La enfermedad en el pensamiento espiritual de los Padres de la Iglesia

Este artículo, que publicaremos en dos entregas, analiza cómo los Padres de la Iglesia abordan el delicado problema de la enfermedad, sus causas y la forma más adecuada de enfrentarla.

La distancia cultural entre su mundo y el nuestro es enorme: no solo por la distinta relación con la fe y la dimensión espiritual de la existencia, sino también por el enorme progreso de la ciencia médica que ha transformado nuestra manera de afrontar el sufrimiento.

En muchos casos, los Padres, al igual que el hombre bíblico, vinculan el surgimiento de la enfermedad al pecado humano, lo que les permite enmarcar lo inexplicable en categorías familiares y, por tanto, comprensibles, dando al hombre la posibilidad no solo de soportar el mal, sino también de superarlo cuando se lo confía a la omnipotencia de Dios, capaz de perdonar los pecados y de sanar a los enfermos.

Este es un dato religioso y antropológico que ya nos resulta familiar, pues lo hemos ilustrado en muchas ocasiones en estas páginas.

Sea o no consecuencia del comportamiento ético del hombre, la enfermedad representa, para los Padres, “un llamamiento para hacer algo” de sí a través de la prueba de la enfermedad: una oportunidad para transformar la propia vida.

Hacer investigación sobre el modo en que los Padres concibieron la relación entre la enfermedad y la vida humana no es fácil: los textos patristicos que tratan el tema están dispersos en una gran cantidad de obras, y el mundo patristico ya era, por su naturaleza, enormemente ajeno a nuestra época. La distancia cultural es profunda: la concepción antropológica y la visión del mundo propias de los Padres resultan remotas para el hombre contemporáneo. El gran progreso médico-científico y el desarrollo actual de las tecno-ciencias aplicadas a la biomedicina hacen casi imposible establecer un puente directo entre ayer y hoy.

No se trata tanto de la etiología de las enfermedades, sino de la conexión que, de origen bíblico, vincula la enfermedad con el pecado humano y permite situarla dentro de una visión del mundo centrada en un Dios creador, dándole sentido a lo que de otro modo escapa a toda comprensión. Al insertar la aparición de una enfermedad en un marco religioso y relacionarlo con la caída humana por el pecado original, los Padres logran enmarcar la enfermedad en categorías que les eran familiares y hacer posible afrontarla, soportarla y combatirla, porque el Dios creador es más fuerte que las potencias del mal y capaz de remitir los pecados.

Escribió Ireneo de Lión: “Todos los malatos a quienes les ocurrían enfermedades por su transgresión, Jesús los curaba con una palabra. Por esto decía: ‘He aquí, te has sanado; no peques más, para que no te venga algo peor’ (Jn 5,14)”, manifestando que las enfermedades habían afectado a los hombres por el pecado de desobediencia.

Entre las variadas opiniones de los Padres, la enfermedad puede estar desligada de los modos de vida del hombre o depender de sus conductas desordenadas y éticamente reprobables (“Existen enfermedades que nacen de la negligencia y del desorden”); en cualquier caso, es un campo de trabajo para el hombre, un llamamiento para hacer algo de sí mismo a través de la prueba de la enfermedad. La incapacidad para diagnosticar y curar muchas enfermedades llevó a los Padres a desarrollar una visión de la enfermedad en la que la tarea que la persona enferma puede realizar sobre sí misma, a causa de la enfermedad, tiene una función significativa: se convierte en instrumento para la mejora ética y religiosa del ser humano.

La visión religiosa de la existencia implica una concepción de que la salud y la enfermedad no tienen sentido por sí mismas, sino en la medida en que permiten al hombre cumplir la voluntad de Dios y progresar en la virtud: nos alejamos de una visión meramente biológica del ser humano y de la “religión de la salud” que hoy prevalece. Para los Padres, la salud y la enfermedad deben valorarse no por sí mismas, sino por el bien espiritual que permiten (o impiden) que el hombre alcance.

Así escribe Gregorio de Nazianzo: “Nosotros no admiramos cualquier tipo de salud y no aborrecemos cualquier enfermedad.” La salud, definida por Basilio como “el equilibrio de las fuerzas naturales”, es un bien relativo: tanto la salud como la enfermedad son realidades ambivalentes que no son intrínsecamente buenas o malas en sí mismas. Frente a la aparición de una enfermedad, el sujeto enfermo es colocado en una situación de vigilancia y de atención global a sí mismo y a su vida espiritual y moral, que está inseparablemente ligada a su bienestar o malestar psicofísico.

¿Qué hacer cuando una enfermedad cae sobre una persona y la pone a prueba? Massimo el Confesor recomienda “buscar la causa de su producción y hallar así el remedio”. Paradoja: al enfermo se le llama a ser también médico, no en el sentido fisiológico, sino en el plano de la salud del alma, del sentido espiritual. Gregorio de Nazianzo formula una expresión singular para indicar la tarea que la enfermedad provoca en el hombre: “Hacer la filosofía de la sofferenza”. Escribe en una carta a un enfermo llamado Filagrio: “No quiero que tú, Filagrio, que estás bien instruido en las cosas divinas, sientas las mismas emociones de un ignorante, cede con tu cuerpo, gime por tu sufrimiento como si fuera algo irremediable. En cambio debes hacer la filosofía de tu sufrimiento… debes ver en la enfermedad una pedagogía hacia tu bien.”

Este texto, que habla de la enfermedad como “pedagogía”, es particularmente interesante porque el término griego paidagoghía, aquí utilizado, también se refiere al cuidado del enfermo: la enfermedad física puede curar a la persona de sus enfermedades del alma, de su patología espiritual. “Hacer la filosofía de la sufrencia” significa entonces meditar sobre la enfermedad para obtener un beneficio espiritual. La idea subyacente es que la enfermedad habla, tiene un mensaje, puede enseñar algo al hombre, puede instruirlo y, por ende, señalarle un camino de sabiduría. Al situarlo ante la caducidad, fragilidad, limitación y mortalidad propias de toda existencia, la enfermedad puede liberarlo de la tentación del orgullo y de la ilusión de la omnipotencia y dirigirlo por la vía de la humildad.

Infografía: Conexión entre enfermedad, pecado y virtud

Filosofía PATRÍSTICA, una Introducción: conceptos generales y representantes.

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