Tan antiguas como las catedrales góticas, y sin embargo infinitamente más frágiles que ellas, llegan hasta nuestros días las palabras de Dante Alighieri. De la misma forma en que las catedrales nos asombran, pueden desconcertarnos sus proporciones, los métodos empleados para su construcción y otros detalles, y con facilidad nos extraviamos en sus pasadizos o, lo que es parecido, perdemos su significado y su belleza. Varias veces intenté leer la Comedia sin lograr avanzar más allá de unas páginas. Me adentré en ella pensando que bastaba saber leer ‒es decir, encadenar las palabras y los signos‒, para poder hacerlo. Supongo que mi actitud se asemejaba a la de esos turistas que ingresan a las catedrales hablando a gritos, mascando chicle o comiendo helados y disparando fotografías en todas direcciones.
La primera dificultad que enfrentamos al leer la Comedia son las abundantes referencias a personajes y hechos de la antigüedad clásica, de la “historia sagrada” y de la época del autor, que incluso los especialistas tienen dificultades para desentrañar hoy. Por “cosmovisión medieval” me refiero en primer lugar a la concepción del espacio y del tiempo terrenales, no a los trasmundos que constituyen la materia principal de la obra. Todo lo anterior, aunado a la dificultad de traducir un texto de estas características y antigüedad, hace que, como Dante al inicio el libro, los lectores nos sintamos extraviados “en selva oscura”.
A pesar de la analogía inicial con las catedrales, no me interesa aquí “la arquitectura” del poema, ni su supuesto código cifrado de carácter esotérico: “Oh los que de la mente os sentís sanos, / mirad bien la doctrina que velada / se encuentra de mi verso en los arcanos”. ¡Qué desconcertante resulta para un lector mestizo-americano tomar conciencia de que Dante vivió siglo y medio antes que Nezahualcoyotl! El tajo de la conquista y colonización europeas fue tan profundo, que para nosotros lo amerindio es siempre anterior o más antiguo que lo europeo. Pero América ni siquiera asomaba como una sospecha en el firmamento europeo cuando Dante escribía sus versos. También la imprenta era todavía un sueño agazapado en el futuro lejano de Europa, y durante casi dos siglos tras su aparición, la Comedia circuló exclusivamente en copias manuscritas en pergamino, al alcance de unos pocos príncipes, abadías y monasterios.
No es necesario leer la Comedia para saber que su gran matriz narrativa es el Viaje, no en balde sus primeros versos hablan ya del camino de la vida. A diferencia de la Odisea, no se trata de un regreso como el de Ulises ni de una Búsqueda como la de Telémaco, sino de un viaje de descubrimiento o, mejor aun, de un viaje de conocimiento. Tampoco es necesario haberla leído para saber que el viaje llevará a Dante, autor y protagonista de la obra, hacia los trasmundos terrenales, Cielo, Infierno y Purgatorio, es decir, hacia el “más allá.” Más allá de la vida corporal y sensorial, vive Psique, el alma. Al inicio, Dante se encuentra extraviado en “selva salvaje, áspera y fuerte”, tan amarga que “algo más es muerte”.
En efecto, el poeta asoma a la frontera de la muerte; su alma “que fugitiva entonces era”, se ha encaminado ya por el camino sin retorno. Entonces, antes de ser devorado por bestias salvajes que vienen a su encuentro, lo rescata Virgilio, en adelante su guía y maestro. Virgilio y Dante regresan, mas no al mundo de los vivos ‒vedado hace mucho tiempo a Virgilio‒, sino al de los espíritus: aquellos cuyos días en la Tierra llegaron a su fin. Tanto Virgilio como el mismo Dante y todos aquellos con quienes cruzan en el camino, advierten que Dante no ha muerto, pues su cuerpo ‒o más bien su alma‒ proyecta sombras y respira. “Éste no ha conocido su postrera / tarde, mas, de locura poseído, / en poco estuvo de que por fin la viera” (‘Purgatorio’, I).
El viaje de Dante es, pues, un viaje “espiritual”, un viaje iniciático. Para responder a esa pregunta, debemos dirigir nuestra mirada hacia Beatriz, o mejor dicho, hacia el espíritu de Beatriz, quien desde su morada celestial y “movida por divino Amor”, pide o manda a Virgilio que acuda a socorrer a Dante en el peligroso trance en que se encuentra. Resuenan, pues, aquí, ecos del descenso a los Infiernos de Orfeo en pos de Eurídice, así como también del descenso a Xibalbá de la princesa Ixquic, atraída por Jun Junapú, cautivo en el inframundo de los maya-quichés. Virgilio explica a Dante (‘Purgatorio’, I) que ha sido designado para salvarlo ‒su alma, se entiende‒ y que para lograrlo “no hay otra vereda / que esta, en la que con él ando metido”. Y agrega poco después que Dante “busca la libertad, para él muy cara”.
El propósito del viaje de Dante es, pues, la libertad o, lo que es lo mismo, la salvación de su alma, y la forma de conseguirla es el conocimiento. El principal conocimiento que debe adquirir Dante en su viaje iniciático ‒y con él, los lectores que peregrinamos por el libro‒, no es que existan un Cielo, un Infierno y un Purgatorio como prolongación espiritual de la vida terrenal, a donde accederemos al morir al cuerpo, ni mucho menos que la vida terrenal sea ilusoria o despreciable. No se trata de eso. La prueba más palpable de esta imbricación son las almas de los personajes que Dante encuentra en su camino, cuyo destino forjaron y sellaron sus acciones en vida: lo que hacemos aquí tiene implicaciones para nuestro porvenir trasmundano, pero inversamente, también, lo que ocurre allá puede tener repercusiones aquí.
La principal y mayor prueba de esto último es la Encarnación divina ‒evento trascendental donde los haya‒, pero también lo son la misión salvífica que Beatriz encomienda a Virgilio y las oraciones que los vivos elevan por la salvación de las almas de los difuntos. Aunque separados, el mundo terrenal y los trasmundos espirituales son permeables, se comunican e interactúan. “¿Quién, si yo gritase, me escucharía desde los órdenes / angélicos?”, se preguntará Rilke cinco siglos más tarde. Además de oxígeno, agua y alimentos, los humanos necesitamos esperanza ‒es decir, un sentido, una razón, un para qué estamos viviendo‒. Debemos entender el descenso de Virgilio y Dante por los Infiernos como una regresión hacia lo sub-humano del alma o la psique. ¿Qué mejor representación de esto que aquellos condenados cuya cabeza ha girado por completo y llorando caminan hacia atrás?: “A su espalda miraba aquella gente / y marchar hacia atrás les convenía, / pues no podían caminar de frente” (‘Infierno’, XX).
Características principales de este descenso son la discordia y el conflicto permanentes ‒el choque violento y desintegrador de las energías‒, la bestialización ‒simbolizada en su encuentro con diversos animales mitológicos, y ¿qué son los demonios sino entidades semi-humanas y semi-bestiales?‒ y la desintegración ‒en su tormento, los seres son desmembrados, o bien, pierden su sustancia en los calderos infernales‒. En esta regresión hacia lo sub-humano, Dante y Virgilio atestiguan el estadio vegetativo de Psique ‒“Hombres fuimos y leña estamos siendo” (‘Infierno’, XIII)‒, y se enfrentan a la sobrecogedora imagen del monstruo Gerión, una simbolización del cerebro reptiliano o “cerebro antiguo”, a lomos del cual descienden hasta los círculos más profundos del Infierno: “La cola en el vacío meneaba / agitando su horquilla venenosa / que a guisa de escorpión la punta armaba” (‘Infierno’, XVII).
Conforme Virgilio y Dante descienden, la regresión psíquica progresa hasta consumarse la bestialización (‘Infierno’, XXV): “Nunca la hiedra estuvo tan unida / al árbol como estaba aquella fiera / con él, miembro por miembro, confundida. Se fundieron después como la cera caliente / y se mezclaron sus colores: ninguno parecía el que antes era”. Y más adelante: “El alma aquella en fiera convertida / silbando huyó por el oscuro foso, / y la otra le escupía enfurecida”. Bestialización y desintegración se consuman en lo más profundo del Infierno; la imagen para transmitir esto es el canibalismo, pues ahí las almas se devoran unas a otras, disolviéndose o fusionándose (‘Infierno’, XXXII).
Similar cosa ocurre con la desintegración física, correlato de la psíquica. Conforme se profundiza en los infiernos, aquella se consuma: “Yo he visto, es cierto, y creo ver ahora / un busto sin cabeza que marchaba / entre los otros de la grey que llora; / la testa por los pelos sujetaba / transportándola a modo de linterna”. En el pasaje entre el octavo y el noveno círculo de los infiernos (‘Infierno’, XXI), Virgilio y Dante encuentran a Nemrod, responsable de la edificación de la Torre de Babel, quien se dirige a ellos en una lengua incomprensible. Virgilio explica a Dante que deben alejarse de él, pues “hablarle es cosa vana: / que, igual que nadie entiende su lenguaje, / no comprende ninguna lengua humana”.
Imagen desoladora de la soledad absoluta esta, acaso de la locura, pues la lengua, creada para la comunicación y el encuentro humano, se convierte aquí en barrera infranqueable de incomunicación y aislamiento. La individualización es una conquista evolutiva (por tanto, progresiva). Conforme descienden por los Infiernos, nuestros peregrinos asisten a la progresiva “despersonalización” de los seres que encuentran en su camino, pues “si del no conocer fueron viciados, / no se conoce ya su faz sombría” (‘Infierno’, VII). Otra característica destacable de su recorrido ‒una que se mantendrá en el Purgatorio‒, es la alternancia entre “pasajes” y “estadios”.
Los “pasajes” representan el tránsito o la transición entre dos “estadios” y usualmente están resguardados por un Guardián o Vigilante, responsable de regular el paso entre ellos, en tanto los estadios son condiciones más estables o situaciones más duraderas, por decirlo así. Asimismo, los pasajes implican siempre la superación de dificultades o desafíos especiales. La salida de los Infiernos y el pasaje al Purgatorio también está resguardada por un guardián, más este tiene, por primera vez, rostro humano. Toda la escena reviste las características de un delicado amanecer. Para obtener su paso, los peregrinos ya no apelan al mandato divino (que ha abierto sus caminos en los mundos inferiores), sino que solícitos, brindan explicaciones detalladas al guardián sobre el propósito de su viaje. Siguiendo las indicaciones que él les da, Virgilio procede a lavar a Dante: “puso ambas manos en la hierba fría / suavemente el maestro y, advertido / del arte que ejercer en mí quería, / yo le tendí mi rostro humedecido / de lágrimas, y él puso al descubierto / el color que el infierno había escondido” (‘Purgatorio’, I).
Cuando los peregrinos han abandonado el Infierno, pero aún no ingresan propiamente al Purgatorio, el paisaje se torna terrenalmente familiar: amanece y anoche, hay hierbas, árboles y juncos: “apenas arrancada / la humilde planta, su lugar ya era / ocupado por otra renovada” (‘Purgatorio’, I). Más adelante, en el Paraíso Terrenal, última estación de su tránsito por el Purgatorio, se solazarán también con el canto de los pajarillos. Apenas ingresando al Purgatorio, Virgilio y Dante reciben una advertencia: “Entrad, más id bien advertidos / de que aquí (es decir, al inicio del camino) vuelve quien vuelve la mirada” (‘Purgatorio’, IX).
Por primera vez en su travesía, en el Purgatorio Dante experimenta un sueño: “un águila en mi sueño suspendida / ver creí ‒su plumaje era dorado‒ / que a descender estaba decidida” (‘Purgatorio’, IX). Casi enseguida se refiere que, mientras Dante sueña, “llegó una dama y dijo: ‘Soy Lucía: / dejadme que lleve a este durmiente / y de este modo acortaré su vía’” (‘Purgatorio’, IX).
El Purgatorio debe verse como un tránsito para la depuración del alma. Aquí, el peregrino debe despojarse de hábitos, ideas y pasiones perjudiciales: vanidad, envidia, ira, soberbia, codicia, tacañería, indolencia, lujuria, glotonería, sed de venganza… Dado que todas están profundamente arraigadas en el alma, librarse de ellas demanda esfuerzo, por eso la imagen fundamental aquí es la de un penoso ascenso.

En la tradición crítica y teórica, Dante es visto como precursor de la idea de inteligencia espiritual o spiritual intelligence, capaz de unir experiencia, intuición y praxi…
Canto 26 - Infierno - Divina Comedia - Dante Alighieri - Resumen comentado - Análisis literario
El análisis de la teología y la estética permite comprender por qué Paradiso, pese a las críticas, es indispensable para la imaginación cristiana moderna. Dante no ofrece una visión meramente cosmológica, sino una vía para entender que la belleza de Dios y la verdad convergen, y que la alabanza forma parte de la paz que emana del Creador. La estructura de las esferas y la progresión de la visión culminan en la unión con la Trinidad en el Empíreo, donde la Virgen, los patriarcas, los apóstoles y la Iglesia triunfante acompañan al poeta en la contemplación de la plenitud divina.
En definitiva, la Comedia demuestra que poesía y teología no solo son compatibles, sino que se sostienen mutuamente. Dante accede al entendimiento por medio de imágenes, diálogos y relatos que provocan una apertura interior, una inteligencia espiritual que trasciende la mera acumulación de información y revela un saber fundado en la experiencia y en la voluntad libre.
- Guía necesaria: la presencia de Virgilio y, en la segunda mitad, Beatriz como guía espiritual.
- Descenso para ascenso: la lógica de ir hacia abajo para poder subir con mayor claridad.
- Presencia del tiempo: el pasado, el presente y el futuro coexisten en el viaje y en la experiencia divina.
- Viaje helicoidal: la experiencia no es lineal, sino cíclica y progresiva alrededor de un eje central de amor y conocimiento.
Estudios modernos destacan que Paradiso, a pesar de sus desafíos estéticos, ofrece una visión de la belleza divina y una comprensión de la paz que acompaña a la alabanza, conectando la experiencia humana con la trascendencia. Dante, en su ascenso final, demuestra que la verdad se revela progresivamente y que la plenitud de la experiencia divina se alcanza mediante la perfecta armonía entre poesía y teología.
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