Danzas Sagradas Circulares: círculo espiritualidad y danza como camino de unidad

La danza, como expresión movida por el poder trascendente, es la forma artística más antigua. Ya desde muy temprano, antes de utilizar los materiales para expresar nuestra experiencia de vida, lo hicimos a través del propio cuerpo. Primitivamente se bailaba la alegría, el miedo, el amor, la muerte o el nacimiento. El movimiento es para celebrar o intentar soltar lo que nos agobia. Con esta danza descubrimos lo esencial de la vida. Las Danzas Sagradas Circulares se bailan de esta forma porque el círculo es la representación de la fuerza que tiene la estructura del Cosmos. Es un espacio que nos hace conscientes de la unidad en el todo. Se les llama sagradas porque hay que estar presente en cada paso, en cada gesto. Se relacionan estrechamente la forma y la consciencia. Al estar en contacto con el interior de cada uno de los integrantes del grupo, es una oportunidad de trascender diferencias culturales y sociales, pues en esa situación se habla el mismo lenguaje de amor y aceptación. Las Danzas Sagradas Circulares fueron recopiladas por un teólogo, coreógrafo y maestro de ballet llamado Bernhard Wosien. Emprendió un viaje en el que fue investigando las danzas folcklóricas de muchos países, llamándole especialmente la atención las griegas. El círculo resume en su simplicidad la realidad dinámica. Lanzamos una piedra al agua y nos encanta ver las ondas que van surgiendo. La sangre fluye y circula por nuestro cuerpo cuando todo va bien. El círculo está formado por una tríada (centro, círculo, circunferencia). El número tres simboliza la manifestación y vuelta de la dualidad a la unidad. El centro es el origen de donde todo surge por irradiación. Eje inmóvil de la rotación del devenir. Es lo más importante, pues da el equilibrio. Es origen y destino. Cuando hacemos un giro en ballet tan importante es el inicio como el final. El círculo sería como el alma de la circunferencia o materialidad corporal. La expresión tridimensional de la perfección del círculo es la esfera, figura que simboliza la armonía de la totalidad. Todo es cíclico en la naturaleza. (R.W. Para el Budismo la existencia se simboliza con la imagen de la rueda de Samsara. Es una imagen de los distintos reinos y sus habitantes, con sus límites y sufrimientos particulares. La rueda gira por las acciones de esos seres y sus consecuencias kármicas. Otra rueda expresa el camino de la liberación de ese sufrimiento mediante las enseñanzas de Buda: la rueda del Dharma. Toda práctica espiritual supone un recogimiento y cada persona tiene un camino propio hacia sí misma. El centro es transpersonal (está más allá del ego) y es universal, el mismo para todos. Tal vez por eso, cuando bailamos en círculo, sentimos una experiencia que difícilmente se puede sustituir. Tenemos la independencia de ser esencialmente cada cual, y al mismo tiempo, tenemos el espejo de los demás. Tener presente ese centro invisible nos hace humanos. Nos tienta el acercarnos y separarnos y de vez en cuando del vacío y percibir en ese hueco un trocito de eternidad. Mandala en sánscrito significa “círculo”. Los mandalas son diagramas geométricos cuyo centro se expande y vuelve a su origen delimitado por un círculo. Esto favorece la integración de la consciencia y la relajación mental. Imaginemos una coreografía en la que los bailarines se configuran de esta forma y se mueven en torno a un centro. Cuando observamos un mandala antes de decorarlo nos da muchas veces la sensación de que se mueve desde su profundidad, precisamente por esa forma circular que no tiene punto y final. Al igual que un collar de cuentas redondas que cuelgan de un hilo fino, seríamos como bailarines que giran gracias a ese espíritu invisible que nos sostiene en el gran círculo universal. “El significado y el objetivo de danzar es la danza. El movimiento circular nos recuerda que debemos dejar que la vida siga su curso, el ritmo de la vida es el mismo que el de la música. Debemos aceptar que esa coreografía es muchas veces dolorosa; pues tratamos de encontrar una seguridad que fácilmente se tambalea y acaba en espiral. Pero si aceptamos que todo es cambio, podemos engancharnos otra vez a esa rueda en la que pasado y futuro no existen. En ese momento en el que damos la pirueta y sentimos que tenemos equilibrio, muchas veces olvidamos que también debemos vigilar cómo caemos. Al menos nos quedamos con esos segundos luminosos en los que desaparecen los juicios de valor y simplemente vivimos el movimiento, la pausa o la transición. Ese intervalo en el que no tenemos expectativas, nos desapegamos y ya no necesitamos que se prolongue lo placentero o desaparezca lo desagradable. Simplemente observamos, actuamos y aceptamos lo que se da en lo que estamos viviendo. Contemos y bailemos nuestra historia de manera circular. La palabra y la danza son un fin en sí mismo, no son para llegar al punto o postura final. En tiempos como los nuestros, caracterizados por un aumento en las formas de expresión de la violencia, la intolerancia y la desconfianza en el otro, y en los que, además, se intensifica la pérdida de sentido y de referentes que nos conecten con lo sagrado, también se observan experiencias más positivas, en las que tanto personas como movimientos trabajan por la paz, buscando recuperar la armonía y la confianza. El movimiento surge con Bernhard Wosien (1908-1986), a partir de su incansable trabajo en Escocia durante los ’70s, con el objetivo de preservar danzas y bailes tradicionales de distintos pueblos. Wosien constata que la danza es parte de la ritualidad de muchas comunidades, y que danzar juntos constituye un vínculo entre las personas y la comunidad. La danza circular genera pertenencia y hace comunidad. Las coreografías y movimientos realizados, en su mayoría en círculo y tomados de las manos, nos ayudan a generar una conciencia colectiva que se construye trascendiendo las fronteras de edad, sexo, idiomas, nacionalidades y religión. Mi acercamiento hacia las danzas circulares sucedió el año 2017, en una jornada de reflexión con los profesores y funcionarios del IPH (Instituto Padre Hurtado de Huechuraba). En esa ocasión se nos ofreció un pequeño taller de danzas donde se buscaba que los participantes lograran una conexión con su interioridad, esto es, con el mundo de sus afectos, memorias y emociones. Posteriormente, en octubre de 2017, participé del 7º Festival de Danzas Circulares de Chile (video aquí). Allí comprendí que las danzas circulares son una expresión privilegiada de la corporalidad en movimiento, y remiten a un espacio sagrado, al mundo interior, donde uno puede encontrarse consigo y con el Otro. En estas dos experiencias iniciales descubrí tanta profundidad que continué asistiendo a una ronda que se reúne semanalmente a danzar. Comprendí que lo importante no es que no te equivoques, sino que bailemos juntos, como me decía una compañera. Hoy, después de cumplir un año bailando en la ronda de San Miguel, sigo cosechando los frutos de esa experiencia espiritual. La danza en forma circular posibilita la experiencia de la unidad y la diversidad. El círculo -la forma más común de los bailes en grupo de diferentes pueblos-, es el lugar de encuentro con los demás y, a la vez, con lo sagrado. En el círculo todos estamos en el mismo nivel. La horizontalidad es evidente, pues cada una de las personas le da forma; nadie sobra, nadie está demás. La forma circular, además, favorece la concentración de los que integran la ronda, colaborando para que la atención se enfoque al momento presente. Es un ejercicio de la colectividad, por lo mismo, fundamentalmente comunitario. ¡En el círculo llegamos a ser uno! Las danzas son también una caminata en dirección al silencio. Solo en el silencio la escucha atenta del otro se hace posible. El silencio es a la vez ejercicio de escucha, don de sí y acogida del otro. Es dar oportunidad a otras dimensiones de nuestro ser, que normalmente no salen a flote, porque se privilegia la intelectualidad y el desempeño de tareas mecanicistas. Danzar no es un ejercicio de la razón, propiamente hablando. No se refiere a una teoría o a una elucubración. La danza, como expresión espiritual y artística, pertenece más a la esfera de la intuición. Se mueve, junto con la música, en el mundo de los afectos, de los sentimientos. Además, por su carácter práctico, traducen en movimiento el lenguaje corporal, la armonía y sincronía entre todos. En las danzas todos los movimientos se hacen oración. El arte, la danza y la música transitan en la esfera de lo sagrado; son vehículos suyos y, por ello, se relacionan a la interioridad, a la trascendencia. Son actividades del espíritu y, por lo mismo, constantes. El ser humano es un buscador de lo sagrado y lo busca en su espíritu. En ese sentido, las danzas circulares nos pueden ayudar en el cultivo de nuestra espiritualidad, pues a través de ellas podemos encontrarnos con nosotros y con los demás. El mundo es nuestra casa y no necesitamos salir de él para encontrar lo sagrado que lo habita. Más bien, necesitamos cambiar nuestra mirada, y, como un artista, dejarnos sorprender por la realidad, para encontrar la belleza y la armonía presentes en nuestra cotidianidad.

Transiciones suaves que conectan ideas clave sin añadir nuevos datos

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