Ejercicios Espirituales: recordar para no olvidar y transformar la vida

Los Ejercicios Espirituales constituyen uno de los grandes tesoros de la espiritualidad cristiana que, desde hace casi 500 años, continúa transformando vidas en todo el mundo. Nuestra vida no transcurre linealmente, sino que se dibuja en cada situación que enfrentamos. La trazamos mediante decisiones y acciones concretas, partiendo siempre de disposiciones que forman parte de nuestro momento existencial actual. Lo importante no está únicamente en la respuesta que damos ante las situaciones, sino en el modo en que respondemos. San Ignacio propone orientarnos desde la raíz: hacer conscientes lo que nos mueve (ideas, discursos, afectos, creencias, hábitos, actitudes, deseos). Examinar es, como dice Rahner, «barrer un poco los escombros de la cotidianidad». Consiste en analizar dónde se nos mueve la vida todos los días, especialmente dónde se desacomoda el corazón. Al escombar, acomodamos las «cosas» en su sitio, quitamos elementos e identificamos huecos importantes. Cuando el corazón no está escombrado nos enredamos y saturamos, viviendo desordenadamente. El resultado es que nos experimentamos divididos, sin energía y sin saber dónde colocar el afecto, la fuerza y la atención.

San Ignacio sugiere realizar exámenes de conciencia sistemáticos mediante repeticiones. Cada día hay novedad; el corazón se estremece, conmueve y desajusta. Sin embargo, examinar no es tarea fácil; no sólo requiere disposición sino tiempo, espacio y, especialmente, práctica o repetición. Repetir, examinar y recordar son actos íntimamente ligados. Cuando no recordamos algo solemos repetir lo recorrido, volviendo física o mentalmente a los lugares transitados. Cuando ejecutamos actos repetitivamente aprendemos, nos hacemos expertos, nos habituamos. Con la repetición forjamos experiencia, moldeamos actos, les damos forma y estabilidad. Reemplazamos reacciones espontáneas por acciones más conscientes. La repetición nos da estructura: ordena, organiza y fija, sirviendo como pasamanos desde el cual sostenernos y recomenzar. El flujo de nuestra vida se estabiliza con la repetición. Las rutinas y los rituales son actos de repetición que estructuran, organizan y fijan. En la base de todo lo que hacemos ya hay mecanismos de repetición. El problema aparece cuando desconocemos qué repetimos y cuáles son nuestros patrones. No es problemático repetir en sí mismo, pero se vuelve delicado cuando perdemos conciencia de qué hacemos y cómo, reforzando modos específicos de actuar. Sin repetición corremos el riesgo de que se esfumen experiencias, palabras, imágenes o ideas. Más delicado aún, podemos perder la sensibilidad para hacer conscientes acontecimientos que impregnaron nuestra vida en lo esencial.

San Ignacio propone diferentes tipos de repeticiones, dos particularmente sugerentes. El primer tipo está en la meditación sobre los pecados [EE 62], interpretable como meditaciones sobre desórdenes del corazón. El segundo tipo está en las contemplaciones de la vida de Jesús. Aquí Ignacio pide atender a las personas y el tipo de relación que Jesús creaba: qué decían, qué hacía, cuál era su sensibilidad, pensamientos, intenciones, sentimientos, deseos y actitudes. Las repeticiones sobre los pecados enfocan la vida personal y relaciones vitales. En las contemplaciones sobre Jesús el foco está en su persona y manera de vivir entre, con y para los demás. Uno de los actos de resistencia más novedosos de los primeros cristianos fue recordar, hacer memoria. Según Mendoza-Álvarez, la resurrección de Jesús fue también insurrección, que consistió principalmente en no olvidar: la novedad de Jesús (palabras, acciones, deseos, relaciones) y su muerte (injusticias, violencias, desigualdades). Los seguidores de Jesús agradecieron profundamente su vida y no se resignaron a dejar en silencio la indignación. Se convirtieron en comunidades que nombraban, recordaban y celebraban la vida de Jesús, replicando sus signos y actos, tratando de entender, sentir y actuar como él. La rebelión más fuerte es contra el olvido. Como dice Max Scheler, «la fuerza revolucionaria a veces no radica en la utopía sino en volver la mirada atrás, en recordar».

Nota: se citan referencias para contextualizar las ideas, sin cambiar el texto original de las fuentes.

Chrétien, Jean-Louis (2002). Lo inolvidable y lo inesperado. Mendoza-Álvarez, Carlos (2020). La resurrección como anticipación mesiánica. Rahner, Karl (1971). Meditaciones sobre los ejercicios de San Ignacio. Scheler, Max (2007). Arrepentimiento y nuevo nacimiento.

Son tantos temas los que quiero compartir con vosotros que estos días tenía dudas de por dónde seguir. Los seres humanos actuamos fundamentalmente para evitar el dolor y sentir el placer. Recreas aquellos momentos con las luces, el vestuario, la decoración, la música (la música tiene una carga emocional tan poderosa que si tu película mental tiene banda sonora, sólo con eso te basta) y tu cerebro reacciona a los estímulos sensoriales imaginados como si fuesen reales, generando una emoción expansiva. Es un recurso fácil e inmediato y por eso muchas veces nos volvemos adictos (literal) a ese proceso químico, aferrados a una ilusión que solo existe en nuestra cabeza.

Pero ¿Qué pasa cuando nos aferramos a lo malo del pasado? Nuestro cerebro está especialmente diseñado para generar aprendizajes que nos mantengan a salvo. A salvo ahora de un peligro que ya no existe porque ya pasó, pero seguimos en ese bucle mental y emocional que nos aparta de vivir el momento. Es como si el software de supervivencia que se activó con aquella experiencia, siguiese operativo en el presente. Es muy probable que una persona que tiene baja autoestima recuerde especialmente con más dolor aquel insulto o menosprecio. Es muy probable que una persona con una herida de injusticia recuerde con más rencor esas experiencias que vivió como injustas, etc. La vida es tan generosa que nos pone delante las experiencias que nos ayuden a observar esa herida, reconocerla y liberarnos del patrón para poder actualizar el software y dar ese paso evolutivo.

Nos cuesta perdonarnos los errores en parte porque socio-culturalmente, por lo general, el error no lo tenemos integrado como parte del aprendizaje. Sentimos que lo hicimos mal y los primeros que no nos perdonamos, porque no nos aceptamos, somos nosotros. Hiciste lo que pudiste con los recursos que tenías en el momento. Hiciste lo que tu miedo te dejó, lo que tu nivel de consciencia te permitió y los demás, aquellos que te agraviaron, que no estuvieron a la altura de tus expectativas, etc., también hicieron lo mismo. ¿Qué podemos hacer para soltar el pasado y vivir en el presente? Para eso tienes que estar atento y observar tu mente, tu cuerpo y tu emoción ¿te suena?. Atención plena al momento presente. Cuando te veas en esas pregúntate, ¿qué necesidad te lleva ahí?, ¿qué echas de menos?, ¿qué circunstancias de tu presente te llevan a evadirte con eso? Conecta con el aquí y ahora y simplemente toma las cosas tal como van viniendo, decidiendo en función tus verdaderas necesidades, esas que se desvelan cuando afinamos la escucha interna con la meditación, dejamos de negar la emoción y renunciamos a justificar ese inmovilismo. Y eso pasa por reconocer que el ciclo se finalizó, que la cosa no da más de si y tomar la decisión de despedirte del pasado, sin más. Cuando sigas queriendo arrastrar a tu presente esa relacion que ya terminó, cuando te descubras queriendo estirar ese capitulo de tu vida que se ha quedado sin contenido, cuando te veas alimentando un circulo vacío que te cuesta cerrar; dite con determinación interiormente, “¡Adiós “x” pasado, hola presente!». Haz lo que necesites para poder estar en paz con tu pasado. Atravesar un duelo es uno de los procesos más transformadores que podemos experimentar. Da gracias a esas personas que formaron parte de tu vida por haber compartido esa parte del trayecto, por la vivencia que propiciaron, por todo lo que aprendiste en esas circunstancias duras o amables. Todo, absolutamente todo, ha contribuido a lo que eres hoy.

¿También te ha sido difícil sentirte «conectado» con Dios después de la pandemia? Muchos vivimos lejos de esos grupos o rituales que nos ayudaban a orar, a entendernos con Dios y darle sentido a nuestra vida. Nos frustraba estar un poco «desenfocados» de la vida espiritual y comunitaria que tan bien nos hacía… y ahora que podemos retomarla, sentimos que hemos perdido «la práctica», no logramos entender cómo volver a esa relación que teníamos con Dios. Hace un mes decidí tomar unos Ejercicios Espirituales de la Vida Ordinaria a distancia y me sorprendí de algo que me dijo mi acompañante espiritual: «Las veces que has sentido más desolaciones (bajones espirituales o emocionales) ¿quién ha sido el centro de tus pensamientos?» Mi respuesta fue: «¡Yo!» Yo era el centro.

Los momentos que he sentido lo que San Ignacio llama «consolación» ni siquiera los he tenido que pensar mucho, simplemente han sido momentos de que Él me habla a su modo, en silencio, en paz. Sin yo tener que lograr nada ni probar nada. Uno de esos momentos estaba yo en una capilla vacía, con mi cuaderno y mis apuntes en el celular para ir leyendo. Pero no lograba sentir que Dios me hablaba, y la desolación -esa voz del mal espíritu- me decía: «¿Ya ves? Dios y tú no se entienden». Identifiqué esta voz que no venía de Dios (como ayudan a discernir los Ejercicios Espirituales) y quise tranquilizarme o buscar «consolación» con otro pensamiento, pero nada me venía a la mente. Decidí entonces quedarme sin pensar nada, pidiéndole a Dios que hiciera algún gesto para mí. De pronto, vi a Él. De pronto no podía dejar de mirar a Jesús crucificado detrás del altar. No es algo que suelo hacer, normalmente cierro los ojos e intento repetir alguna oración, pero esta vez solo me sentía atraída a mirarlo sin más: sus heridas y su mirada. Algo me conmovía demasiado y no sabía qué era… intenté no darle más vueltas para disfrutarlo. Recordé esta enseñanza de San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales: «No el mucho saber satisface/harta el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente» (Ejercicios Espirituales).

Después comenzó el momento de la consagración del pan y el vino. El padre decía que ser cristiano no era solo creer en Dios… sino que era creernos el amor de Dios y un amor personal. Yo no paraba de llorar. Sentía que al final todo lo que quería ganarme con oraciones me lo da Dios gratis: su amor «del que nadie puede escapar» (Romanos 8:35).

Unos días después el sacerdote en la misa hablaba de la humildad como base para cualquier relación. Yo pensaba en esa relación con Dios: ¿No fue ese momento de mirar a Jesús sin más un momento de humildad? Es decir, de dejarme seducir por su ternura, su autoridad, su grandeza, su pequeñez, su amor… en fin: su ser y ya. No es que Dios necesite nuestras alabanzas. No es como un dios pagano que se alimenta el ego con las ofrendas, sino que él mismo se ofrenda para alimentarnos a nosotros. Pero nuestra parte consiste en esa humildad por parte nuestra. Tiene mucho que ver con reconocernos necesitados de ese alimento, de su amor, de Él. Y dejar un poco de mirar a otros lados, mirándonos en el fondo a nosotros mismos. Es como la parábola de Jesús sobre el Hijo pródigo -y del hijo mayor- que aprenden que el Padre lo único que deseaba es que ellos se sintieran «como en casa». Ese amor que contiene y a la vez libera y que sabe a hogar: tanto el hijo que «pecaba» como el hijo «correcto» se estaban perdiendo de Él por falta de humildad, de sentirse más hijos y menos «contratados».

Un ejercicio final

Te invito a hacer ese ejercicio. Dejarte conmover por algo que te hable del amor personal, inexplicable, de Dios. No lo busques tú, deja «que te encuentre», y no intentes entenderlo. Ya visitaste a veces: visitas: 2.903. No me lo puedo creer. ¿Nunca has asistido a unos Ejercicios Espirituales? Si es así, te voy a explicar lo que te estás perdiendo. Y si ya has asistido a un retiro o Ejercicio Espiritual, sigue leyendo porque la próxima vez que asistas a unos Ejercicios Espirituales, si sigues estos consejos que te da nuestro fundador, el P. Muchas veces vamos por la vida como pollos sin cabeza. Al galope. Pero a veces, es necesario parar, mirar al horizonte, y examinar hacia dónde va nuestra vida.

1. Hazte las preguntas clave Es necesario conocerlas. ¿De dónde vengo?, ¿Hacia dónde voy?, ¿Cuál es nuestro origen?, ¿Cuál es nuestro fin?, ¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe? Esta es una de las funciones principales de los Ejercicios Espirituales. Parar. Empezar de cero otra vez. Hacer un reseteo a tu vida espiritual. Quizás sea tu punto de inflexión. Puede que esta sea tu verdadera experiencia de conversión. La paz, el silencio, los tiempos de meditación personal, son momentos excepcionales para replantearte la forma en la que ves las cosas. Y para esto, para escuchar la voz de Dios, necesitarás un ambiente recogido. Así podrás conocer tus raíces, la grandeza y la dignidad de saberse hijo de Dios. Así podrás conocer lo que Dios quiere de ti.

2. Ten claro lo que buscas Vamos a unos santos Ejercicios Espirituales porque no desesperamos de la misericordia de Dios. Vamos porque queremos poner cierre absoluto -alergia total- al pecado. Y para esto, pretendemos despojarnos, y si es preciso aborrecer, la propia voluntad. Porque queremos obedecer en todo al Evangelio. Vamos a unos santos Ejercicios Espirituales a desear sobre todo deseo, la Vida eterna. La tuya, la verdadera, y a desearlo con toda la codicia espiritual posible. Vamos a unos ejercicios espirituales a aprender a vivir la misericordia. Vamos a nunca, jamás, anteponer nada a Cristo. Vamos a unos santos ejercicios a ponernos a Dios como Jefe. Dios, todopoderoso. Nosotros, los impotentes. Dios es el Dios de la confianza absoluta y total. Con él podrás salir hombre nuevo. Con él podrás hacer todo lo que Dios quiere hacer a través de ti, que es mucho. Vamos a los Ejercicios, como dice San Ignacio, a “quitar de ti todo afecto desordenado, para que después quitado, busques y halles la voluntad de Dios”. Ten en cuenta y nunca olvides, que si marginas las exigencias del Evangelio que se exponen en los santos Ejercicios -sin tapujos algunos, aunque te subas por las paredes y aunque digas que el evangelio es duro- tu destino será, como no te abras al evangelio, la muerte y el estercolero. Y lo que se echa al estercolero, para nada sirve.

3. Conoce el contexto social y cultural La civilización de hoy es anti Evangelio. Se encierra la suma de todos los errores, desviaciones y herejías. Y no es la causa de la decadencia cristiana que hoy vemos. Es solo uno de sus efectos. El marxismo de tantos hombres y naciones -la mentalidad marxista de tantos cristianos, religiosos y clérigos- no es la causa de la decadencia cristiana, de la relajación que hoy observamos, sino uno de sus efectos. La extensión de la contra concepción; el aborto, el divorcio, las drogas, el pansexualismo, la pornografía… no son la causa de la decadencia cristiana y la secularización, sino su efecto. La causa, querido hermano, de esta noche negra por la que está pasando la iglesia de Cristo es que “nosotros los cristianos hemos abandonado la oración”, comenta el P. Rodrigo Molina, LD. Y continúa: “Díganme, ¿Quién hace oración?”. Al dejar la oración hemos abandonado toda clase de prácticas disciplinares y ascéticas, Al abolir las obras disciplinares ascéticas, hemos ido cayendo en pecados graves y leves. Y donde hay pecado, Dios huye. Es automático. Va ensordeciendo. Y al venir el cerrarme a Dios, viene la noche de todos los errores, todas las desviaciones, de todas las rebeldías, de todos los cismas. Esto es lo que se llama: perder la fe. Hoy estamos perdiendo la fe. Abolimos la fe. Y Abolida la fe, lo connatural es que surjan poderosos todos esos síntomas terribles y descorazonadores que hoy observamos.

  1. Hazte las preguntas clave
  2. Ten claro lo que buscas
  3. Conoce el contexto social y cultural
  4. Busca la voluntad de Dios
  5. Cuida una virtud imprescindible: la humildad
  6. Confía que lo que Dios tiene preparado para ti es lo que te hará feliz

4. Busca la voluntad de Dios Vas a consagrar tu vida. Hay un solo camino para salir de unos ejercicios como un hombre de Dios, un hombre apóstol. Vas a unos Ejercicios Espirituales, no para hacer tu voluntad, sino para hacer la voluntad de Dios. Lo que define al católico es el cumplimiento de la voluntad de Dios. Jesús se desligó de todo aquello que constituía un obstáculo para cumplir la voluntad de Dios. Tienes toda la espiritualidad de María en una sola palabra: “Fiat”. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Esto es lo esencial en María. Cumplir la voluntad del Padre. Sin reservas.

5. Cuida una virtud imprescindible: la humildad Obtendrás fruto de unos buenos Ejercicios Espirituales en la medida en la que salgas decidido, caiga quien caiga, a hacer la voluntad de Dios. Y para hacer la voluntad de Dios hay solo un instrumento: la humildad. Esa blandura de alma que predica Jesús, que hace que se pueda abandonar al padre en confianza filial y absoluta. ¿Estás dispuesto a ponerte en manos de Dios? ¿No es verdad que estás siempre haciendo tus quehaceres? Debes saber que cada vez que lo haces, te conviertes en esclavo de eso. “Quiero esto,…me hago esclavo de eso”, decía el P. Rodrigo Molina, LD. Es imposible querer algo al margen de Dios sin que me haga esclavo. Por eso el evangelio dice: “el que no deja padre, madre, mujer, hijos…no puede ser mi discípulo”.

6. Confía que lo que Dios tiene preparado para ti es lo que te hará feliz Vamos a unos Ejercicios Espirituales con un desprendimiento que debe de ser afectivo y efectivo. Afectivo en todas las cosas, en la medida que se opongan en la realización de la voluntad de Dios. Es exigencia absoluta para todo el que quiera seguir a Dios. Pero el desprendimiento no debe de ser solo afectivo -también debe de ser efectivo- para una total identificación literal con Cristo pobre. Es también ésta, exigencia del Evangelio. Vas a perderlo todo. Decía Isaías: “Dios es todo, y todo lo demás, es la nada”. El dinero, la hermosura, el poder. Todo. Cero. En eso debemos de apoyarnos. El pobre de espíritu se apoya solamente en Dios, y su riqueza es la pobreza de espíritu. El hombre moderno centra su felicidad en tener cosas que satisfagan sus instintos; para Jesús y María, la pobreza voluntaria es el estuche en el que se puede vivir la voluntad de Dios. El único tesoro es la voluntad de Dios.

Jesús y María son los modelos de los ejercicios. Lo pusieron todo en común, para compartirlo conmigo. Esa pobreza te pondrá en actitud de servicio y de apertura a las necesidades de tu prójimo. El pobre sabe que toda su fuerza está en la elección de Dios. La pobreza es consecuencia de la elección de Dios. Debes de ser pobre de todo lo demás para poder ser rico de Dios. Dios necesita la pobreza de todo menos de él. El pobre de espíritu se une a esta elección de Dios. Así te capacitas para la gran empresa de transformar el mundo. Lo primero que tienes que hacer al acabar unos Ejercicios Espirituales es comprometerte a ser discípulo de Cristo. Busca un grupo, una pequeña-gran familia donde poder vivir los compromisos del bautismo y el amor al prójimo como Dios quiere.

Aquí tienes los 5 consejos que vivió el P. Rodrigo Molina, LD y que tú mismo puedes aplicar desde hoy para ser un santo misionero. Esta es una misión que, al tiempo, construye la propia vida. Una misión perfecta que te hará crecer y hará crecer a los que te rodean. No puedes crecer si el otro no crece, es imposible. Si el otro no crece, tu no puedes crecer.

Despedida Querido hermano. Así las cosas, espero haberte ayudado. Te dejo el resumen de lo esencial para empezar: hazte las preguntas clave, ten claro lo que buscas, conoce el contexto social y cultural, busca la voluntad de Dios, cuida la humildad y confía que lo que Dios tiene preparado para ti. Si quieres saber más puntos clave para preparar unos santos Ejercicios Espirituales, a continuación te dejamos una conferencia completa donde puedes escuchar a nuestro fundador, el P. Revisa las obras e instancias que ofrecen Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios Espirituales son una compilación de meditaciones, oraciones y prácticas contemplativas desarrolladas por San Ignacio de Loyola para ayudar a las personas a profundizar su relación con Dios. Por siglos los ejercicios se han entregado en el marco de un largo retiro, en completa soledad y silencio. En años recientes, su énfasis también ha derivado a una programación para personas laicas, donde el retiro se puede hacer en la vida diaria, con el apoyo de un director espiritual. El objetivo de los Ejercicios Espirituales es ayudar, a quien los experimenta, a discernir y conocer lo que Dios quiere de él y a desear elegirlo. A través de la práctica de los Ejercicios, de una manera similar a como cuidamos nuestro cuerpo con actividades como correr, nadar o caminar, entrenamos el espíritu para ganar una mayor sensibilidad hacia los estados de ánimo que experimentamos y para conectar mejor con los sentimientos más profundos de nuestro corazón.

inspiración, diagramas y procesos internos

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