la Eucaristía, como fuente primordial de la caridad pastoral, y a la vez de la integración y unidad de la vida apostólica.
La ascética, la vida de sacrificio y penitencia del sacerdote diocesano no se especifica por una regla de vida sino por la fidelidad a las exigencias del ministerio. El pastor no tiene ayunos prescritos pero sus compromisos apostólicos imprevistos lo dejan a veces sin comer; no se levanta de noche para la liturgia común, pero las emergencias pastorales lo obligan a dormir poco. El pastor no tiene un horario establecido y exigente que lo arranque de su comodidad, pero el servicio a la gente no le dejará tiempo para pensar en sí mismo. En la ascesis del apostolado, el sacerdote vive la palabra evangélica del buen pastor “que entrega la vida por las ovejas”.
La humildad radical del sacerdote diocesano no consiste en no reconocer sus talentos, o en no aceptar sino cargos humildes… El pastor debe desarrollar sus talentos en servicio de la Iglesia; deberá asumir cargos y responsabilidades importantes. Su humildad radical consiste en la convicción y permanente experiencia de la desproporción que existe entre sus cualidades defectos, y los resultados profundos de su apostolado. La humildad ministerial está en no poner la confianza en uno sino en el poder de Dios que actúa en uno. El pastor sabe que su ministerio está en un vaso de barro (1 Cor 4,1) conoce sus miedos, debilidades e incompetencias (1 Cor 2,3- 5), y la persistencia de su fragilidad y miserias morales (1 Cor 12,10); pero sabe igualmente que por eso mismo, el poder del Espíritu se manifiesta con fuerza en su apostolado.
La obediencia a la Iglesia en el ministerio está marcada por la lealtad apostólica. Su total lealtad con su obispo y con la Iglesia no se agota en una obediencia pasiva, de cumplir lo mandado. El sacerdote diocesano se siente solidario con todas las cosas de la Iglesia. La obediencia apostólica requiere iniciativa, creatividad pastoral, y aportar ahí su propio carisma. La obediencia apostólica no es la tranquilidad, la diplomacia, o el quedar siempre bien, renunciando a exponer y a trabajar, con lealtad al obispo, en lo que el Espíritu le pide para el bien de la Iglesia.
El celibato ministerial evidentemente no es distinto del celibato cristiano, y de sus motivaciones evangélicas conocidas, pero está enriquecido con la motivación apostólica. En el sacerdote diocesano, el celibato “es signo y estímulo de la caridad pastoral”; es “fuente de fecundidad apostólica” (P.O. 16). El celibato es como un “sacramento” de la paternidad espiritual del pastor, de la universalidad de su caridad, de su predilección por los miserables y abandonados que no han conocido el amor.
La pobreza evangélica. El sacerdote diocesano no hace voto de pobreza, ni renuncia a tener. Su pobreza tiene dos aspectos: a) Su propiedad fundamental, a la que debe condicionar todas las demás, es el apostolado y los medios necesarios para ello. No se trata entonces de renunciar a las cosas y gastos necesarios en la pastoral. Se trata sí de preguntarse en qué pone uno su confianza: ¿en los medios, o en el poder del evangelio? b) El pastor debe dar testimonio de una pobreza personal real y voluntaria. Aquí se da diversidad de situaciones y de vocaciones personales, pero la pobreza evangélica será particularmente urgente si el pastor trabaja entre los pobres (P.O. 17).
“Ser fiel en la pobreza” – Testimonio de fe y vida – “Edgardo”
tags: #alle #sorgenti #della #spiritualita #sacerdotale