Aromaterapia chamánica: piante sciama niche testo in spagnolo

La cultura indígena imagina el alma humana como una de las partes más etéreas y finas del cuerpo que abandona repentinamente al cuerpo en el momento de la muerte. Es algo comparado al perfume, el aroma y la esencia de una flor porque es una de las fibras vegetales sólidas más etéreas. Yo no me considero chamana. Soy aromaterapeuta. Pero como sí creo que los aromas de las plantas son chamánicos, puedo decir que practico un chamanismo aromático. ¿Por qué el nombre de «Aromaterapia chamánica»? Porque así es como la siento.

La aromaterapia es de por sí una especie de chamanismo, ya que sus principales actores son las moléculas aromáticas que vienen contenidas en los aceites esenciales de estos seres vegetales y son ellos los que inducen los viajes a distintos mundos de nuestra conciencia, mundos que todos poseemos con anterioridad pero que muy pocas veces tomamos en cuenta. Los aromas de las plantas hacen visible el mundo invisible y nos abren a un paisaje interior, a una especie de lago del espíritu, a través del cual nuestras vías se comunican, como he podido confirmar según mis propias experiencias al introducirme en el aprendizaje directo bajo el umbral completo -físico, químico, molecular, energético, sicológico y mágico- de las plantas.

Esta práctica sagrada, pues, abre un mundo otro de comunicación con lo desconocido y con lo arcano. Y ello, ese secreto, esa otredad, es lo que me ha impulsado a intentar aprenderlo y practicarlo para luego darlo a conocer a partir de aquello que me fascina y atañe: el aroma de las plantas. Con la aromaterapia chamánica aprendí a viajar con los aromas al tiempo que nutría mi mundo emocional de una manera muy sutil. Es un viaje ritual que comienza en el peregrinar de los olores hacia mi nariz y mi mundo interior. Inhalo y me enfoco en un propósito claro: debo viajar a la otra realidad y buscar allí el alma aromática de la planta. Al encontrarnos, establezco una conversación a fin de poder volver a la realidad ordinaria con una respuesta sanadora.

A través de mi práctica aromaterapéutica, entonces, he podido hurgar de maneras impalpables en las moléculas químicas de las plantas, observar sus vivencias, entender cómo conviven entre ellas y más. He aprendido a percibir e inhalar sus atmósferas y entornos, a enterarme de sus historias e intentar seguir sus caminos odoríferos por distintas partes del mundo. Este conocimiento de las plantas aromáticas yo no lo poseo. Es de ellas y les pertenece a ellas. Yo sólo las escucho, sigo atenta sus consejos, me abro a sus señales y las aplico a quien las necesite. Mirando atrás, veo que a lo largo de mis años mis viajes y movimientos responden a una especie de danza coreográfica guiada por un director en las sombras, que no logro ver, pero que me acompaña por entre las brisas aromáticas que huelo en un bosque, un jardín o una flor.

Y con los años, también, he desarrollado un instinto que me permite comunicarme con las plantas. Lo principal es escuchar lo que me dicen a través de su olor cuando recorro sus lugares. O si estoy en una sesión de aromaterapia, me comunico con ellas a través del aceite esencial que utilizo. Más de una vez una planta aromática me ha dado indicaciones o me ha pedido que haga cosas tales como, por ejemplo, poner un recipiente con agua bajo la camilla para enfriar así un tumor ardiente que crece dentro del cuerpo de la persona que estoy atendiendo. O cubrir las orejas del paciente con la palma de mis manos y dar unos golpecitos con el aroma, como si con ello le tamborileara la resonancia de la fragancia al interior del oído y todo el cuerpo del paciente lo escuchara y entendiera que el aroma también habla a medida que penetra en el cuerpo, entonando mensajes de sanación mediante una percusión que entra vibrante e impulsa rítmicamente el alivio.

Ilustración de viaje chamánico con plantas aromáticas

En otra ocasión una planta aromática me indicó que esparciera agua alrededor de la camilla en forma de brumas que flotan en torno al cuerpo o que soplase entregando con mi propia energía la molécula aromática sobre la parte inflamada del organismo. Mediante estos consejos voy, como si fueran gusanitos finos y delgados que se desenrollan cual madeja, deshilando la enfermedad y creando fuera un ovillo que sale de alguna parte del cuerpo y que finalmente entrego a la tierra para que la disuelva.

Un caso que jamás he olvidado fue aquel en que una paciente, con seis meses de embarazo, se me acercó preocupada por su presión alta. Inicié la sesión y le pregunté a las plantas cuáles eran los mejores aromas a ocupar en esta oportunidad y, tras hacer ellas la selección final, los cogí de forma consciente. Primero puse el aceite de lavanda cerca de su vientre y viajé para preguntarle cómo usarla de la mejor manera posible. Me dijo que remojara con ella los pies de la mujer para bajar la presión y que esto sería placentero tanto para ella como para su bebé, actuando como un calmante silencioso. También salió al ruedo el vetiver, el que fue directo a las arterias y a enraizar la placenta. «Aquí soy la raíz del niño», me dijo para luego informarme que su aroma afirmaría y desbloquearía los canales que se quieren abrir antes de tiempo. El palo de rosa apareció en tercer lugar, buscando el desarrollo de un cerebro sano. Y apenas liberé su aroma, el niño sonrió abriendo sus manitos. La planta luego me indicó que masajeara con el dedo corazón alrededor del ombligo de la mamá. Qué interesante fue ver el resplandor en su rostro gracias a este aroma. Por último, con el olor de la naranja dulce aparecieron muchos «sí», como si fueran notas musicales, implicando que ayudaría al buen dormir, al estiramiento y, de paso, augurando el alma de un niño remolón. Hubo un tiempo en que no entendía de dónde ni qué eran esos mensajes que sentía a través de los aromas, y me avergüenzo de reconocer que ignoré unos cuantos. Hoy, al reflexionar sobre ellos, hago caso a todos y los sigo al pie de la letra.

Pero... ¿cuándo fue que empecé a escuchar a las plantas, a entender el mensaje de sus aromas y a verlas de estas otras maneras? Desde chica veo imágenes, caras y sombras. En su tiempo muchas me asustaban. Ahora sé que eran almas y espíritus que andaban por ahí. Al llegar a la adolescencia, uno de mis juegos favoritos era ir a jugar al cementerio, descubrir tumbas y hacer sesiones bastante amateurs de espiritismo. Allí conversaba con espíritus, pero al volver a la «vida real» aún podía ver almas en las casas y energías en los ojos de algunos seres, como las malas intenciones o cosas así. Estas visiones no me hacen diferente. Soy igual de miedosa que cuando era niña. La diferencia está en cómo las enfrento hoy: si en la niñez pude haber corrido ante una de estas voces, hoy sé que las plantas son mis compañeras y mis guías protectoras.

El palo de chonta, por ejemplo, me previene y me guarda; la rosa damascena levanta mis energías y guía mi día a día; o el oud, que siempre me acompaña y me recuerda que en todo lo que me rodea, un insecto, una hierba o una rama, se esconde un alma. Hay plantas que me ayudan a crear puentes que destraben los obstáculos que misteriosamente se interponen en mi camino y otras que me permiten «ver hacia dentro».

La artemisa, por ejemplo, es una de esas compañeras que desliga y ayuda a ver mejor la salud. O el vetiver, que me ha ayudado a ver la historia de mi vida pasada, esos fragmentos de vida de mi otra realidad, casi imperceptibles, pero que se aferran enviando mensajes constantes a esta realidad -que antes obviaba-, como diciendo: «para que no me olvides». Estoy convencida de que todos tenemos otra vida, una especie de alma paralela que funciona como si fuera un espejo interno. El aroma de las plantas es un halo sutil que intercomunica y, como he entendido, puede ayudarnos a descubrir algo que está metido en algún secreto rincón de nuestra vida o incluso algo de aquellas vidas pasadas, un fragmento de historia que quizá nunca desenterremos, pero que siguiendo los aromas de las plantas podremos descubrir.

A medida que pasa el tiempo (y hay aromas que tienen una relación muy intensa con él), es inevitable que nuestro cuerpo envejezca. Pero la paradoja está en que el tiempo mismo nunca envejece. Está allí con una única misión: entregarse rítmicamente a la naturaleza en una danza coordinada. Porque las plantas tampoco envejecen. Al contrario, exfolian sus hojas para que aparezcan nuevas y una sola planta produce miles de semillas. Nosotros también exfoliamos la piel, es cierto, pero que moriremos en un momento dado, también lo es; y sólo podemos tener hijos (semillas) hasta cierta edad. El tiempo, en tanto humanos, nos pone límites; sin embargo, la especie de la planta sigue viva y renace año tras año con su misma forma, su mismo color, su misma textura y su mismo olor.

A veces puede cambiar un poco -el clima, por ejemplo, puede hacer que un aroma sea más dulce o más agrio-, pero al fin de la jornada las plantas tienen más historias y saben más que nosotros acerca de sus familias y sus raíces. En otras palabras, los seres vegetales se conectan con el tiempo para entregar su sabiduría ancestral y narrar las muchas historias que han pasado por sus ramas. Solo si logramos mirarlas así tendremos la oportunidad de viajar a conocerlas para conversar con sus almas. Y eso es lo que ofrece la aromaterapia chamánica: una herramienta que nos permita conectarnos con las plantas, una manera de aprender a conocerlas. A cambio solo nos piden observarlas para entender cuándo, cómo y en qué momento se desprenden del tiempo, entregan sus flores, sus frutos, desgajan sus ramas, liberan a sus hojas y esparcen al aire sus efluvios aromáticos conquistando todas las fronteras del mundo y llegando aún más lejos.

Algunas plantas oraculares son muy conocidas, como la coca o la milenrama, que tantas generaciones de vidas han visto pasar. Esta última, conocida también como achillea -la diosa de miles de brazos-, tiene un alma que se encarga de abrazar al tiempo con el oráculo del I Ching, que con paciencia reparte sus varillas y aclara nuestras ideas. O tomen el caso de la angélica, que asiste tomando sutilmente de las manos y acompaña a la muerte, ayudándonos a comprender que se nos acabó el tiempo en este mundo y, en un último despido, entrega y guía dulcemente al que se niega a partir, traspasando el testimonio al tiempo, encargado de llevarlo a un viaje más largo. O mi místico árbol del oud, un árbol de consistencia opulenta, de profundo bagaje de sabiduría, que todo lo sabe e inyecta sus raíces en lo más profundo del mundo de más abajo, al ser la única madera que se hunde y se toma el tiempo en las profundidades para luego liberar su esencia aromática.

Pero tanto hablar del tiempo «físico» hace que me contradiga, porque el tiempo chamánico no existe en la mente. Uno no tiene ni tiempo ni espacio y, como el viaje chamánico es atemporal, uno puede viajar temprano en la mañana y notar que a medida que te desplazas ha caído la noche o viceversa: comienzas rodeado de oscuridad y pronto te descubres envuelto por luces o una iluminación total. De lo que no hay duda es que la aromaterapia chamánica existe y nos hace entrar en comunión con todos los elementos de la naturaleza, sean minerales, vegetales o animales, imperecederos dentro de los reinos de lo natural. Y comprender esto es lo que me tiene cautivada.

Día a día he ido metiéndome, intentando habitar, en ese mundo de plantas y árboles selváticos; he visitado a las que se esconden bajo tierra y escalado para conocer a las que viven en la cima de las montañas. Y este camino, que en sus comienzos semejó una aventura lejana, extrema, me mostró luego lo obvio: debía también ser capaz de ver de otra forma a la simple hierba silvestre que florece año a año en el camino a casa. Es decir, no es necesario viajar a costas extrañas para entablar una relación con las plantas. Estamos rodeados por ellas y todas tienen un mensaje para dar. Como dijo Gustav Fechner, «Ellas, silenciosas, están ahí». Siempre. Es tiempo, pues, de abrir nuestros sentidos.

Y he aquí la razón de este libro: un intento de abrir la puerta de nuestras vidas a los vegetales aromáticos y ayudar a reconocer el gran aporte que nos hacen. Para lograr esto, no puedo olvidar mencionar a todos aquellos primeros conversadores de plantas, los grandes conocedores de su esencia y que, como bien imaginan, son los chamanes y curanderos de las culturas originarias. Siempre me ha conmovido la presencia de la planta en el altar de la machi o de la ñusta, la sacerdotisa que lo dispone todo como una ofrenda de y para la naturaleza en pos de un halo de luz de sanación.

Esas curanderas nos han legado, muchas veces incluso sin saberlo «conscientemente» herramientas, llaves y claves esenciales que hoy debemos entender y practicar. Porque los olores de las plantas nos ayudan a ser y estar más conscientes y alertas ante lo invisible, ante aquello que no vemos pero que está allí y nos puede dañar o ayudar a sanar. Nos ayudan a desarrollar la intuición. Nos enseñan a abrir nuestras puertas para que la sabiduría de la naturaleza nos invada y nos haga mejores seres humanos. Nos permiten desplegar la ventana de nuestros ojos internos y orientarla hacia la trasmutación de los sentidos, para que así podamos ver, por ejemplo a través del erizamiento del vello de nuestra piel, las tramas y urdimbres invisibles que se entretejen en el espacio alrededor.

Los aromas traen consigo anuncios invisibles que nos advierten de lo que pasa en nuestro entramado corporal, y si sabemos distinguirlos, podemos aprender a percibir todo aquello, por más sutil que sea, que nos impacta para luego, al haberlo aprehendido, sacar la capa y hacerle un Ole de torero a los peligros. Esa sabiduría innata -está en todos nosotros, aunque jamás la hayamos escuchado- es la que nos da las herramientas y estrategias para abrir la percepción a la intuición primigenia al unirse a nuestra propia capacidad. Y es precisamente esa búsqueda del cómo fusionar las técnicas chamánicas, sus viajes y sus trances con los aromas del mundo vegetal, animal y mineral lo que abre la puerta de entrada a la aromaterapia chamánica.

Este libro, entonces, pretende traspasar las experiencias, reflexiones y conversaciones que he tenido con las plantas aromáticas y cómo he entregado lo aprendido a mis alumnas. Si me lo permiten, es hora de entrar por esa mágica puerta aromática. En este libro los llevaré por el recuerdo de mis viajes chamánicos, los aromas de las plantas aromáticas que me rodearon y les relataré parte de los cursos que he impartido en distintos lugares del mundo y a diferentes culturas, dándome la hermosa oportunidad de viajar y compartir con la naturaleza aromática nativa de muchos lugares del globo. He viajado con sus sueños, he oído sus experiencias, he conocido sus sanaciones a partir del encuentro entre el aroma y el viaje del alma y he sido también conducida por aquellos elixires aromáticos de las plantas que han acompañado...

  1. Expediciones y encuentros con chamanes y plantas visionarias.
  2. Roles de las plantas en rituales y limpias, con ejemplos como ayahuasca y otras sustancias.
  3. Conexión entre aroma, memoria y sanación emocional.

En estos días, los expedicionarios tahinos se han adentrado en la selva amazónica, donde han podido contemplar la extraordinaria fauna y flora que la conforman. Evidentemente, la mayor parte de los miembros de un poblado desconocen cuál es el uso concreto de cada planta en diferentes situaciones. Es por eso que en cada tribu existe la figura del Chamán o médico naturista. Esta persona, hombre o mujer, debe haber pasado una preparación previa, donde se incluye una supervivencia de ciertos días solo en medio de la selva, enfrentándose a todas las dificultades y retos que ésta le presenta. Además, debe realizar también ocho días de ayuno completo. El Chamán acostumbra a vivir con toda su familia, y suele estar muy bien considerado entre todos los miembros de la tribu. Si cualquiera solicita los conocimientos de un Chamán, él le ayudará en lo que sea necesario. A cambio, el enfermo recompensará sus servicios con algún regalo que se pueda permitir económicamente.

Nuestros Tahinos, gracias a la Expedición Tahina-Can Bancaja, han podido visitar el humilde hogar de un médico naturista, quien vive en armonía, en el corazón de la selva, junto con su esposa, sus hijos y sus nietos. Al adentrarse a su propiedad, podemos percibir que el Chamán cultiva en los alrededores de su casa una gran cantidad de plantas medicinales, como también otras plantas para su consumo diario. Mientras caminamos, nos topamos con la Caña de Agua, planta útil para el hígado, corazón y riñones. Continuamos andando y nuestro Chamán nos explica que en la selva existen las llamadas Lianas de Boa. Son plantas trepadoras que estrangulan a grandes árboles, matándolos y dejando que se pudran. En el hueco que al final queda en el interior de la liana, dicen los kichwas, viven los espíritus malignos de la selva. Cada vez que alguien se adentra en la selva, estos espíritus le provocan vómitos, diarrea y mareos.

Charla: "Plantas y sus usos: en la Medicina Tradicional Indoamericana de la selva amazónica"

El Chamán reemprende la marcha en una nube repleta de misterios y enigmas. Los Tahinos le siguen. Vuelve a pararse. Y justo al lado se encuentra una de las plantas más importantes que la Amazonía ecuatoriana ofrece a sus pueblos: la guayusa. Nos dice nuestro amigo que de todas las plantas conocidas, ésta es la que tiene una concentración mayor de cafeína. Cada día, a las siete de la tarde, las mujeres cocinan sus hojas. Al día siguiente al despertar, es decir, a las dos o a las tres de la madrugada, todos los miembros de la familia, incluidos los más pequeños, toman la infusión que resulta de esta planta. Debido al alto contenido en cafeína, les permite empezar el día con muchísima energía, despejándoles de cualquier indicio de sueño y manteniéndoles en alerta para los peligros que puedan esperarles en la selva.

De repente, el Chamán lleva a los Tahinos con él a la otra parte del jardín, justo enfrente de un árbol llamado Palma Caminante, pues da la impresión que el vegetal en cualquier momento se vaya a poner a caminar con las numerosas raíces que emergen de su tronco. Y detrás de él encontramos un cúmulo de plantas medicinales juntas: la albaca, para problemas estomacales, gastritis o hernias de hiato; la ortiga, que aunque al principio produce escozor, nos asegura que luego ayuda a mitigar el dolor en cualquier zona del cuerpo, pues es analgésica, y también ayuda a purificar la sangre y a acabar con los calambres. A su lado se encuentra la Condición, de cuyas hojas, si se machacan bien, se extrae un zumo que se utiliza para el resfriado.

Y tras esta clase magistral, nuestro médico naturista dirige al grupo de estudiantes al interior de su casa, una modesta cabaña donde convive una muy numerosa familia. Los Tahinos se sientan en unos bancos mientras la mujer de la casa les cocina pescado envuelto en la llamada Hoja Triste o Marantácea. Es entonces cuando el Chamán coge un taburete y se sienta en frente de los jóvenes Tahinos. Se dispone a realizar una "limpia" a dos de ellos. Así pues, sentado en su taburete, pide silencio a todo el mundo. Uno de sus hijos le acerca a sus desgastadas manos un cuenco que contiene ayahuasca, la soga del muerto. Consiste en una droga alucinógena que los chamanes utilizan para abstraerse, contactar mejor con la naturaleza y así poder realizar correctamente las limpias.

Actividad de ayahuasca en ceremonia

Nuestro Chamán pide que dejemos pasar 15 minutos para que la droga le haga efecto. Ésta le produce midriasis, es decir, dilatación de la pupila, y por ese motivo necesitará que la luz sea mínima. A medida que transcurren los minutos, y el día se va acabando, la habitación se oscurece mientras el humo de la hoguera encendida sigue estando presente en el ambiente. Su hijo le acerca otro cuenco en donde hay jengibre. Pasados tan sólo 10 minutos, nuestro protagonista susurra: "ya puedo empezar". Un voluntario se levanta y se sitúa, en cuclillas, en frente del absorto Chamán. La música del Chamán rodea a los Tahinos, les entra por los oídos y se hace huésped de su ser. El momento es mágico, y las personas que están ahí sentadas comparten estancia con los espíritus de la Naturaleza. Nunca había estado ésta tan presente en sus vidas.

Non è però il numero degli alveari che conta, bensì quello delle api e degli sciami: il numero effettivo di api che promuovono activamente el miele en su conjunto, da cui depende la especie humana y que es tan útil a todos, todos nosotros. No es el número de colmenas, sino el número de abejas y el número de enjambres lo que importa a fin de cuentas: las cifras exactas de abejas que estimulan activamente los productos hechos de miel de los que dependemos como raza humana y que son tan beneficiosos para todos -todos y cada uno de nosotros-.

Questi provvedimenti contribuiscono a migliorare la salute delle api, aumentare il numero degli sciami e incrementare la produzione di miele. Dichas medidas contribuyen a mejorar la salud de las abejas, a aumentar el número de enjambres y a aumentar la producción de miel. Serve supporto finanziario per ricercare le cause diq euste patologie e dei fattori che stanno causando una diminuzione della resistenza delle api e la morte degli sciami. Por eso es necesario el respaldo económico a la investigación de las causas de las enfermedades de las abejas y los factores que están ocasionando la reducción de la resistencia de las abejas y la muerte de enjambres.

Questo pomeriggio parleremo del calo degli sciami di api. Esta tarde estamos debatiendo la disminución del número de abejas.

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