San Buenaventura (Juan de Fidanza): Tiempo y eternidad. Estudio sobre la Teología de la historia

San Buenaventura nació Bagnoregio, ─una pequeña ciudad italiana del Lacio, que custodia su memoria con veneración─, probablemente en 1217 y murió en 1274; vivió en el siglo XIII, una época en la que la fe cristiana, que había penetrado profundamente en la cultura y en la sociedad de Europa, inspiró obras imperecederas en el campo de la literatura, de las artes visuales, de la filosofía y de la teología. Entre las grandes figuras cristianas que contribuyeron a la composición de esta armonía entre fe y cultura destaca Buenaventura, hombre de acción y de contemplación, de profunda piedad y de prudencia en el gobierno. Se llamaba Giovanni da Fidanza.

Un episodio que sucedió cuando todavía era un muchacho marcó profundamente su vida, como él mismo relata. Se veía afectado por una grave enfermedad y ni siquiera su padre, que era médico, esperaba ya salvarlo de la muerte. Entonces, su madre recurrió a la intercesión de san Francisco de Asís, canonizado hacía poco. Y Giovanni se curó.

La figura del «Poverello» de Asís llegó a ser todavía más familiar para él algunos años más tarde, cuando se encontraba en París, donde estudiaba. Había obtenido el diploma de maestro de Artes, que podríamos comparar con el de un prestigioso instituto de nuestros tiempos. En ese momento, al igual que muchos jóvenes del pasado y también de hoy, Giovanni se planteó una pregunta crucial: «¿Qué debo hacer con mi vida?». Fascinado por el testimonio de fervor y radicalidad evangélica de los Frailes Menores, que habían llegado a París en 1219, Giovanni llamó a las puertas del convento franciscano de esa ciudad, y pidió ser acogido en la gran familia de los discípulos de Francisco. Muchos años después, explicó las razones de su elección: en san Francisco y en el movimiento que él inició reconocía la acción de Cristo. En una carta dirigida a otro fraile escribía lo siguiente: «Confieso ante Dios que la razón que me llevó a amar más la vida del beato Francisco es que esta se parece a los comienzos y al crecimiento de la Iglesia. La Iglesia comenzó con simples pescadores, y después se enriqueció de doctores muy ilustres y sabios; la religión del beato Francisco no fue establecida por la prudencia de los hombres, sino por Cristo» (Epistula de tribus quaestionibus ad magistrum innominatum, en Opere di San Bonaventura. Introduzione generale, Roma 1990, p. 29).

Por lo tanto, alrededor del año 1243 Giovanni vistió el sayal franciscano y asumió el nombre de Buenaventura. En seguida fue destinado a los estudios, y se matriculó en la Facultad de teología de la Universidad de París, donde siguió un conjunto de cursos muy arduos. Obtuvo varios títulos requeridos por la carrera académica, los de «bachiller bíblico» y de «bachiller sentenciario». Así Buenaventura estudió a fondo la Sagrada Escritura; las Sentencias de Pedro Lombardo, el manual de teología de aquel tiempo; y los autores de teología más importantes y, en contacto con los maestros y los estudiantes que afluían a París desde toda Europa, maduró su propia reflexión personal y una sensibilidad espiritual de gran valor que, a lo largo de los años sucesivos, supo infundir en sus obras y en sus sermones, convirtiéndose así en uno de los teólogos más importantes de la historia de la Iglesia. Es significativo recordar el título de la tesis que defendió para ser habilitado a la enseñanza de la teología, la licentia ubique docendi, como se decía entonces. Su disertación llevaba por título: Cuestiones sobre el conocimiento de Cristo. Este tema muestra el papel central que Cristo tuvo siempre en la vida y en las enseñanzas de Buenaventura. Sin duda podemos decir que todo su pensamiento fue profundamente cristocéntrico.

En aquellos años en París, la ciudad de adopción de Buenaventura, estalla una violenta polémica contra los Frailes Menores de san Francisco de Asís y los Frailes Predicadores de santo Domingo de Guzmán. Se contestaba su derecho a enseñar en la universidad, e incluso se ponía en duda la autenticidad de su vida consagrada. Ciertamente, los cambios introducidos por las Órdenes Mendicantes en el modo de entender la vida religiosa, eran tan innovadores que no todos llegaban a comprenderlos. Se añadían también, como alguna vez sucede incluso entre personas sinceramente religiosas, motivos de debilidad humana, como la envidia y los celos. Buenaventura, aunque rodeado por la oposición de los demás maestros universitarios, había comenzado a enseñar en la cátedra de teología de los Franciscanos y, para responder a quien criticaba a las Órdenes Mendicantes, compuso un escrito titulado La perfección evangélica; en el que demuestra como las Órdenes Mendicantes, especialmente los Frailes Menores, practicando los votos de pobreza, de castidad y de obediencia, seguían los consejos del Evangelio.

Más allá de estas circunstancias históricas, la enseñanza de Buenaventura en esta obra y en su vida sigue siendo actual: la Iglesia es más luminosa y bella gracias a la fidelidad a la vocación de estos hijos suyos y de aquellas hijas suyas que no sólo ponen en práctica los preceptos evangélicos, sino que por gracia de Dios, están llamados a guardar los consejos y así testimonian, con su estilo de vida pobre, casto y obediente, que el Evangelio es fuente de gozo y de perfección. El conflicto se apaciguó, por lo menos durante algún tiempo, y, por intervención personal del Papa Alejandro IV, en 1257, Buenaventura fue oficialmente reconocido como doctor y maestro de la universidad parisina. Sin embargo, tuvo que renunciar a este prestigioso cargo, porque en ese mismo año el capítulo general de la Orden lo eligió ministro general.

Desempeñó ese cargo durante diecisiete años con sabiduría y entrega, visitando las provincias, escribiendo a los hermanos, interviniendo alguna vez con una cierta severidad para eliminar abusos. Cuando Buenaventura inició este servicio, la Orden de los Frailes Menores se había desarrollado de modo prodigioso: los frailes esparcidos por todo Occidente eran más de 30.000, con presencias misioneras en el norte de África, en Oriente Medio, e incluso en Pekín. Era necesario consolidar esta expansión y, sobre todo, conferirle unidad de acción y de espíritu, guardando plena fidelidad al carisma de Francisco.

De hecho, entre los seguidores del santo de Asís había distintos modos de interpretar el mensaje, existía realmente el riesgo de una fractura interna. Para evitar este peligro, en 1260, el capítulo general de la Orden en Narbona aceptó y ratificó un texto propuesto por Buenaventura, en el que se recogían y se unificaban las normas que regulaban la vida diaria de los Frailes Menores. Buenaventura intuía, sin embargo, que las disposiciones legislativas, si bien se inspiraban en la sabiduría y la moderación, no eran suficientes para asegurar la comunión del espíritu y de los corazones. Era necesario que se compartieran los mismos ideales y las mismas motivaciones. Por esta razón, Buenaventura quiso presentar el auténtico carisma de Francisco, su vida y su enseñanza. Por eso recogió con gran celo documentos relativos al «Poverello» y escuchó con atención los recuerdos de quienes habían conocido directamente a Francisco. Nació así una biografía del santo de Asís bien fundada históricamente, titulada Legenda Maior, redactada también de forma más sucinta, y llamada por eso Legenda minor. La palabra latina, a diferencia de la italiana, no indica un fruto de la fantasía, sino, al contrario, «Legenda» significa un texto autorizado, «para leer» oficialmente. En efecto, el capítulo general de los Frailes Menores de 1263, reunido en Pisa, reconoció en la biografía de san Buenaventura el retrato más fiel del fundador y se convirtió en la biografía oficial del santo. ¿Cuál es la imagen de san Francisco que brota del corazón y de la pluma de su hijo devoto y sucesor, san Buenaventura?

El punto esencial: Francisco es un alter Christus, un hombre que buscó apasionadamente a Cristo. En el amor que impulsa a la imitación, se conformó totalmente a él. Buenaventura señalaba este ideal vivo a todos los seguidores de Francisco. Este ideal, válido para todo cristiano, ayer, hoy y siempre, fue indicado como programa también para la Iglesia del tercer milenio por mi Predecesor, el venerable Juan Pablo II. Ese programa, escribía en su carta Novo Millennio ineunte, se centra «en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (n. 29).

En 1273 la vida de san Buenaventura conoció otro cambio. El Papa Gregorio X lo quiso consagrar obispo y nombrar cardenal. Le pidió también que preparara un importantísimo acontecimiento eclesial: el II Concilio Ecuménico de Lyon, que tenía como objetivo restablecer la comunión entre la Iglesia latina y la griega. Se dedicó a esta tarea con diligencia, pero no logró ver la conclusión de esa asamblea ecuménica, porque murió durante su celebración. Un notario pontificio anónimo compuso un elogio de Buenaventura, que nos da un retrato conclusivo de este gran santo y excelente teólogo: «Hombre bueno, afable, piadoso y misericordioso, lleno de virtudes, amado por Dios y por los hombres... De hecho, Dios le había concedido una gracia tan grande, que todos los que lo veían quedaban invadidos por un amor que el corazón no podía ocultar».

La celebración del 750º aniversario del tránsito de San Buenaventura nos ayude, como Familia Franciscana, a recuperar esa mirada contemplativa que nos permite leer los signos de los tiempos y descubrir en nuestra vida cotidiana el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

bioimagen de san bonaventura y contexto histórico

La Iglesia es más luminosa y bella gracias a la fidelidad a la vocación de estos hijos suyos y de aquellas hijas suyas que no sólo ponen en práctica los preceptos evangélicos, sino que por gracia de Dios están llamados a guardar los consejos y así testimonian, con su estilo de vida pobre, casto y obediente, que el Evangelio es fuente de gozo y de perfección.

Teología de la historia y lectura de la creación

Uno de los varios méritos de san Buenaventura fue interpretar de forma auténtica y fiel la figura de san Francisco de Asís, a quien veneró y estudió con gran amor. En tiempos de san Buenaventura una corriente de Frailes Menores, llamados «espirituales», sostenía que con san Francisco se había inaugurado una fase totalmente nueva de la historia, en la que aparecería el «Evangelio eterno» sustituyendo al Nuevo Testamento. Este grupo afirmaba que la Iglesia ya había agotado su papel histórico, y una comunidad carismática de hombres libres guiados interiormente por el Espíritu -es decir, los «Franciscanos espirituales»- pasaba a ocupar su lugar. Las ideas de este grupo se basaban en los escritos de Gioacchino da Fiore (fallecido en 1202).

Gioacchino da Fiore proponía un ritmo trinitario de la historia: Antiguo Testamento como la edad del Padre, seguido por el tiempo del Hijo, y la tercera edad, la del Espíritu Santo. Había que esperar aún la tercera edad, la del Espíritu Santo. Así, toda la historia se interpretaba como una historia de progreso: desde la severidad del Antiguo Testamento a la libertad del tiempo del Hijo, y hacia la plena libertad de los hijos de Dios en el período del Espíritu Santo. Al inicio de una era nueva se asociaba la expectativa de un monaquismo renovado. Por ello, algunos franciscanos creían reconocer en san Francisco al iniciador de ese tiempo nuevo y en su Orden la comunidad del Espíritu Santo.

Para responder a este grupo y restablecer la unidad en la Orden, Buenaventura estudió atentamente los escritos auténticos de Gioacchino da Fiore y los atribuidos, y quiso presentar una visión correcta de la teología de la historia. Su última obra, una recopilación de conferencias a los monjes del Estudio parisino, quedó incompleta y nos ha llegado a través de las transcripciones de los oyentes, titulada Hexaëmeron, es decir, una explicación alegórica de los seis días de la creación. Los Padres de la Iglesia consideraban los días de la creación como profecía de la historia del mundo y la humanidad, y los siete días representaban períodos de la historia, luego interpretados como siete milenios. Con Cristo se entraba en el último periodo, el sexto, para seguir el gran sábado de Dios. Buenaventura propone una interpretación histórica de los días de la creación, pero de forma innovadora.

Dos fenómenos de su tiempo justificaron esta revisión: la figura de san Francisco como alter Christus y la nueva comunidad creada por él, distinta del monaquismo conocido; y la posición de Gioacchino da Fiore, que anunciaba un nuevo monaquismo y un periodo histórico nuevo. Como ministro general, Buenaventura vio que la concepción espiritualista ponía en peligro la gobernabilidad de la Orden, y trabajó para restablecer la unidad presentando una visión fiel de la teología de la historia. En este marco, la Leyenda Mayor y la Legenda Minor surgieron como biografías autorizadas para ampliar y unificar la hagiografía de Francisco.

Contribuciones de Buenaventura a la Iglesia

  • Constituciones Generales Narbonenses (1260): un cuerpo legislativo para la Orden.
  • Legenda maior y Legenda minor: retrato fiel de Francisco; Legenda maior reconocida como biografía oficial.
  • Hexaëmeron y otras obras: síntesis de su pensamiento teológico y su aproximación a la teología de la historia.
  • Predicación y pastoral: predicación extensa que revela los viajes y las responsabilidades del ministro general.
  • Concilio de Lyon II y labor ecuménica: preparación de delegaciones y defensa de la unidad cristiana.

El Papa Gregorio X lo nombró cardenal y obispo de Albano; falleció durante el Concilio de Lyon en 1274. Su canonización fue confirmada por Sixto IV en 1482, y fue declarado Doctor de la Iglesia. En la encíclica Laudato si', el Papa Francisco resalta la actualidad de su pensamiento, especialmente la lectura de la realidad en clave trinitaria y la llamada a contemplar la creación como testimonio de la Trinidad.

La Vida de San Buenaventura: Del Monasterio al Cielo

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