En el instante en que nos sentamos a meditar es el momento en que comenzamos a caminar por el sendero de los santos. Es mientras estemos sentados en meditación que llegaremos al centro del ojo, se inmovilizará la mente, iremos al interior, encontraremos la Forma Radiante, realizaremos nuestro propio Ser inmortal y alcanzaremos la realización de Dios. Todo sucederá mientras estamos en meditación. Por eso se dice que la meditación es acción y que la meditación es iluminación. Por lo tanto no deberíamos creer a nuestra mente o a la sociedad y sentirnos culpables cuando nos digan: “¡No te quedes ahí sentado, haz algo!”. En su lugar, deberíamos decir: “¡No te quedes haciendo algo, siéntate ahí!”.
Al sentarnos en meditación le devolvemos su poder a nuestra alma, le damos alimento espiritual, nos volvemos espiritualmente fuertes para enfrentar al mundo y aprendemos a hacer contacto consciente con el Shabad en nuestro interior. Al sentarnos sin movernos, aprendemos a entregarnos, a ser pacientes, a resistir y a aceptar el camino del Shabad. Al someternos a las instrucciones del Maestro de meditar, alimentamos la semilla de la verdadera humildad, que consiste en vivir en su voluntad. Cuando alcanzamos un estado mental meditativo, ¿qué nos puede irritar, o perturbar nuestro equilibrio? En medio de una vorágine de actividades, catástrofes o buena suerte, permanecemos inalterables, contentos y felices en nuestra quietud en el centro del ojo. Tal es el poder de la meditación.
No existe una «forma correcta» de prepararnos para meditar, pero hay muchas cosas que podemos hacer que facilitarán nuestro viaje. Durante el día podemos prepararnos para nuestra meditación, haciendo simran cada vez que podamos y manteniendo al Maestro y sus enseñanzas frente a nosotros durante nuestras diversas actividades mundanas. Para crear un estado mental propicio a la meditación, podemos conscientemente tratar de abstenernos de situaciones que nos provoquen enojo, lujuria, tensión y otras cosas por el estilo. Estas situaciones dejan fuertes impresiones en nuestra mente. Descubriremos que cuando nos sentamos a meditar, son estas mismas cosas las primeras que surgen en nuestra mente y que gastamos mucho tiempo y energía en expulsarlas. Así que, en la medida de nuestras posibilidades, cuando estas situaciones surjan, recordemos que nuestra meditación sufrirá si nos entregamos a ellas.
Algunas personas saltan directamente de la cama a su lugar de meditación. Le sacan ventaja al estado somnoliento, desde el cual se les hace más fácil llevar la atención al centro del ojo. Esto no es fácil de hacer, pues con mucha facilidad la atención se desliza hacia el centro de la garganta y uno de nuevo se vuelve a dormir. Para prevenir el volver a dormirse, muchas personas optan por activar la circulación de la sangre realizando algún ejercicio. Otras prefieren bañarse o simplemente echarse agua en la cara. Hay quienes se preparan tomándose un café o un té. Lo importante es que estemos completamente alertas y despiertos.
Para ayudar a preparar a la mente para la meditación, algunas personas gustan de leer algún libro o artículo que les inspire, o comienzan la meditación con una pequeña oración. Como todos sabemos, lleva tiempo asentar la mente. Las palabras que el Maestro nos dio para hacer simran son la herramienta ideal para calmar la mente y así pasar directamente, sin más preámbulos, a la meditación. Como parte de la preparación de nuestra meditación matutina, podemos comenzar la noche anterior por tener una cena ligera y por acostarnos temprano. Al irnos a la cama, podemos quedarnos dormidos haciendo nuestro simran. De esta manera, cuando despertemos encontraremos que es más fácil concentrarnos en la meditación.
Baba Ji nos aconseja que, sea lo que sea que hagamos para apoyar nuestra meditación, tengamos cuidado de no convertir nuestra meditación en un ritual, en algo que hacemos diariamente sin siquiera pensar por qué lo hacemos. Cualquier hora es buena para meditar. Si esperamos a que las condiciones sean ideales, probablemente nunca nos sentemos a meditar. A cualquier hora tenemos una buena oportunidad de calmar y de purificar la mente, así que podemos hacer nuestra meditación a cualquier hora del día o de la noche.
Para algunas personas, la mejor hora para meditar es en la noche. A esa hora sienten que están más alertas, y con objeto de tener un sueño reparador y despertarse llenos de energía y purificados, deciden que la meditación en la noche es mejor para ellas. Para otras personas al llegar la noche están tan cansadas que prefieren dormir. Para ellas, temprano en la mañana, es la mejor hora de meditar. A esa hora la mente está fresca y todavía no lleva las cargas de sus responsabilidades. Cuando es temprano, los demás todavía duermen, los problemas del día no han hecho su aparición y no hay ruido. Por estas razones, puede ser más fácil dedicar dos horas y media a la meditación, temprano por la mañana, pues nuestras responsabilidades mundanas hacen que sea más difícil sentarnos más tarde, a otra hora del día. En realidad, la mejor hora para meditar es la que a nosotros en particular nos acomoda mejor. Debemos sopesar los diferentes aspectos y responsabilidades de nuestra vida, y luego tomar nuestra decisión sobre cuál es la mejor hora para que nosotros meditemos, pero debemos tratar de sentarnos siempre a la misma hora cada día.
Si decidimos hacer nuestra práctica formal de meditación por la mañana, entonces sería bueno que tratáramos de dar un tiempo adicional en la noche, antes de irnos a dormir. Si escogemos hacer nuestra meditación formal por la noche, entonces sería bueno que tratáramos de dar un tiempo adicional por la mañana. Para sacarle el mayor provecho a la atmósfera creada por nuestra meditación matutina, es mejor que no nos volvamos a dormir después de haberla hecho. Si por ejemplo, nuestra meditación comienza a las tres de la mañana y nuestras actividades diarias comienzan a las ocho de la mañana, y en el espacio entre las cinco treinta y las ocho de la mañana nos ponemos a dormir, podríamos considerar comenzar nuestra meditación a las cinco y media en lugar de a las tres y media de la mañana. De esta manera no habrá espacio entre nuestra práctica de meditación y nuestra rutina diaria, y así podremos sacarle el mayor provecho a la atmósfera creada por nuestra meditación matutina. Pero en esta cuestión no hay ninguna regla estricta puesto que el beneficio que obtenemos de la meditación es el mismo ya sea que durmamos o no después de ella.
En caso de que no tengamos un lugar especial para sentarnos a meditar, podemos buscar uno cómodo que sea favorable a nuestra práctica. En cualquier lugar se puede meditar. Cuando hagamos nuestra meditación formal, es conveniente que nos sentemos en el mismo lugar, pues pronto asociaremos a ese lugar con la paz y la tranquilidad de la meditación y encontraremos que la mente puede concentrarse mejor cuando se hace esta asociación. Aunque es deseable que el lugar sea silencioso y que meditemos en soledad, a veces, la situación particular de nuestra vida no nos permite darnos el lujo de meditar en privado. Si esa es nuestra situación particular y la única manera que tenemos de meditar es haciéndolo frente a otros, entonces no hay ningún daño en que hagamos nuestra meditación formal de esa manera.
Cuando nos sentamos a meditar es importante hacerlo de forma relajada y con la espina dorsal y el cuello rectos. El mentón o barbilla ligeramente metido, pero no tanto que deje que la cabeza caiga hacia delante. La cabeza no debe echarse para atrás ni caer hacia delante. Las dos posiciones pueden conducirnos a que nos quedemos dormidos. Los ojos deben estar cerrados y la atención debe mantenerse en medio de las dos cejas, en el centro del ojo espiritual. Pongamos cuidado de no invertir los ojos hacia el centro del ojo. Las manos pueden estar hacia abajo o hacia arriba descansando naturalmente sobre los muslos o las rodillas. La meditación es una actividad que involucra a nuestra mente y a nuestro cuerpo. Si no adoptamos una postura que apoye y ayude al proceso de la meditación, estaremos obstaculizando nuestra práctica de meditación.
Lo importante es que nos sentemos con nuestro cuerpo inmóvil y nuestra espalda erguida y recta. Esto ayudará tanto a nuestra concentración como a nuestra salud. No es importante si nos sentamos en una silla, al estilo occidental, o si nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas, al estilo hindú. Las dos formas son correctas para meditar. Muchas personas creen que sentarse en una silla al estilo occidental, no es tan bueno como sentarse con las piernas cruzadas. Esta es una idea equivocada. La meditación es un asunto que tiene que ver con la concentración. Algunas personas se pasan años luchando para poder sentarse con las piernas cruzadas, al estilo hindú, y todo el tiempo que pueden emplear en desarrollar la concentración, se gasta en mantener la atención en las piernas, el dolor o los cojines. La mente no puede tranquilizarse ni aquietarse si el cuerpo está continuamente moviéndose, de la misma manera que el agua no puede estar quieta en un vaso que se mueve.
Si inmovilizamos el cuerpo, estamos ayudando a inmovilizar la mente, así que es importante que encontremos una postura que nos permita mantenernos quietos y que minimice el dolor y la incomodidad que nos llevan a estar continuamente cambiando o ajustando nuestra posición. Si eso significa que es más fácil que nos sentemos en una silla o un sillón, entonces podemos sentarnos de esa forma, recordando que al sentarnos debemos hacerlo con la espalda recta. El encorvarse es malo para la espalda, ocasiona que nos cansemos más rápidamente y hace que la mente también se adormezca, cuando debería estar en una posición alerta y despierta. No es aconsejable que nos acostemos para meditar ya que es más fácil quedarse dormidos en esa posición.
En ninguna otra posición es tan evidente la conexión entre el cuerpo y la mente como lo es en la postura que adoptamos para la meditación. Cuando estamos con pereza o deprimidos, encorvamos la espalda y agachamos la cabeza. Si al sentarnos hacemos el esfuerzo de estar erguidos y mantener la cabeza en alto, es difícil que podamos mantener un sentimiento de lástima por nosotros mismos o una actitud negativa. Al asumir una postura erguida, inspiramos a nuestra mente a que también adopte una postura mental alerta y despierta. Si nuestra postura y nuestra actitud están inspiradas, es más fácil concentrarnos y disfrutar de nuestra meditación.
Para la postura de escuchar el sonido, también conocida como la postura del ballan, podemos sentarnos en cuclillas, o con las piernas cruzadas y la ayuda de un apoyo para los brazos, o podemos sentarnos en una silla descansando nuestros codos, ya sea en una mesa o en cualquier otro tipo de apoyo. Algunas veces cuando hemos estado sentados durante un periodo de tiempo sentimos alguna pequeña incomodidad y queremos movernos. Es conveniente que sigamos sentados sin prestarle atención a esa urgencia de movernos, y descubriremos que es perfectamente posible resistir a esa necesidad de movernos o de rascarnos. Nuestra mente ha sido entrenada para reaccionar inmediatamente ante cualquier cosa que no le guste. Así que es de esperar que la mente dé la pelea y que el cuerpo se inquiete. Estamos tratando de entrenar a la mente y al cuerpo y eso no les gusta. El cuerpo y la mente no van a querer ser disciplinados, pero debemos mantener las riendas firmes.
Baba Ji nos da el siguiente ejemplo para ilustrar la importancia de mantenernos inmóviles durante la meditación. Él dice que si levantamos un vaso con agua de una mesa y luego volvemos a poner el vaso sobre la mesa, el agua se seguirá moviendo aunque el vaso ya no se mueva. Baba Ji le llama a esto el “efecto de las ondas”. De igual manera, si movemos nuestro cuerpo cuando estamos en meditación, aunque solo sea un pequeño movimiento, es suficiente para agitar las ondas de la mente y perturbar cualquier paz que hayamos logrado. Sin embargo, si mantenemos tranquilamente nuestra mente en las palabras y no nos movemos, pronto experimentaremos cómo el inmovilizar al cuerpo ayuda a inmovilizar la mente y viceversa, cómo al inmovilizar la mente ayudamos a inmovilizar al cuerpo.
Meditación significa tratar de mantener nuestra atención en el centro del ojo sin dejar que se baje a los sentidos. Baba Ji dice que la mente es como un ordenador o computadora, cualquier cosa que le metamos, eso es lo que vamos a obtener. Si bajamos información del mundo físico, la mente recogerá impresiones de cosas materiales. Si bajamos información espiritual, la mente archivará impresiones de las cosas sutiles. La mente trabaja igual de bien en esas dos esferas. En la meditación, no alteramos la naturaleza de la mente, simplemente introducimos impresiones espirituales y automáticamente anulamos las mundanas. Con el tiempo, a través de la práctica de la meditación concentrada, las impresiones espirituales desplazarán a las mundanas, reemplazando los deseos mundanos por deseos espirituales.
La concentración es similar a encender una hoja de papel con una lupa. Una lupa se sostiene de cierta manera para que atrape los rayos dispersos del sol y los concentre en una hoja de papel. Estos pequeños rayos, cuando están dispersos son inofensivos, pero cuando se juntan, se sostienen firmemente y se enfocan a través de la lupa, se vuelven tan poderosos que pueden hacer arder un papel. Uno tiene que sostener la lupa sin que se mueva, pues cualquier movimiento perturbará el punto central hacia donde los rayos se están enfocando e interrumpirá el proceso de generar suficiente calor para encender el papel. De igual forma, debemos de recoger todos los rayos de nuestra atención dispersa y enfocarlos firmemente en el centro del ojo, hasta que la intensidad de nuestra concentración en el simran encienda la Llama interior en el centro del ojo.
Para entender lo que es la meditación, debemos comprender la importancia de la concentración. La meditación concentrada transformará la forma en que percibimos las cosas y la manera en que vivimos nuestra vida. El progreso espiritual depende de nuestra capacidad para inmovilizar la mente en el centro del ojo, y la concentración es lo que la inmoviliza. El simran concentrado es la mejor manera de entrenar a la mente a que se “siente” en el centro del ojo. Luchamos en la meditación porque nuestra atención no está concentrada en el simran, está concentrada en el mundo. Desde el momento en que nacimos, la mente ha salido del centro del ojo y ha estado trabajando en el exterior. La tendencia de la mente a estar en el exterior se ha convertido en un hábito con raíces muy profundas. Todo es cuestión de disciplina, entrenamiento y hábito. Nuestra concentración en la meditación está en proporción directa al grado en que podamos desapegarnos del mundo.
Hoy en día, cada vez somos más los que buscamos una mayor paz y calma interior en un mundo en el que el estrés, las preocupaciones y las exigencias constantes nos agreden y nos hacen vulnerables. El desarrollo y la democratización de las prácticas meditativas son una respuesta a este deseo de relajación y bienestar: yoga, meditación de atención plena, meditación trascendental, sofrología... Pero la simple relajación a menudo no basta para satisfacer esta necesidad de reencuentro consigo mismo, que suele traducir una profunda necesidad de interioridad, de trascendencia, y de Dios. La meditación cristiana, que forma parte de una larga tradición de meditación y contemplación que se remonta a más de 2000 años, es ante todo una forma de oración que nos invita a estar plenamente presentes con Aquel que, en nuestro interior, es la fuente de toda paz y alegría. Es un viaje que cada uno puede emprender en lo más profundo de su ser, al encuentro con Dios, que espera allí.
La meditación cristiana como camino de santidad y presencia de lo divino
Tanto si buscas paz, sencillez y unidad en tu vida, como si quieres profundizar y alimentar tu relación con Dios, que está presente en lo más íntimo de nosotros, la meditación cristiana puede ofrecerte un verdadero camino hacia la alegría. La meditación cristiana no es una técnica de relajación, una práctica de bienestar o una herramienta de desarrollo personal. Su esencia y su finalidad siguen siendo, ante todo, la relación con Dios, lo que la hace profunda y específica.
Orígenes: el monacato cristiano. La meditación cristiana se basa en un conjunto de prácticas que pueden dividirse en dos grandes corrientes: la meditación de la Palabra de Dios y la oración silenciosa y contemplativa. Estas prácticas fueron promovidas por figuras como los Padres del Desierto, Santa Teresa de Ávila, San Ignacio de Loyola y siguen vigentes en órdenes monásticas. El objetivo es vivir una relación íntima con Dios que habita en nosotros, y la intimidad creada con Él abre caminos de sanación, liberación, alegría y paz.
La meditación cristiana ofrece beneficios concretos: frutos espirituales como la paciencia, la humildad y la gratitud; bienestar general mediante la atención al cuerpo, la respiración y la gestión de emociones; una relación más justa con el mundo y una transformación interior, la metanoia. Es una forma de oración encarnada que puede mejorar el sueño, reducir el estrés y la ansiedad, y fortalecer la autoestima. Puede practicarse a cualquier hora del día, en casa o en retiros, y se nutre de la disciplina, la práctica y la experiencia de cada practicante.
- Preparación: crear un hábito y un lugar, elegir postura cómoda y evitar distracciones.
- Tiempo para ponerse en presencia de Dios: respirar, soltar tensiones y abrirse a la experiencia meditativa.
- Postura y atención: mantener la espalda erguida, ojos cerrados, centro del ojo espiritual y evitar movimientos innecesarios.
- Concentración y simran: dirigir la atención hacia el centro del ojo y cultivar la quietud mental.
- Aplicaciones prácticas: uso de técnicas como lectio divina, oración de recogimiento y contemplación para enriquecer la vida diaria.
La meditación cristiana también propone explorar tradiciones y técnicas como la lectio divina, la oración de Jesús, la meditación ignaciana, la oración de recogimiento y la contemplación. Estas prácticas buscan una presencia cada vez más estrecha con Dios y la transformación interior que trasciende la experiencia personal para influir en la vida comunitaria y social.
La práctica regular de la meditación, ya sea en el marco cristiano o en contextos más amplios, aporta beneficios como la reducción del estrés, la mejora del sueño y de la atención, la gestión de emociones y la capacidad de discernimiento. En un mundo acelerado, la meditación se presenta como una vía para hallar paz, claridad y una mayor conexión con lo trascendente.

Papa Francisco explica cómo se hace meditación cristiana, durante audiencia general
La literatura y las tradiciones enseñan que la meditación es mucho más que relajación: es una experiencia profunda y mística que facilita entenderse a sí mismo, escuchar a Dios y encontrar orientación para la vida diaria. Meditar no es escapar del mundo, sino entrar en presencia de lo divino que habita en cada uno y dejar que esa presencia transforme pensamientos, decisiones y acciones.
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