Jeremy Narby y el chamanismo: entre serpientes, ADN y conocimiento ancestral

En 1995, un joven antropólogo canadiense, francófono, recién doctorado en Stanford, publicaba un libro que acabaría convirtiéndose en un pequeño best seller dentro de la comunidad psiquedélica. El serpent cosmique: l’ADN et les origines du savoir fue traducido a diez idiomas y Jeremy Narby pasó a convertirse en el primer autor que intentaba aunar el lenguaje y tradiciones chamánicas amazónicas con las investigaciones científicas en torno a la biología molecular y el origen de la vida.

Aunque el español fue uno de esos idiomas, la traducción del original de Narby en castellano se hizo desde el centro peruano Takiwasi con la ayuda de una asociación, con apenas doscientos ejemplares de tirada y un estilo que no acababa de honrar su prosa original. Narby proponía un fascinante relato-ensayo detectivesco basado en una intuición: las misteriosas coincidencias existentes entre las recurrentes y brillantes visiones de serpientes surgidas durante las mareaciones provocadas por el brebaje ayahuasca; los relatos, mitologías y representaciones artísticas y simbólicas de numerosos pueblos y civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad donde una serpiente, simple, doble o circular, se propone como origen del mundo, y por último, la estructura helicoidal y funcionamiento del ADN como código básico de la vida.

Como él mismo sospechaba en las conclusiones de su libro, probablemente sus hipótesis de investigación no serían tomadas en serio por parte de quien más deseaba que le escuchara: el mundo de la ciencia. De hecho, recibió el peor trato que un detective o un científico convencido de haber encontrado una pista mollar puede encontrarse: el silencio académico. En cualquier caso, Narby siguió investigando y escribiendo libros interesantísimos y, sobre todo, trabajando para su objetivo principal: el apoyo práctico a las comunidades amazónicas y la voluntad de que aquel conocimiento indígena sobre las plantas y la sostenibilidad de la selva que descubrió in situ en los años ochenta conviviendo durante dos años con miembros de la comunidad asháninka del Perú amazónico fuese tomado en consideración, aún más: como un tesoro que merecía ser valorado por el mundo occidental y la ciencia misma.

Narby es, desde hace muchos años, miembro directivo y responsable de proyectos de una ong suiza sin ánimo de lucro llamada Nouvelle Planete, que desarrolla proyectos de cooperación en numerosas comunidades indígenas del mundo. Con sesenta y un años muy bien llevados, las canas ya se desatan por su barbita, según veo en mi pantalla. En una mañana del pasado mayo conversamos vía Zoom: él desde Suiza, yo desde mi pueblito costero malagueño. Nos habíamos conocido durante el Congreso Internacional de Ayahuasca organizado por ICEERS en Girona en el 2019, donde iba como uno de los ponentes estrella. En aquel encuentro, además de charlar un buen rato, intercambiamos flores que se fuman.

Sigue convencido de que sus hipótesis son sólidas. La serpiente cósmica. La alucinante historia de la ayahuasca, el ADN y el origen del conocimiento, de Jeremy Narby. Errata Naturae. La serpiente cósmica contaba el proceso de un antropólogo canadiense veinteañero, residente en Suiza y activista de los derechos de los indígenas, que había pasado dos años conviviendo en las aldeas Quirishari y Cajonari de la etnia asháninka peruana, tras aprender español y poder así comunicarse con sus habitantes. A cambio de información sobre el conocimiento maestro que tenían de cientos de plantas medicinales, Narby les enseñaba “contabilidad avanzada”.

Pero cuando les preguntaba cómo habían aprendido esto y aquello recibía la misma respuesta: “Son las plantas las que nos han enseñado”. Al principio creyó que se trataba de metáforas, una forma de referirse al uso durante centurias a través del mecanismo de prueba y error y a la transmisión oral de padres a hijos. Como su mente occidental no acababa de entenderlo, seguía preguntando. Algo había leído Narby de ese brebaje que te hacía vomitar. Pero le daba miedo. Pasado un tiempo, aceptó su invitación con una mezcla de temor y escepticismo. La noche en la que el flaquito Jeremías echó el bofe y vio imágenes de serpientes pasó vergüenza de la soberbia de Occidente.

La serpiente cósmica y el ADN es el resultado de lo que hoy se considera el proceso más importante en las experiencias de ayahuasca: la integración. Una integración personal y cultural. Varios años de estudios de cientos de libros, tanto de antropólogos, etnobotánicos y mitólogos sobre chamanismo, el uso de ayahuasca y el simbolismo de las serpientes en diversas culturas, como de científicos, en concreto de biólogos moleculares, hicieron el resto. Porque la gran intuición que tuvo Narby fue identificar la presencia sistemática en las visiones ayahuasqueras y la cultura amazónica de las serpientes como origen de todo con la forma de doble serpiente de la cadena de ADN.

Narby pasó de querer interpretar la metáfora indígena de las plantas que hablan, a escucharla como una afirmación literal. Su libro es un viaje por el conocimiento reunido en aquellos años -finales de los ochenta e inicio de los noventa- para intentar encontrar un puente entre las explicaciones que ciencia y unos indígenas daban al origen del mundo, la vida y el conocimiento. Y acabar sugiriendo que una y otros estaban refiriéndose a la misma cosa. Que las visiones de la ayahuasca te permitían acceder al conocimiento y que los chamanes, tras años de entrenamiento, esfuerzo, privaciones y aprendizaje, aprenden a ir a la raíz misma del ADN. Así que, de alguna manera, era cierto: las plantas les enseñaban cómo utilizarlas y qué hacer con ellas.

Y Narby, tras aprender a desenfocar su mirada como en aquellos años se hacía con aquellas láminas planas llenas de colores que de repente se veían en 3D, quería sentar en la misma mesa a hablar a James Watson, Francis Crick y Rosalind Franklin (descubridores en los años cincuenta de la estructura de doble hélice del ADN) y a los ayahuasqueros de Quirishari. No está claro que lo lograra. Como mínimo, propuso una lectura divulgativa sobre la realidad, la ciencia, el chamanismo y la biología molecular. Durante su intervención en el Congreso Internacional de Ayahuasca en Girona (2019).

“Como decía Luis Eduardo Luna con mucha razón, el mayor peligro de la ayahuasca es la inflación del ego. España ha sido tradicionalmente impermeable a lo que es la serpiente”, dice Jeremy con un tono teatral al preguntarle por qué a nadie se le había ocurrido antes editar su libro en nuestro país. “Tal vez el tema del catolicismo ha influido, no lo sé. Mira, el libro es, como decía Bob Dylan de sus discos, una Polaroid de aquel momento. En ese tiempo la ciencia decía que había cien mil genes. Ahora dicen diecinueve mil novecientos. La ciencia ha avanzado mucho, pero yo no he corregido el libro porque creo que el espíritu de mi hipótesis sigue siendo válido. Esto era lo que entonces se sabía y yo decía. La intención que tenía el libro era provocar reflexión y no convencer a nadie de nada. Bueno, sí: convencer a la gente de que el saber indígena merecía más consideración, con lo esotérico que parecía. Y al comparar el saber indígena de muchos siglos con la ciencia de entonces, ese saber parecía menos esotérico y mucho más digo de tener en cuenta. Hay que entenderlo como un acto político, de activista, en un tiempo en el que la gente no sabía lo que era la ayahuasca. En ese tiempo hablar de una ciencia de la conciencia era casi una contradicción en términos. Porque la ciencia era objetiva y la conciencia es subjetiva. Y ahora hemos olvidado que esto era una imposibilidad hace veinte años. El libro es como un disco de Bob Dylan de los años sesenta. Cuando lo escuchamos ahora algunas canciones parecen de otro tiempo, pero nos siguen llegando.

Lo que sí ha cambiado radicalmente es el espíritu de fascinación hacia la ayahuasca desde cuando tú fuiste allí en los ochenta. Te quiero poner en antecedentes. Cuando voy a las comunidades, yo soy un joven antropólogo, materialista, feminista, interesado en apoyar a las comunidades indígenas. De todos los hippies que iban al Perú, casi nadie había escuchado hablar de la ayahuasca. Burroughs y Ginsberg habían escrito sobre la ayahuasca en los sesenta. Pero el LSD era ilegal. Ya no era una cosa seria, era una ilusión de los sesenta que había fracasado en los setenta, y en los ochenta estábamos ganando plata y jalando cocaína. Esa era la historia. La investigación sobre LSD se había parado quince años antes. Los hippies habían perdido. Cuando regresé a Suiza traté de hablar de ayahuasca, pero la gente no quería escuchar. Entonces te aseguro que no era nada cool. Después, en los noventa, empezó la gente a tomar éxtasis. Para lograr un trance mecánico con una píldora muy química. La gente del éxtasis tampoco quería saber nada de ese rollo.

Si me hubieras preguntado en el año 92-93 si la ayahuasca iba a ser popular en algún momento, yo te hubiera dicho: “mira, hermano, nunca”. Eso es precisamente la integración. Entre 1985 y 1993 estuve intentando integrar la experiencia que tuve con la planta; mi única experiencia hasta entonces. Era peligroso para la carrera de un tipo con un doctorado en antropología manifestarse de aquella manera. Una experiencia que iba contra mi sistema de creencias mi Weltanschauung [‘pensamiento’, ‘ideología’]. Fueron ocho años, tres de los cuales estuve ya trabajando como activista en favor de los derechos territoriales de los pueblos amazónicos. Yo argumentaba en mis charlas y conferencias que los pueblos amazónicos eran capaces de tratar el bosque sin destruirlo. Y eso era cierto. Pero no me atrevía a decir que esos pueblos atribuían buena parte de su saber ecológico a que plantas como ayahuasca o tabaco les enseñaban qué hacer con ellas y cómo utilizarlas. Habría perdido credibilidad. ¿Cómo que una planta te enseña y te habla? ¡Qué locura es esta!

Mi propia lucha política y activista habría perdido fuerza y yo me callaba esa parte. Tras esa cumbre, en Occidente empezamos a tomar el saber indígena sobre la sostenibilidad y la biodiversidad en serio. Pero nos dimos cuenta de que nadie hablaba del origen del saber de esos pueblos amazónicos. Y por eso me puse a intentar investigar a partir de las experiencias que había tenido. Hubo también una coincidencia. ¿Qué pasó por la cabeza de los occidentales en los años noventa? Eso lo explica una tesis del 2010 de María Eugenia Fotiou sobre turismo ayahuasquero en Iquitos. Explicaba que cada vez iban más, no tanto turistas sino peregrinos, buscando curación, saber más de ellos mismos. Gente que estaban de acuerdo con el hecho de sufrir, desplazarse tantos kilómetros, enfrentarse a un reto para conocer a otra cultura y saber más de sí mismos: purgarse para curarse.

Y eso sí es algo clásico en el mundo occidental: la peregrinación. De hecho, en esos mismos años, desde primeros de los noventa, aumentó exponencialmente el peregrinaje a Santiago de Compostela. La ayahuasca es un concentrado de bosque tropical, de biodiversidad, que te hace vomitar, cagar y purgar. Y aparece como reclamo desde la Amazonia en un momento donde la gente occidental empieza a cansarse de la medicina alopática, de la televisión, del shopping constante, de las comodidades, de la pérdida de sentido. Es en esa búsqueda del sentido, de reconectar con el cuerpo propio, con la naturaleza, cuando toma fuerza. España era una pequeña excepción, pero solo en algunos espacios muy cerrados. Fue una coincidencia cuando apareció mi libro. Uno de los libros que ha servido de fuente de información y guía para aquella generación que empezaba a estar preparada. A veces uno tiene suerte. Unas veces te adelantas a los tiempos. Demasiado ego.

“Pero hay que decir que tomar ayahuasca no es como comer una pizza. Se parece más a hacer alpinismo en los Alpes con una ventisca o navegar en el mar con viento en un pequeño bote. Es muy serio, puede ser peligroso. No es para turistas.” Vamos a hablar del momento actual. Hemos pasado de ignorar su existencia, a verlo como una vía de peregrinaje y aprendizaje, hasta convertirse hoy en casi una panacea universal. Proliferan personas que hablan de sus visiones y muchas tienen un aire mesiánico sospechoso. Hay que aprender la diferencia entre alucinación y visión y qué es lo que realmente te está enseñando la planta. Yo le pregunté al ayahuasquero-tabaquero del pueblo shawi Rafael Chanchari, con quien estoy preparando un libro sobre relaciones entre chamanismo y ciencia, que cómo aprende uno a ver esa diferencia. Y me dijo que lo que necesitas es tiempo, valores humanos, un trabajo sobre ti mismo. Y sobre todo necesitas suficientes experiencias con la planta para poder llegar ahí.

Y el occidental que toma, yo que sé, veinte veces durante un retiro y cree que está preparado, normalmente no está más que siguiendo sus propias proyecciones. ¿Hablamos de lo que yo llamo el efecto Blade Runner: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”? Los alucinógenos y psiquedélicos -y yo tengo problemas a la hora de afirmar que la ayahuasca es un psiquedélico, aclaro-, como decía Stan Grof, funcionan como amplificadores de lo que ya existía allí. Un psiquedélico revela la psique. Así que depende de lo que haya dentro de la psique de cada cual. Por eso, como decía Luis Eduardo Luna con mucha razón, el mayor peligro de la ayahuasca es la inflación del ego. Hay que decir que los occidentales ya tenemos el ego más inflado normalmente que los indígenas, lo que no quiere decir que el deseo de poder y la inflación del ego estén ausentes en el chamanismo amazónico. En absoluto, y hay muchos casos que así lo demuestran. Pero eso precisamente de lo que habla es de ese peligro latente de la ayahuasca.

Es interesante en el mundo indígena cómo opera el mundo y el concepto de brujería. En nuestro mundo, el equivalente sería la psicología individual. Ese tema del desarrollo personal occidental, esa búsqueda de “aumentar el propio poder”. Así que, aunque la ayahuasca puede hacer desaparecer el ego durante la experiencia y días posteriores, lo más normal es que después hinche el ego de forma desmesurada. No le pasa a todo el mundo ni siempre. Pero pasa demasiado. Y por eso es necesario andar con cuidado. Mira, a mí no me gusta dar consejos, y menos si no me preguntan. Cada cual tiene su camino. Pero hay que decir que tomar ayahuasca no es como comer una pizza. Se parece más a hacer alpinismo en los Alpes con una ventisca o navegar en el mar con viento en un pequeño bote. Es muy serio, puede ser peligroso. No es para turistas. Es un deporte extremo. Si vas sin preparación a beber ese poderoso brebaje psicoactivo, es peligroso. No es como fumar un joint de marihuana. Aunque haya marih...

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