Discernimiento espiritual según Cantalamessa: guía del Espíritu Santo para la Iglesia y el creyente

Continuiamo nuestras reflexiones sobre la obra del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del cristiano. San Pablo menciona un carisma particular llamado “discernimiento de espíritus” (1 Cor 12, 10). También para el evangelista Juan este es el sentido fundamental. El discernimiento consiste en “poner a prueba las inspiraciones para saber si provienen realmente de Dios” (1 Jn 4,1-6).

Ya con él el discernimiento inicia a ser usado en función teológica como criterio para discernir las verdaderas de las falsas doctrinas, la ortodoxia de la herejía, lo que se volverá central a continuación. Existen dos campos en los que se debe ejercitar este don del discernimiento de la voz del Espíritu: el eclesial y el personal. Quisiera detenerme sobre un punto en particular que puede ser una ayuda en la discusión en acto en la Iglesia sobre algunos problemas particulares. Se trata del discernimiento de los signos de los tiempos.

Queda claro que si la Iglesia tiene que escuchar los signos de los tiempos a la luz del Evangelio, no es para aplicar a los ‘tiempos’, o sea a las situaciones y a los problemas nuevos que emergen en la sociedad, los remedios y las reglas de siempre, sino para dar a estos respuestas nuevas “aptas para cada generación”, como dice el texto apenas citado del Concilio. Las dificultades que se encuentra en este camino -y que debe ser tomada en toda su seriedad- es el miedo de comprometer la autoridad del magisterio, al admitir cambios en sus pronunciamientos.

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La infalibilidad que la Iglesia y el Papa reivindican para sí, no es seguramente superior a la que se atribuye a la misma Escritura revelada. Ahora la inerrancia bíblica asegura que el escritor sagrado expresa la verdad de la manera y en el grado en la cual esa podía ser expresada y entendida en el momento en el cual escribe. Vemos que muchas verdades se forman lentamente y progresivamente, como la del más allá y de la vida eterna.

También en el ámbito moral muchos usos y leyes anteriores son abandonados a continuación, para dar lugar a leyes y criterios más consonantes al espíritu de la Alianza. Un ejemplo entre todos: en el Éxodo se afirma que Dios castiga las culpas de los padres en los hijos (cf. Ex 34, 7), pero Jeremías y Ezequiel dirán lo contrario: que cada uno deberá responder de sus propias acciones.

En el Antiguo Testamento el criterio para superar prescripciones anteriores es una mejor comprensión del espíritu de la Alianza y de la Torá; en la Iglesia el criterio es un continuo releer el Evangelio a la luz de las preguntas nuevas que se plantean. “Scriptura cum legentibus crescit”, decía san Gregorio Magno: la Escritura crece junto a quienes la leen. Entretanto, sabemos que la regla constante del actuar de Jesús en el Evangelio, en materia moral, se resume en: “No al pecado, sí al pecador”. Nadie es más severo de Él en condenar la riqueza inicua, pero se auto invita a la casa de Zaqueo y con su sencillo encuentro lo cambia. Condena el adulterio incluso aquel del corazón, pero perdona a la adúltera y le da nueva esperanza.

Si nos preguntamos cómo se justifica teológicamente una distinción tan neta entre el pecado y el pecador, la respuesta es simple: el pecador es una criatura de Dios, hecho a su imagen, y que conserva toda su dignidad a pesar de sus errores; el pecado, en cambio, no es obra de Dios, no viene de Él sino del enemigo. Es el mismo motivo por el cual Cristo se ha hecho semejante a nosotros “en todo exceptuando el pecado” (cf. Hebreos).

Un factor importante para realizar esta tarea de discernimiento de los signos de los tiempos es la colegialidad de los obispos. Esa, dice un texto de la Lumen Gentium, consente “decidir en común todos los temas más importantes, mediante una decisión que la opinión del conjunto permita equilibrar”. El ejercicio efectivo de la colegialidad aporta el discernimiento a la solución de los problemas a partir de la variedad de las situaciones locales y de los puntos de vista, las luces y los dones diversos, que cada Iglesia y cada obispo es portador. Tenemos una conmovedora ilustración de esto en el primer “Concilio” de la Iglesia, el de Jerusalén: allí se dio amplio espacio a dos puntos de vista contrarios, la de los judaizantes y la abierta a los paganos; hubo una “encendida discusión” pero que al final les permitió anunciar la decisión con la fórmula: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…” (Hch 15, 6 ss.).

Se ve aquí como el Espíritu guía a la Iglesia de dos maneras: a veces directamente y carismáticamente, a través de revelación e inspiración profética; otras veces colegialmente, a través de la paciencia y del difícil confronto entre las partes y los puntos de vista diversos. El discurso de Pedro el día de Pentecostés y en la casa de Cornelio es muy distinto del realizado ante los ancianos (cf. Hch 11, 4-18; 15, 14); el primero es carismático, el segundo es colegiado. Por lo tanto, es necesario confiar en la capacidad del Espíritu para alcanzar el acuerdo, aunque a veces parezca que el proceso se escape de las manos. Cada vez que los pastores de las Iglesia cristanas se reúnen para discernir o tomar decisiones importantes, debe estar en el corazón de cada uno la certeza de que el Veni Creator contiene: Ductore sic te praevio - vitemus omne noxium.

Discernimiento en la vida personal

Pasamos ahora al discernimiento en la vida personal. Como carisma aplicado a las personas individualmente, el discernimiento de los espíritus ha tenido en los siglos una notable evolución. En el origen sirvió para discernir las inspiraciones de otros, de quienes hablaban o profetizaban en la asamblea; luego sirvió para discernir las propias inspiraciones. Gran parte de lo que los autores espirituales han escrito sobre el “don del consejo” se aplica también al carisma del discernimiento. A través del don o carisma del consejo, el Espíritu Santo ayuda a evaluar las situaciones y orientar las decisiones, no solamente en base a criterios de sabiduría y prudencia humana, sino también a la luz de los principios sobrenaturales de la fe.

El primer y fundamental discernimiento de los espíritus es distinguir “el Espíritu de Dios” del “espíritu del mundo” (cf. 1 Cor 2,12). San Pablo da un criterio objetivo de discernimiento, el mismo que Jesús: el de los frutos. Las “obras de la carne” revelan que un deseo viene del hombre viejo; “los frutos del Espíritu” revelan que vienen del Espíritu (cf. Gal 5,19-22). A veces este criterio no basta cuando la decisión implica elegir entre dos bienes, y hay que entender qué cosa Dios quiere en una circunstancia concreta. Fue precisamente para responder a esta exigencia que san Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento: mirar principalmente las disposiciones interiores, las intenciones que están detrás de una decisión.

Ignacio sugiere medios prácticos: cuando se enfrentan dos posibilidades, detenerse en una como si fuese la que se debe seguir, quedarse en ese estado por un día o más; evaluar las reacciones del corazón ante esa decisión: si hay paz, si está en sintonía con las otras decisiones, si algo interior se anima o, al contrario, genera inquietud. Repetir el proceso con la segunda hipótesis. Todo en un clima de oración, abandono a la voluntad de Dios y apertura al Espíritu Santo. La base es la “santa indiferencia”: estar dispuestos a aceptar la voluntad de Dios, renunciando a toda preferencia personal. La experiencia de la paz interior se convierte en el criterio principal de discernimiento.

El peligro de enfoques modernos es enfatizar excesivamente lo psicológico y olvidar al agente primario: el Espíritu Santo. El evangelista Juan ve como factor decisivo la “Unción que viene del Santo” (1 Jn 2,20). Ignacio recuerda que a veces es sólo la unción del Espíritu la que permite discernir qué hacer. Teológicamente, el Espíritu Santo es la voluntad sustancial de Dios y cuando entra en un alma se manifiesta como la voluntad misma de Dios para quien la recibe. El discernimiento no es un arte o técnica, sino un carisma, un don del Espíritu. Los aspectos psicológicos importan, pero secundarios; purificar el intelecto es obra del Espíritu Santo, que permite que la lámpara de la luz se alumbre en lo profundo del alma.

La práctica más común para ejercitar el discernimiento a nivel personal es el examen de conciencia, que debe ir más allá de la preparación para la confesión y convertirse en una capacidad continua de ponerse bajo la luz de Dios. Un examen mal hecho puede hacer problemática la gracia de la confesión. Un examen limitado a los pecados puede no conducir a una relación auténtica con Cristo.

El fruto del discernimiento

El fruto concreto de esta meditación debería ser una renovada decisión de confiarse todo y enteramente a la guía interior del Espíritu Santo, como en una especie de “dirección espiritual”. Está escrito que cuando la nube se elevaba, los israelitas levantaban el campamento; nosotros no debemos emprender nada sin el Espíritu Santo. El ejemplo más luminoso está en la vida de Jesús: no inicia nada sin el Espíritu Santo; con el Espíritu Santo fue al desierto, volvió y comenzó su predicación; “en el Espíritu Santo” eligió a sus apóstoles; en el Espíritu Santo rezó y se ofreció al Padre. Sin embargo, ocurre la tentación de querer imponer consejos al Espíritu Santo, en vez de recibirlos. Hay que confiar: la capacidad del Espíritu de obrar para lograr el acuerdo, incluso cuando parezca que todo se escapa de las manos.

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En su conjunto, el discernimiento -según Cantalamessa- no es solo para la Iglesia universal, sino vital para quienes gobiernan; la escucha de las inspiraciones del Espíritu es crucial para que la Iglesia sea guiada por Cristo a través de sus representantes humanos. En el plano eclesial, el discernimiento del espíritu se ejerce principalmente por el magisterio, y debe considerar también el sensus fidelium. En el plano personal, el discernimiento está ligado al discernimiento de los frutos y la obediencia a la guía del Espíritu, con la prudencia de confirmar las inspiraciones con la autoridad competente, para evitar desbordes o errores.

La conclusión propone mantener la atención y la apertura a las inspiraciones del Espíritu, como base de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia, recordando que la verdadera guía proviene del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, y que todo discernimiento debe estar sujeto a la comunión eclesial y a la santidad de la vida de cada creyente.

  1. Discernimiento en la Iglesia: magisterio, sensus fidelium, frutos, y búsqueda de la voluntad de Dios en la historia.
  2. Discernimiento personal: discernir entre dos bienes, la santa indiferencia, y la necesidad de la dirección espiritual.
  3. Prácticas: examen de conciencia, escucha de la Palabra, y humildad para obedecer al Espíritu Santo.

DISCERNIMIENTO

“Por tanto, gracias por leer este artículo y por abrirse a la gracia del discernimiento que el Espíritu Santo continúa otorgando a la Iglesia y a cada creyente”.

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