Los Apóstoles fueron compañeros de vía de Jesús, amigos de Jesús y este camino con Él no era solo exterior, sino también interior, en el que aprendieron la fe en Jesucristo; no sin dificultades, porque eran hombres como nosotros. Pero precisamente por ser compañeros de Jesús, amigos suyos que en un camino no fácil aprendieron la fe, son guías para nosotros, que nos ayudan a conocer a Jesús, a amarlo y a tener fe en Él.
Podemos pensar que Filippo se dirija también a nosotros con esos dos verbos que suponen un involucramiento personal: “Ven y ve.” El Apóstol nos urge a conocer a Jesús de cerca. De hecho, la amistad, el verdadero conocer al otro, necesita cercanía; en parte vive de ella. Según Marcos, Jesús eligió a los Doce con el fin primario de “estar con Él” (Mc 3,14), es decir, para compartir su vida y aprender directamente de Él no solo el estilo de su comportamiento, sino sobre todo quién era realmente Él. Solo así, al participar de su vida, podían conocerlo y luego anunciarlo.
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Más tarde, en la Carta de San Pablo a los Efesios, se lee que lo importante es “aprender a Cristo” (4,20), por lo que no basta oír sus enseñanzas; hay que conocerle en persona, su humanidad y su divinidad, su misterio, su belleza. Esencialmente, no es solo Maestro, sino Amigo, incluso Hermano. ¿Cómo podríamos conocerlo a fondo si nos mantenemos lejos de Él? La intimidad, la familiaridad, la costumbre nos revelan la verdadera identidad de Jesucristo. Así nos lo recuerda el Apóstol Filippo, invitándonos a “venir” y a “ver”, es decir, a entrar en un contacto de escucha, respuesta y comunión de vida con Jesús día a día.
Juventud y compromiso
La pregunta del Santo Padre, cuando se dirigía a los jóvenes, revela un anhelo de un compromiso valiente: la juventud está preparada para acoger y para actuar en beneficio de otros. El Papa Benedetto XVI afirma que hay una fuerte disponibilidad al bien en la juventud, especialmente a través del voluntariado y del matrimonio o el sacerdocio como decisiones definitivas. La educación auténtica requiere despertar el coraje de tomar decisiones definitivas, que permiten crecer y avanzar en la vida, sin que estas decisiones quiten libertad, sino que la orienten en la dirección correcta. En este marco, la educación debe promover “no” a amores débiles y desviados, para dar “sí” al amor auténtico y a la verdad del ser humano creado por Dios.
La belleza de la santidad y el joven rico
Hoy la Iglesia propone a cuatro santos: Rafael Guízar y Valencia, Filippo Smaldone, Rosa Venerini y Théodore Guérin. El itinerario evangélico es exigente, pero llena el corazón. En contraposición, el “joven rico” del Evangelio representa la dificultad de dejar las riquezas para seguir a Cristo. Si se confía en la palabra de Dios y se renuncia a sí mismo y a sus bienes por el reino de los cielos, la ganancia aparece verdadera; los santos han recorrido este camino y han recibido el ciento por uno en la vida terrena, con pruebas y persecuciones, y la vida eterna al final.
La alegría de confiar en Dios
¿Cómo podemos llegar a la santidad y a la amistad con Dios? En primer lugar, no se requieren acciones extraordinarias ni dones excepcionales. Se necesita escuchar a Jesús y seguirlo, incluso ante dificultades. “Si alguien me quiere servir, que me siga; donde esté yo, allí estará también mi siervo” (Jn 12,26). Quien confía en Él y Le ama con sinceridad, como un grano de trigo plantado en la tierra, está dispuesto a morir a sí mismo para encontrar la vida. La experiencia de la Iglesia muestra que toda forma de santidad pasa por la cruz y la renuncia a uno mismo. Los santos son modelos de cómo la gracia de Dios obra en la vida de personas sencillas que perseveran frente a pruebas y persecuciones, buscando la alegría que proviene de confiar en Dios.
El camino de la fe en un mundo secularizado
En la segunda lectura, el apóstol Juan afirma que el gran amor que el Padre nos ha dado es que seamos llamados hijos de Dios, y así lo somos. Todo es don de su amor; en Cristo nos hizo regalo de sí mismo y nos llama a una relación personal y profunda con Él. Cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a Él, más entramos en el misterio de la santidad divina. La fe no es solamente un conjunto de creencias, sino un encuentro con Dios en Cristo que transforma la vida diaria, las mentalidades y las elecciones. El cristiano, una comunidad que actúa en fidelidad al plan de Dios, es un camino privilegiado para quienes dudan sobre la existencia de Dios, exigiendo una transparencia mayor en la vida para que el Evangelio brille en el mundo.
Además, la fe es una vía de encuentro comunitario en la Iglesia: “Solo en el nosotros podemos creer.” La fe es también una ruta de búsqueda, no simple posesión; Dios ama a la humanidad y se acerca a través de la Iglesia, que sostiene a los creyentes en las pruebas y las incertidumbres del mundo moderno. La misión de cada creyente es testimoniar la fe con dulzura y respeto, especialmente ante la visible crisis de la fe de nuestro tiempo y ante el relativismo dominante. La fe cristiana es una invitación a escuchar y obedecer la Palabra de Dios, a vivir la esperanza y a amar con libertad, sabiendo que solo en Dios se alcanza la plenitud de la vida.
La cuaresma y la apertura a Dios
Durante la Cuaresma, la vida cristiana se esfuerza en superar la tentación de utilizar a Dios para nuestros fines y en reordinar las prioridades para colocar a Dios en el centro de la existencia. Las tentaciones de Jesús en el desierto muestran que la verdadera prueba es no instrumentalizar a Dios, sino ponernos en Su voluntad, incluso ante la tentación de buscar poder, milagros o proveer pan sin la presencia de Dios. Convertirse significa dejar que Dios transforme nuestra vida y permitir que la Palabra guíe nuestras decisiones, incluso cuando la cultura contemporánea parece apartarnos de la fe. Este camino de conversión se fortalece en la oración, la lectura de la Sagrada Escritura y la participación en la vida de la Iglesia, para vivir la fe de manera coherente en la vida cotidiana. La gracia de Dios actúa fuera y dentro de nosotros, llamándonos a una existencia que refleje el amor de Cristo a través del servicio, la caridad y la búsqueda de la verdad.
- Ven y ve: conocer a Jesús de cerca.
- Vivencia de la fe: aprender a Cristo, no solo escuchar sus palabras.
- Imitación y comunión: la fe vivida en la comunidad de la Iglesia.
- Decisiones definitivas: el coraje de renunciar para crecer en libertad.

VIVIR TU FE en comunidad
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