Ejercicios Espirituales Ignacianos: camino de discernimiento, fe y entrega

Los Ejercicios Espirituales son una compilación de meditaciones, oraciones y prácticas contemplativas desarrolladas por San Ignacio de Loyola para ayudar a las personas a profundizar su relación con Dios. Por siglos los ejercicios se han entregado en el marco de un largo retiro, en completa soledad y silencio. En años recientes, su énfasis también ha derivado a una programación para personas laicas, donde el retiro se puede hacer en la vida diaria, con el apoyo de un director espiritual.

El objetivo de los Ejercicios Espirituales es ayudar, a quien los experimenta, a discernir y conocer lo que Dios quiere de él y a desear elegirlo. A través de la práctica de los Ejercicios, de una manera similar a como cuidamos nuestro cuerpo con actividades como correr, nadar o caminar, entrenamos el espíritu para ganar una mayor sensibilidad hacia los estados de ánimo que experimentamos y para conectar mejor con los sentimientos más profundos de nuestro corazón.

Somos creados para Dios nuestro Señor y así como al fin de un camino se llega caminando, a este Fin Personal se llega alabándolo, adorándolo y sirviéndolo. Al dar curso y modo concreto a estos deseos, se nos dilata el corazón, crecemos como personas adorando, agradeciendo y sirviendo a la Persona para quien somos. Siendo más y mejores creaturas nos hacemos semejantes a El.

De esta manera, descentrados de nosotros mismos y centrados en la Persona de Jesús para quien somos, cambia nuestra mirada y consideración de “las otras cosas” como les llama Ignacio. Nunca deja de admirarme la profundidad y concreción del Principio y Fundamento. Y la respuesta es: Porque no son para nada frases abstractas! Nos hablan de nuestros deseos más hondos y los conectan con nuestro fin. Estas frases nos dicen para Quién somos creados. Fijémonos bien que no dicen para qué, sino para Quién!

Tanta gente camina por la vida buscando un sentido que, al no poder concretarlo en un Quién, no termina de tomar forma. Vemos a veces cómo los padres “son para sus hijos”, les dedican y entregan lo mejor de sí, todo su tiempo y trabajo. Y los hijos luego se van, siguen lógicamente su camino. Cuando al nido vacío vuelven con los nietos, este “fin personal” de la vida humana se llena nuevamente de sentido. Así pues, el Principio y Fundamento nos conecta con nuestro fin, que es la Persona de Cristo. Y no hay nada más concreto en la vida que tener claro el fin!

En clave de discernimiento lo podemos expresar así: para ver con claridad y elegir la mejor opción entre dos que se nos presentan hay que tener claro el fin. El fin no se discierne, se disciernen los medios. El fin es «lo que ya está discernido», por decirlo así. Sabemos que cuando Ignacio dice «Dios nuestro Señor» se refiere concretamente a Jesús. En Jesús, gracias a Jesús, somos hijos de Dios. Así, para un cristiano basta con tener discernida una sola verdad, que es esta: la de que somos creados para Jesús nuestro Señor.

Señor de nuestra vida práctica, como siempre insistía Fiorito. Poder escuchar admirados que otro nos anuncie que somos para Jesús, es la verdad más honda y a la vez más práctica de nuestra vida. Significa que si miro mi ADN, no solo encuentro el de mis padres sino el Suyo: he sido creado a imagen suya. Significa que si miro mi historia, con mis idas y vueltas, mi haber llegado a ser quien soy a pesar de mis pecados y las veces que erré el camino, me descubro como alguien rescatado, comprado al precio de la sangre de Jesús.

Quizás a alguno le puede resultar extraño esta afirmación de que somos para una Persona. ¿Qué nos cambia esto de «ser para Jesús»? Nos cambia, por ejemplo, que no hace falta que seamos perfectos. Lo decisivo es «ser para Jesús»: que nos ofrezcamos a Él y que Él nos acepte en su compañía. Es decir: si una persona es muy perfecta pero su perfección crece como un lago de montaña, sin desemboque, puede que en cierto punto su perfección quede estancada.

Ser «para Jesús» nos cambia también la preocupación por poseer y consumir. Porque «ser para otro» no es algo que se resuelva en términos de posesión sino de donación. Somos de otro en la medida en que nos damos al otro y somos recibidos libremente por el otro y trabajamos y nos divertimos juntos. Ser «para una persona», como vemos, lo cambia todo. Cambia también nuestra relación con los demás. También ellos son «para Jesús» y esto nos hace relacionarnos de otra manera, más libre, más distendida y esperanzada, por decirlo de alguna manera.

Sólo una cosa es necesaria, como le dice Jesús a Marta: que cada uno se centre en Jesús, como María que lo escuchaba sentada a sus pies. No hace falta que uno mismo u otro cambie «todo lo que hizo imperfectamente». Porque cuando uno «se convierte» y mira su vida y la ajena desde esta perspectiva, los cambios que se pueden dar son muy inmediatos y radicales. Lo vemos en la historia de los santos, cómo pasan de una vida a otra de manera muy decidida. Esto es así porque «perfeccionarse» puede llevar toda una vida, pero entregarse a Jesús de corazón, comenzar a vivir para Él, buscando sus intereses y no los nuestros, es algo que se puede empezar a hacer ya, tal como estamos y siendo los que somos.

La adoración, por ejemplo, que es un deseo básico inscrito en cada célula de nuestra carne, encuentra en Jesús el Nombre para nombrar, doblando la rodilla, a Aquel ser misterioso que me creó y me da continuamente el ser. Toda creatura sabe que «no es autónoma», que si durante algún tiempo y en algunos aspectos de su vida puede «funcionar» autonómamente, no se dio a si misma su vida ni se puede mantener en ella como quiera y todo el tiempo que quiera. Pero esta convicción de la propia «contingencia» como dice la filosofía, no alcanza para adorar. Puede convertirse en mudez y angustia que necesita ser «tapada, cosa que hacemos en general «adorando alguna cosa» que se convierte en ídolo. Al adorar a Jesús, desidolizamos las cosas y las liberamos de este rol innatural que les damos, exagerando su importancia.

Poder nombrar a nuestro Creador con su Nombre - Jesús- nos permite adorar verdaderamente, ya que, como decíamos, la adoración y la reverencia se tienen ante una Persona. La alabanza por las cosas buenas y hermosas de la vida también se concreta en Jesús. El nos enseña por qué nos tenemos que alegrar -porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos, y no por otras cosas pasajeras-. Además, une la alegría al servicio que hacemos a las otras personas. De nuevo, la clave está en lo personal. Todo en el hombre es «personal» o pierde consistencia. Al adorar a Alguien como Jesús, cuya existencia esta toda puesta al servicio de aquellos que creó y por los que dió la vida, cobran altura y valor las demás personas y cosas que nos rodean.

Lo digno de alabanza no es lo que es para nuestro gozo exclusivo sino, por el contrario, lo que sirve para alegrar y servir a más personas, en primer lugar a los que no tienen nada. Si algo tenemos claro es que «las cosas son para nosotros». Basta ver cómo las usamos y nos servimos de ellas como amos, sin mucho miramiento. No pensamos que una ballena tenga una finalidad en sí misma, que exista por la alegría misma de que haya quien pueda surcar el oceano libre y majestuosamente. Apenas tenemos necesidad de ella la pescamos y la consumimos. Tendría que bastarnos con mirar cómo venimos a la vida -absolutamente dependientes y necesitados de otras personas que se dediquen con exclusividad a cuidarnos mientras crecemos-, para comprender la importancia de «lo personal» en nuestra vida.

No tiene sentido definir la persona por su inteligencia y libertad sin agregar que estas potencias espirituales «son para los demás», tienen sentido en relación a los demás, para interactuar con los demás. El Principio y Fundamento nos revela que somos «para» una Persona. El evangelio dice que Jesús llamó a los apóstoles «para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el evangelio». Para que estuvieran con Él quiere decir para vivir en su Compañía.

Pongamos solo un ejemplo de las implicancias de una doctrina de este tipo. Si ser persona es «ser para una Persona, en concreto para Jesús» ¿no tiene entonces un gran sentido que nuestro venir a la vida se realice «en otra persona», en nuestra madre, sin que esto la convierta de ninguna manera en una «incubadora», como dicen algunas? Si nuestra esencia es «ser para otra Persona», podemos decir que en el vientre materno (y al final de nuestra vida), cuando somos menos autosuficientes, somos más propiamente «personas», porque somos por otros y para otros que nos acogen absolutamente. Este «ser por y para los demás» es lo más propio del ser humano. Siempre, no solo mientras nos gestamos y necesitamos que alguien sea «exclusivamente para nosotros».

La entrega y dedicación tan absoluta que requiere todo ser humano para desarrollarse, si fuera una cuestión puramente funcional, sería un error de la naturaleza. Los animales nacen «ya hechos» y apenas nacen, o al poco tiempo, se independizan totalmente de sus progenitores.

En ese contexto, la discusión sobre el martirio aparece como una experiencia de fidelidad radical. El martirio no es un fin en sí mismo sino una gracia que debe estar encajada en una vida coherente con la fe. San Agustín, Tomás de Aquino y Pieper señalan que la disposición al martirio es fruto de una práctica de virtud y de un modo de mirar la vida que se predispone a dar todo por Cristo. El Martirio, entendido como testimonio extremo de la verdad de la fe, debe convivir con la humildad y la fidelidad cotidiana, especialmente en la lucha contra el desordenado amor propio y la búsqueda de la verdad.

La Iglesia propone muchos medios ascéticos para que nuestra alma alcance la plenitud de la belleza sobrenatural, y los Ejercicios Espirituales Ignacianos son uno de los más difundidos y a veces malinterpretados. Pero, ¿cómo se hacen exactamente? ¿Qué son los Ejercicios Espirituales? Son un conjunto de meditaciones y oraciones que preparan al alma para tres objetivos principales: quitar los pecados, aumentar el conocimiento de Jesús para amarlo y seguirlo, y conocer lo que quiere Dios para mi vida. Estos tres objetivos se consiguen mediante una serie de meditaciones que guían para producir una conversión espiritual.

El formato original era de cuatro semanas para novicios, y actualmente se realiza comúnmente como un retiro de 4 o 5 días en silencio, con un director que va leyendo las meditaciones y propone herramientas propias de los Ejercicios. ¿En silencio? ¿Tanto tiempo en silencio? Necesitamos hacer silencio exterior para poder hacer silencio interior y escuchar la voz de Dios. Es un modo de ayudar con nuestro cuerpo y nuestro silencio a que Dios nos hable claro al corazón.

San Ignacio dice que siguiendo el “soliloquio interior” podemos escuchar la voz de nuestra conciencia, la voz de Dios. Y mediante el “discernimiento de espíritus” sabremos cuándo una inspiración proviene de Dios y cuándo del enemigo. Entre estas herramientas destacan la “composición de lugar” para iniciar la contemplación y el discernimiento de espíritus para fijar si la iluminación proviene del bien o del mal. Cualquiera puede hacer Ejercicios Espirituales; lo ideal es acercarse con inquietudes espirituales y disposición para transitar nuevos caminos hacia Él.

¿Qué pasa después? Durante los ejercicios suele haber una paz interior profunda; al final, es común no querer que terminen. Si se aprovechan adecuadamente, puede haber al menos un año de buena vida espiritual, crecimiento y, con suerte, una conversión sincera. En España, la predicación de los Ejercicios Espirituales ha sido constante, con retiros de 30 días para sacerdotes y religiosos y varias tandas para laicos durante el año, compaginando tradición y apertura a laicos.

En suma, los Ejercicios Espirituales Ignacianos son un camino probado para discernir la voluntad de Dios, fortalecer la fe y ordenar la vida a la luz de Cristo. El enfoque de San Ignacio de Loyola busca descentrar al individuo de sus propias luces para centrarlo en la Persona de Jesús, con la esperanza de que este encuentro transforme la vida cotidiana, las relaciones y la misión personal.

Imágenes y videos recomendados

Para enriquecer la comprensión, se pueden incluir recursos visuales y audiovisuales que ilustren el discernimiento, la vida de San Ignacio y la práctica de los ejercicios.

discernimiento y ejercicios espirituales

Tabla resumen de conceptos clave

AspectoDescripción
PropósitoConocer la voluntad de Dios y disponerse a elegirla
FormatoRetiro de 4-5 días en silencio con director espiritual
HerramientasComposición de lugar, discernimiento de espíritus
ResultadoDiscernimiento claro, mayor entrega a Jesús y a los demás

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