Mariano Ballester y la meditación de un sueño: lo real, lo imaginario y la estampa monotipo

El realismo artístico, entendido como teoría de la representación, se cuenta entre las concepciones más enigmáticas de la tradición estética occidental. Efectivamente, en última instancia, subordina la belleza a la verdad. Suspende el juicio en aras de una comparación final entre la obra de arte y la realidad, colocando así el mundo semiótico bajo la dependencia del otro. François Rastier

La representación en el arte, ese juego especular que conecta lo objetual y lo emocional, ha estado sujeta a negaciones e impugnaciones desde distintos ámbitos, pero se mantiene viva. Incluso a pesar de que numerosos artistas se hayan opuesto a menudo y denunciado la supuesta dependencia de una pretendida ilusión referencial. Dependencia que podríamos tildar de excesiva en algunas propuestas artísticas, valga el hiperrealismo de ejemplo. Pero… ¿Qué pasaría si, por un instante, conviniésemos que el objeto representado es la realidad? ¿Cuál sería, entonces, la ilusión referencial?

Quizá podríamos forzar un poco más la situación ficticia a la que aludimos, y establecer que el procedimiento artístico que más se acercaría entonces a esa otra realidad -planteamos, es evidente, un juego- sería la obra seriada y, aún mejor, la obra seriada que permitiese un solo ejemplar: un monotipo.

La Catedral, Efecto de Sol Poniente, es un monotipo creado por Mariano Ballester en 1965. Una pequeña obra que recoge bien algunos intereses del pintor: la pasión por el dibujo y el color; por las texturas que otorgan los pigmentos a las superficies pictóricas; por la estampa y la obra seriada, aunque aquí se refiera a un ejemplar único, pues esa particularidad es lo que define esta técnica. El monotipo está a caballo entre el dibujo, la pintura y el arte gráfico -del que se diferencia por la imposibilidad de obtener más de una estampa-. El artista ejecuta la obra sobre una matriz o superficie rígida con tinta acuosa y pigmentos frescos y oleosos, estampándola para obtener, por lo general, una imagen única, pudiendo ser -o no- intervenida a posteriori con grafías y color.

El interés de Mariano Ballester por la estampa y las distintas técnicas de grabado, pero sobre todo por el aguafuerte y la litografía, se remonta a su estancia en París, becado por el Instituto Francés en 1950. En su periodo francés llegaría a grabar en piedra litográfica en el taller de Monsieur Totin; el mismo taller donde estampaba sus carteles Lautrec. Obtendría el Premio Nacional de Grabado con la litografía La muerte del pájaro, realizada en 1955. El pintor dispuso -según contaba Juan Bautista Sanz- del primer tórculo que un artista tuvo en Murcia. Editaba aguafuertes y, también, litografías en tiradas cortas que, a veces, iluminaba con acuarelas y pigmentos. Un interés y acercamiento a la estampa, a la obra gráfica, que se puso de manifiesto en la colaboración realizada, en 1980, en la Sala de Exposiciones de Santa Isabel -dirigida por Martín Páez-, donde organizó un taller de grabado con la participación de distintos artistas y donde Ballester, poco antes de su fallecimiento, presentó y explicó, a artistas y público, distintas técnicas de estampación. En 1984, ya ausente, la CAAM mostraría parte de su amplia producción gráfica.

No es esta estampa la única incursión del pintor de Alcantarilla en la técnica del monotipo. Las beatas o Niña en el columpio son piezas realizadas entre los años cuarenta y cincuenta; en los sesenta realizó otras interesantes estampas: Niña con diávolo o Florero. Ni es, tampoco, la única vez que Ballester representó la Catedral como excusa plástica. La Catedral, imagen presente en todas sus etapas artísticas: en un óleo de 1960 que incorpora, a modo de collage, elementos de bisutería y preludia sus obras realizadas con la técnica del dripping; en un aguafuerte de 1973 y, en 1980, en otro pequeño óleo y un aguafuerte. Esta Catedral, con Efecto de Sol Poniente, puede enmarcarse en esa etapa del pintor vinculada a la fundación del efímero grupo Puente Nuevo, del que formó parte junto a Ceferino Moreno y César Arias; una obra de radical expresividad y atrevido colorido, un elogio de la textura, el trazo y el color, que se expuso en la muestra Miradas sobre la Catedral 1964-1969, celebrada en el Museo de la Ciudad de Murcia, institución en cuyos fondos permanece, pues formó parte de la donación realizada al Museo por Doña María Dolores Cerdá.

La figura de Ballester se vincula también con la meditación y la espiritualidad de los sueños. Los sueños son parte de la vida y de las vicisitudes humanas, como señalan las notas sobre Mariano Ballester, gesuita español, que trabajó en Roma y promovió cursos de meditación y conferencias en Italia y en el extranjero. La historia nos enseña que los sueños han tenido un papel determinante en las decisiones de personajes famosos; el autor muestra la importancia espiritual del sueño como puerta a un mundo misterioso, como eco de Dios y de la humanidad, y como medio para la autoconciencia y la meditación profunda.

En conjunto, la obra de Ballester fusiona la exploración técnica de la estampa con una búsqueda de verdad perceptiva a través de la representación, donde la Catedral funciona como símbolo y laboratorio visual: una prueba de que la relación entre objeto representado y realidad puede entenderse como un juego celebrado en una serie de pruebas seriadas o únicas, donde el monotipo se erige como un puente entre dibujo, pintura y grabado, y la meditación sobre el sueño aporta una lectura espiritual de la creación artística.

Monotipo y Catedral de Ballester

Elementos clave de la obra y su contexto

  • Monotipo: técnica de impresión única que combina dibujo, pintura y grabado, marcada por la imposibilidad de obtener varias estéticas idénticas.
  • La Catedral: imagen recurrente en la trayectoria de Ballester, presente en óleos, aguafuertes y litografías, y ligada a el pensamiento estético de la época.
  • Puente Nuevo: grupo efímero al que Ballester perteneció, caracterizado por expresividad y colorido intenso, que influyó en su producción de los años 60.
  • La estampa y la litografía: intereses centrales que se fortalecieron durante su estancia en París (1950), con participación en talleres y premios relevantes.
  • Dimensión espiritual: la interpretación de los sueños y la meditación como vías para la autoconciencia y la comprensión de la realidad a través del arte.

La revisión de su trayectoria revela una continuidad entre el deseo de representar la realidad y la necesidad de experimentar con técnicas que permitan un testimonio singular, donde cada trazo y cada color se convierten en vehículo de una verdad que trasciende la mera apariencia óptica.

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