Civilta espirituale de Hegel: una síntesis de religión, filosofía y comunidad

Sobre Hegel existen opiniones divergentes, tal como sucedía ya en la primera generación de sus alumnos. Estos se dividieron entre los que consideraban la filosofía del maestro compatible con las enseñanzas del cristianismo («derecha») y los que, en nombre de Hegel, exigían la superación de la fe religiosa («izquierda»). Poco ha cambiado desde entonces en esta constelación. Así, un teólogo evangélico elogia el «gran esfuerzo de Hegel de justificar filosóficamente las enseñanzas fundamentales del cristianismo».

A diferencia de otros filósofos académicos contemporáneos, difícilmente habría podido acusarse a Hegel de no saber de qué estaba hablando cuando discutía de religión. Provenía de una familia religiosa de Stuttgart y estudió teología en la Universidad de Tubinga. En el seminario eclesiástico comparte habitación con su coetáneo Friedrich Hölderlin y con Friedrich Schelling, cinco años más joven que él. Su intención inicial de llegar a ser pastor protestante se desvaneció en el tiempo.

Como muchos de sus compañeros de estudio, Hegel tuvo que hacer frente a la ortodoxia luterana de la Iglesia de Württemberg y de su soberano. Sus formadores criticaron incluso la capacidad retórica del candidato, aparentemente por debajo de la media. Durante sus años de estudio (1788-1793), además de la teología, Hegel se ocupó ampliamente de la literatura y la filosofía. Al mismo tiempo, tomó parte activamente en los acontecimientos políticos que rodearon la Revolución Francesa.

En ausencia de una alternativa, tras sus estudios se puso al servicio de dos familias acomodadas, haciendo de preceptor de sus hijos. De esta forma se dirigió primero a Berna (1793-1796) y luego a Fráncfort (1797-1800). Tras más de un siglo de opinión de que Hegel no volvió a ocuparse de religión tras rendir su examen final, 1907 vio la publicación de Manuscritos juveniles titulados Escritos teológicos juveniles. Hegel, sin embargo, renunció pronto a fundar una religión popular y prefirió estudiar Jesús y el cristianismo.

En Fráncfort se reencontró con Hölderlin y trabajó en la programación de una filosofía de la unidad. Ya no veía la religión al servicio de la moralidad, sino que la entendía como expresión de un amor capaz de superar todos los contrastes. La elección entre teología y filosofía fue, para Hegel, más que una elección de carrera. En Jena, al unirse a Schelling, adoptó una opción «idealista» en la que el absoluto se entiende como relación entre sujeto y objeto, entre infinito y finito, entre pensar y ser.

Pareciera que Hegel excluía la posibilidad de un conocimiento de la esencia de Dios mediante la revelación religiosa. ¿Existe un absoluto más allá de la consciencia? ¿Rompió Hegel, total o parcialmente, con la teología? ¿Se opuso al fideísmo o pretendió superar la religión? Las debates cristológicos mantienen el conflicto entre la encarnación y la kenosis, entre la unión del Dios infinito con la naturaleza humana y la renuncia a la divinidad.

Para Hegel, la naturaleza de Dios incluye la capacidad de revelarse a sí mismo. La tradición habla del kenosis y la encarnación: Dios aparece como hombre en Jesús, y la muerte de Jesús se interpreta como la muerte de Dios. «La encarnación» plantea que Dios entra en una humanidad finita y que la muerte de Dios debe ser comprendida en el marco de la historia de la salvación. En este sentido, la encarnación exige pensar la unión de lo infinito y lo finito.

Hegel entiende la encarnación partiendo de la unidad entre Padre e Hijo y, simultáneamente, de la diferencia que los distingue. Una cristología que pierde el área común entre Padre e Hijo o la diferencia entre los dos no satisface las exigencias del cristianismo. Así, la cristología es válida en la medida en que logra unir identidad y diferencia. La muerte de Jesús se comprende entonces como la muerte de la divinidad viviente, y la resurrección no agota la promesa del Reino; la promesa se extiende a la humanidad entera.

La figura de lo “espíritu” para Hegel es una subjetividad que trasciende la mera consciencia individual y se despliega en una comunidad de sujetos. El espíritu incluye arte y religión como modos de expresar la comprensión de sí mismos y del mundo, y se manifiesta en imágenes y representaciones. La filosofía de la religión de Hegel sostiene que lo absoluto se presenta en formas finitas, y que la religión cristiana marca la culminación de la historia de la religión al unir Pascua y Pentecostés. El Hijo resucitado vive en la conciencia de la comunidad y en el corazón de los creyentes, y la tradición interpreta la relación Padre-Hijo como el Espíritu Santo.

Sobre si el espíritu absoluto corresponde al Dios uno y trino, sigue existiendo debate entre los estudiosos. Es claro que Hegel usa el concepto de espíritu para referirse no solo a Dios, sino a todo lo que se refiere a sí mismo en el otro. La consciencia humana finita, que reconoce o desea algo, es llamada “espíritu subjetivo”; la autocomprensión y la comprensión del mundo son “espíritu objetivo”.

La transición de la religión a la filosofía representa un rompecabezas para muchos lectores. El derrumbe del mundo antiguo ante el cristianismo supuso el fin del arte; las ideas religiosas ya no parecen satisfacer las exigencias del pensamiento moderno. Al final de sus Lecciones berlinesas, Hegel describe la filosofía como un “culto perpetuo” que adora lo verdadero en su forma suprema, como espíritu absoluto, como Dios.

Una lectura moderada de la relación entre religión y filosofía sostiene que las ideas religiosas son parte de nuestra cultura y mundo vital; deben existir intercambio y comunicación entre ellas. Las frases teológicas deben ser comprensibles para quienes no comparten creencias religiosas. Lamentablemente, Hegel nunca explicó en detalle el rol de la teología como ciencia. Kant resalta la necesidad de erudición para interpretar textos; Hegel, por el contrario, disuelve la teología entre la ciencia de las religiones y la filosofía pura. Sin embargo, no se debe concluir que no exista necesidad de teología. Hegel afirma que el contenido se refugia en el concepto y recibe justificación a través del pensamiento.

La relación entre teología y filosofía conlleva dilemas: si la justificación es una deducción conceptual, se enfrenta a la soberanía de Dios; si no hay justificación racional, se abre la puerta al fideísmo. La tarea de la teología para justificar racionalmente la fe puede tener consecuencias amplias para la verdad de las convicciones religiosas. Algunas tesis de la filosofía de la religión de Hegel sostienen que el cristianismo es superior a religiones anteriores, mientras otros teólogos consideran que la historicidad de la religión ha llegado demasiado lejos, poniendo en riesgo verdades teológicas inmutables.

Una lectura actual de Hegel requiere interpretar sin sesgos, huyendo de consignas de izquierda o derecha. Hay que entender los engarces históricos y la psicología del pensador para comprender el sistema, que tiene como centro el Espíritu y la Historia Universal. La dificultad del sistema proviene de que todos los temas se conectan con el Espíritu y la Historia Universal, reducidos a la historia mental. Hegel coloca la conciencia de la humanidad en un proceso de maduración que culmina en la razón; la filosofía es la expresión de la autoconciencia del Espíritu.

Por su parte, el Espíritu para Hegel se manifiesta en el progreso dialéctico de la historia y en la racionalidad intrínseca de la naturaleza. El mundo y la cultura son la exteriorización del Espíritu, y la subjetividad busca su universalidad a través de la Bildung, la formación que eleva al individuo desde la inmediatez natural hacia lo espiritual. La formación lleva a la socialización y a la intersubjetividad, permitiendo que la libertad se institucionalice en normas, leyes y hábitos compartidos. Así, la comunidad se convierte en el paisaje del Espíritu en acción.

La Bildung implica un paso del yo natural hacia una identidad universal y social. El individuo, para Hegel, no puede separarse de la comunidad; la historia de un pueblo se manifiesta en sus instituciones, costumbres y prácticas. La libertad se alcanza mediante la mediación de la cultura y las tradiciones, que permiten la autonomía del sujeto dentro de un marco común. En este sentido, el Espíritu es la vida ética de un pueblo, y el individuo es un mundo.

El viaje circular del espíritu-del pensamiento al mundo fenoménico y de nuevo al pensamiento-describe la naturaleza dinámica de la cultura y la civilización. El conocimiento surge de la autoconciencia del tejido de la realidad; lo real es también conocimiento. El Absoluto comprende al sujeto dentro de sí, y lo finito adquiere su posibilidad a partir de lo infinito. El espíritu, como fuerza activa, se exterioriza y se realiza en las estructuras sociales y culturales que dan forma a la vida humana.

En síntesis, la visión de Hegel sobre la civilta spirituale se teje desde la unidad del Espíritu con la Historia, la encarnación de lo divino en la cultura, y la formación del sujeto en la intersubjetividad de la comunidad. Su filosofía propone que lo absoluto se revela en la materia, en el pensamiento y en las instituciones, y que la libertad humana es resultado de un proceso de autoconciencia que se realiza a través del tiempo y de las formas culturales de un pueblo.

infografía: encarnación, Espíritu y comunidad

Hegel

La interpretación contemporánea debe considerar que el Espíritu Absoluto no es una simple idea, sino una fuerza que se manifiesta en el mundo y que se rehace en cada cultura. El lector que se acerque a Hegel encontrará un sistema que, incluso cuando resulta complejo, invita a entender la religión y la filosofía como expresiones de una misma búsqueda de sentido.

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