Evolución del monacato en la Edad Media: civil y espiritualmente

Los dos caminos que se abren al cristiano en la Edad Media cuando se plantea su modo de vida durante la edad adulta son matrimonio y monacato. Ambos tienen ventajas y perjuicios, pero ninguno es fruto solo de la decisión personal puesto que la presión del grupo familiar es determinante. En la segunda vía trata tanto de las instituciones religiosas en sentido estricto como de otras formas de vida religiosa que están a uno u otro lado del claustro. Lo primero que le llama la atención cuando observa la bibliografía al uso sobre la institución monástica es que, en general, parece que era un fenómeno casi privativo de varones, en el que las mujeres solo participan de forma marginal.

A tenor de la normativa eclesiástica quizás era intención de esa jerarquía puesto que las palabras de Pablo “la mujer que escuche la enseñanza, quieta y con docilidad. A la mujer no le consiento enseñar ni imponerse a los hombres, le corresponde estar quieta porque Dios formó primero a Adán. Además, a Adán no le engañaron, fue la mujer quien se dejó engañar y cometió el pecado, pero llegará a salvarse por la maternidad, con tal de que persevere con fe, amor y una vida santa y modesta” (Pr. Carta Timoteo, 2:11:15).

Por tanto el principal papel de la mujer debía ser el de madre. Para averiguar la participación de la mujer en el proceso histórico de una sociedad, se hace preciso utilizar una perspectiva adecuada, que permita observar a varones y mujeres. Y para esto es adecuada la metodología del género (SCOTT, J.W: “El género: una categoría útil para el análisis histórico”, en Historia y género. Las mujeres en la Europa moderna y contemporánea; J. S. Amelang y M. Nash (eds), Valencia, ed. Alfons el Magnànim, 1990, 23-56; G. GÓMEZ- FERRER MORANT (ed), Las relaciones de género, Madrid, Marcial Pons, 1995; NAROTZKY, S. Mujer, mujeres género. Una aproximación crítica al estudio de las mujeres en las ciencias sociales, Madrid, CSIC, 1995).

Las instituciones religiosas femeninas en el marco de la cristiandad occidental, el empleo de esta metodología tiene como primera consecuencia poner de manifiesto el activo papel de las mujeres en la historia del monacato. Pero es necesario enmarcar esta parcela del pasado de las mujeres en su contexto general. En la sociedad patriarcal occidental, las mujeres vienen definidas fundamentalmente por su papel en la reproducción, no sólo biológica de la especie, sino también de la sociedad en su conjunto. Esto explica en parte su estrecha relación con el cuerpo, su especial vivencia místico-espiritual, que les lleva en ocasiones a somatizar la experiencia religiosa, provocando la preocupación de los varones, que no acaban de entender las peculiaridades femeninas.

No hay que perder de vista que de alguna forma las mujeres se les considera como garantes del orden social recto, desde el momento en que se les da la primacía en el ámbito de lo privado. Para que esto sea así, la sociedad impone ciertas exigencias que suponen su sometimiento al control masculino, puesto que la misión de los varones es la de garantizar que las mujeres cumplan con el papel que se les ha asignado.

El ámbito en que ese control tiene lugar es la familia, donde se decide entre otras cosas el destino de las mujeres una vez superada la infancia. Uno de los principales problemas que toda familia tiene que afrontar es el de la transmisión hereditaria de los bienes patrimoniales. Es algo que habitualmente plantea problemas que intentan solucionarse mediante la adopción de diferentes estrategias hereditarias que apuntan hacia la institución del heredero único.

En estos casos el resto de los hijos reciben su dote y pueden optar entre dos vías: permanecer solteros habitualmente, en la casa del hermano heredero, o buscar fortuna. En el segundo caso, las opciones que se ofrecen son múltiples y más amplias para el varón que para la mujer. Pero siempre hay dos a las que uno y otra pueden acceder, el matrimonio y el monasterio.

Hasta el momento de abandonar el hogar paterno, la mujer ha sido instruida por su madre en el hogar. Hasta los 3 o 5 años, niños y niñas permanecen juntos, llegados a esa edad son separados siendo distinto su ritmo de formación y maduración social. Por lo que se refiere a las niñas, permanecerán en el cerrado ámbito familiar femenino, la cámara o habitaciones de las mujeres que en el caso de las clases inferiores no es otro que la cocina.

Allí aprenden a un ritmo más rápido que los niños, aquello que les será necesario para su vida adulta. En las clases superiores leen, cantan, declaman, bordan; en las inferiores practican desde muy pequeñas las tareas del hogar y el huerto. En todos los casos tejen e hilan, dos actividades domésticas de toda la Edad Media, y a pesar del desarrollo de la industria textil, seguirán siendo fundamentalmente femeninas.

Lo que cambia de una clase a otra es que en unos casos constituye un entretenimiento del ocio mientras en otros es una necesidad económica de pura subsistencia. Completada su formación en el ala femenina del hogar, la joven se casará si está destinada a ello. En caso contrario su vida transcurrirá en la casa paterna bajo autoridad del cabeza de familia, padre o hermano. Pero frecuentemente por propia voluntad o imposición familiar, si no se casa ingresará en un convento.

Se ha dicho que el reparto de espacios entre varón y mujer significa que esta se desenvuelve en el ámbito privado, mientras el varón se reserva el público. Pero las cosas no son tan sencillas, porque como señala la antropología el elemento social más significativo es la familia, el reparto de poder entre ambos se realiza en el marco privado, en el hogar donde el varón es el que tiene el poder en realidad. Aunque esta dicotomía privado/público no exista tan exactamente, puede servir para entender la existencia y evolución del monacato femenino, pues el monasterio o convento es un espacio cerrado que materializa de alguna forma ese ámbito privado propio de las mujeres.

El claustro podría ser considerado una especie de extensión del espacio femenino del hogar paterno sobre el que también intentan hacer valer su poder los varones, primero de la familia patriarcal y luego de la familia monástica o eclesiástica. Pero como las cosas no son tan sencillas a veces las mujeres intentas desligarse del yugo de monjes y clérigos. No triunfan en todo su empeño, el fortalecimiento de las estructuras eclesiásticas influyó negativamente en el monacato femenino que sufre un claro retroceso en el XI coincidiendo con la llamada reforma gregoriana.

Para entender esto es preciso constatar la desigualdad de varones y mujeres ante el hecho religioso, y la importancia que se da a la virginidad femenina: a partir del IV el modelo predominante de monja como la conciben teólogos y moralistas es el de virgen recluida en un espacio cerrado, apartada de la vida activa. Por otra parte, la vida religiosa femenina se desarrolla con mayores dificultades que la masculina por dos razones: primero porque el destino de la mujer es estar bajo la autoridad del varón de la familia, lo que dificulta su emancipación en el claustro, y explica que siempre que es posible los monasterios femeninos estén bajo vigilancia de la rama masculina de la orden.

Con todo, durante los siglos altomedievales la fundación de monasterios para mujeres es algo habitual en todo el occidente cristiano. Las damas nobles siguiendo el ejemplo de los varones de la familia fundan monasterios para mujeres. Se trata de centros urbanos en principio y nobiliarios que se desarrollan (ampliándose al campo) en los siglos VI Y VIII. Pero en el VII han perdido la posibilidad de controlar ese modo de vida, son varones quienes escriben al respecto y parecen organizar la vida religiosa.

Ejemplo san Fructuoso que en el VII organiza a las monjas a partir de modelo masculino instituido por él. Mención especial merecen los monasterios dúplices, entre los que no parecen ser excepcionales los que la abadesa se alza con la máxima autoridad, pese al control de los clérigos sobre ellas. Destacan aquí el francés de Fontevrault fundado en los albores del XI por un predicador itinerante (Roberto de Arbrissel) con cuatro secciones: monja, monjes, prostitutas arrepentidas y leprosos.

En este caso, siguiendo un modelo predominante en los dúplices del VII, el fundador entrega la máxima autoridad a la abadesa; ahora bien, mientras las mujeres tenían como ideal de vida la oración, adoptando un papel pasivo, los monjes se ocupaban de las necesidades materiales de las comunidades y de la cura espiritual de las monjas. La familia benedictina acoge también centros femeninos aunque a veces como sucede en Marcigny fundado por Hugo de Cluny lo haga para hacerse cargo de las mujeres de los varones que entran en su orden.

Estos monasterios no siempre aplicaban la regla estrictamente. Sirva como ejemplo San Juan de las Abadesas, fundado en 885 y documentado como benedictino en 938, en el que la regla se aplica laxamente. Las monjas conservan y disponen libremente de su patrimonio hasta fines del XI o principios del XII, momento en que la abadesa toma más relieve. En las clarisas de Valladolid las monjas también heredan y disponen de su propiedad patrimonial, así lo dispone Sancho IV en 1290 cuando confirma cartas suyas y de su padre.

monasteries y vida femenina en la Edad Media

En cuanto a monjas concretas, quizás el ideal benedictino lo ejemplifique Hildegarda von Bingen que murió en 1179 iniciándose su proceso de beatificación en 1233. Esta mujer, ofrecida a un monasterio renano antes de cumplir ocho años, manifestó desde niña una fuerte inclinación a la vida monástica y supo combinar adecuadamente su afán de saber y sus amplios conocimientos con una intensa vida de piedad religiosa y una notable actividad gestora en el monasterio, y llevaba el huerto con las plantas medicinales con las que curaba. En definitiva, hasta el siglo XII más o menos se desarrolla un monacato variado femenino que permitirá el desarrollo espiritual e intelectual de algunas mujeres.

Las cosas cambian a partir de la reforma gregoriana de fines del XI. La jerarquía eclesiástica dispone de nuevos medios para controlar la rama femenina de la institución monástica que ve frenado su ritmo de crecimiento. Las familias nobles se desinteresan por este tipo de fundaciones por el afán de controlar su patrimonio manifestado por la jerarquía eclesiástica. Además, los monasterios femeninos pierden la función misional que en algunos casos habían tenido ya que se impide el acceso de mujeres a las funciones clericales y se intenta imponer la clausura más fuerte y perjudica a los monasterios.

La tendencia de las monjas a salir fuera del claustro, repetidamente amonestada por los eclesiásticos, nos aclara por dónde iban los intereses de las mujeres, mientras que la estricta ordenanza de Bonifacio VIII pone de relieve que el deseo de la Iglesia era apartarlas por doble motivo: evitar la perturbación que su actitud provoca en el sector clerical, y preservarlas de peligros externos.

La virginidad como valor de las mujeres crece en el XIII, esto se ve en las nuevas órdenes en las que tres son los aspectos principales, el ascetismo, la meditación en la pasión de Cristo y la defensa de la virginidad. Puesto que en la Plena Edad Media la visión de la mujer ya no es siempre la de Magdalena sino la de María Virgen, su consideración empieza a ser más benévola. Además, la reforma gregoriana marca un cambio en la espiritualidad cristiana que se manifiesta en una mayor participación de los laicos.

Y eso afecta a las mujeres que manifiestan gran entusiasmo por la penitencia y el arrepentimiento, se positiviza el modelo de Magdalena dejando participar a viudas u casadas que rompen los límites del monacato tradicional. En su afán por controlar el impulso de las mujeres, el IV Concilio de Letrán del 1215 prohíbe la fundación de nuevas órdenes femeninas. Lo que se va a desarrollar son beaterios, beguinajes y ramas femeninas de órdenes masculinas ya existentes, pese a todo Bonifacio VIII en 1298 tiene que recordarles sus limitaciones en la vida de la Iglesia y que deben permanecer enclaustradas sin poder abandonar el monasterio.

Desde mediados del XIII, benedictinos y premostratenses, se niegan a responsabilizarse de las monjas a las que consideran una carga económica y un engorro al tener que atender sus necesidades espirituales. Incluso los franciscanos se resisten a atender a franciscanas y clarisas. A partir del XIII los mendicantes atraen numerosas vocaciones femeninas y la devoción de los fieles, por tanto se multiplican franciscanas, dominicas y clarisas, controlados también por varones. También las órdenes militares tienen su rama femenina, aunque resulte raro, y sucede en la orden de Santiago de la que hay conventos de comendadoras en diversas ciudades españolas.

A pesar de que el ideal santiaguista fue la lucha contra el infiel, las mujeres formaron parte de esta orden. Uno de estos conventos, el de Sancto Spiritu de Salamanca fundado en 1268 e integrado por nobles, tuvo a su cargo un amplio dominio que supieron mantener y someter a sus vasallos desempeñando bien su oficio de señoras. Junto a las comunidades regulares hay otras formas de vida que responden a vocaciones de más duro ascetismo, las que optan por la reclusión en pequeñas habitaciones adosadas a los muros de la iglesia o ciudad. Siempre con autorización episcopal, mueren para el mundo vistiendo de luto, etc.

beguinas reclusión y beguins

Pero a partir de su reclusión son inviolables y no controlables, a veces muy numerosas como en Perugia que a principios del XIV eran 35. Estas emparedadas se relacionan con el exterior, disponen de guías que las orientan, ellas atienden a otros, etc. Pero lejos de vivir enclaustradas dedicaron su vida a cuidar el templo, recaban limosnas para su mantenimiento y el de la iglesia, participan activamente en ciertos actos como entierros y procesiones como guías de feligreses y mujeres. Son las seroras.

Era complicado serlo, debía tener piedad reconocida, edad avanzada, solteras, debía mediar el nombramiento del obispo aunque la eligen el cura y los fieles o la designa el patrono de la parroquia. Las mujeres tienen otros medios de demostrar su piedad, pero va quedando claro que a veces tienen que salirse de los límites, ser liminares, colocarse al margen de la espiritualidad oficial. Ese el caso de las beguinas que nacen en Lieja en XII. Son solteras o viudas, solas, que ellas mismas o en comunidad llevan una vida de piedad en la que se alterna la oración, la caridad y el trabajo manual. Aunque se comprometen a ser castas, no pronuncian votos perpetuos, pueden volver a su vida anterior si quieren. Esto las diferencia de las monjas e incluso de las terceras de las ordenes mendicantes que solo...

Antes de su aparición en el cristianismo antiguo, la idea de vivir separado por motivaciones religiosas, espirituales o de virtud, llevando un estilo de vida distinto al común, ya se había convertido en una práctica recurrente. De la antigüedad conocemos el caso de los esenios y los terapeutas, que fue descrito por Filón y Josefo. En Egipto se encontraban los célebres katochoi, quienes desarrollaron un estilo de vida muy similar al monacato cristiano.

En tradiciones griegas, e incluso budistas, tampoco faltaron expresiones de espiritualidad ascética. En este artículo, queremos centrarnos en la vida ascética desarrollada por cristianos en el contexto de los siglos III y IV. Esta disciplina se distingue del resto de experiencias religiosas semejantes por una motivación única: el seguimiento cristiano y la narrativa bíblica.

Si bien desde el siglo XIX, se han propuesto diversas teorías sobre el origen del monacato cristiano, pocas lo han relacionado con los eventos bíblicos. Según la perspectiva de los monjes de los primeros siglos, ellos dejaron sus casas, familias y ciudades movidos por la exigencia del Evangelio, siguiendo los ejemplos de Juan el Bautista y Elías. Jerónimo, padre de la Iglesia y monje del siglo IV, podía exhortar a sus compañeros diciendo: “¡Oh monjes!, Juan [el Bautista] es el príncipe de su institución”.

En cuanto al lugar y las fechas de origen de la vida monástica cristiana, contamos con información segura y ampliamente aceptada. Lo que motivó a algunos cristianos a abandonar los entornos sociales de la ciudad para trasladarse a las localidades desérticas no es del todo claro. Se han planteado diversas teorías que, en gran medida, pueden complementarse entre sí. Refugio durante la persecución: esta explicación apareció en el siglo IV.

A primera vista, esta teoría parece plausible, ya que es cierto que algunos cristianos protegieron sus vidas escapando de sus ciudades. Protesta ante la laxitud: muchos diagnosticaron un relajamiento dentro del cristianismo del siglo IV y no faltaron quienes manifestaron su inconformidad. Una vida de obediencia estricta, de disciplina y sumisión al Evangelio se convirtió en un símbolo de protesta frente a la nueva condición de la Iglesia. ¿Qué hicieron? El nuevo mártir ideal: otro factor se desarrolló en tiempos de la paz constantiniana, en el siglo IV, cuando la persecución y el martirio cruento cesaron.

¿Quiénes serían los nuevos mártires que encarnarían el testimonio supremo de amor y entrega total a Dios? Como señala Jesús Álvarez, desde el siglo II ya se creía que el martirio podía ser cotidiano y ascético. Como afirmó Hubert Jedin, los monjes buscaron que su vida fuera un “con-morir con Cristo”. Así, la figura del monje llegó a ser ejemplo, un nuevo ideal: el héroe del cristianismo. Otra motivación importante a nivel histórico es el “llamado de Jesús”.

Apotegmas de los Padres del desierto. Parte I.

El ejemplo de Antonio, padre del monacato, es clásico en este aspecto, aunque no es el único. Su biografía cuenta que, siendo joven, recibió el llamado de Jesús al escuchar un sermón. Las palabras “vende lo que tienes y dalo a los pobres” le significaron la renuncia a sus propiedades. Así pues, Antonio dejó su casa, familia y recursos. Aunque al comienzo fue a vivir a un cementerio, acabó retirándose al desierto para tener un encuentro profundo con Dios y enfrentarse cara a cara con la lucha espiritual y el acecho del diablo.

Todas estas teorías, aunque diversas, intentan explicar por qué algunos cristianos decidieron retirarse del mundo para seguir la vida espiritual en la soledad del desierto. Cada una aporta elementos válidos a esta historia, pero quizás el factor más decisivo fue que muchos creyentes se sintieron interpelados por las palabras de Jesús y las interpretaron como una orden literal de dejarlo todo. Ellos las llevaron hasta su conclusión más natural, entendida en aquel entonces como: abandonar lo material, formarse en la disciplina y enfrentarse a la lucha directa con el diablo, no en la ciudad, sino en su propio hábitat.

El desarrollo del monacato no fue uniforme, más bien se inició como un estilo de vida abierto a nuevas expresiones y formas de organización. Todo comenzó a finales del siglo III, cuando, por diversos motivos, muchos cristianos provenientes de Egipto y Siria determinaron abandonar su normalidad para retirarse a la soledad del desierto, separados así de lo urbano, de la familia y de la comunidad cristiana organizada. Se caracterizan por llevar una vida solitaria, centrada en la oración, la penitencia, la lectura bíblica y la contemplación espiritual. Lo que en su momento los distinguió frente a otras formas de ascetismo fue la decisión de añadir a su espiritualidad la separación personal.

Principalmente, un grupo de ermitaños se unía para formar una colonia más o menos organizada en torno a un padre espiritual. Sin embargo, no tenían una vida en común, con trabajo y servicio, por ejemplo. Sus personajes destacados son Pablo de Tebas y Antonio, quien además es su representante oficial. En el siglo III, ambos empezaron a vivir en el desierto. La nueva estructura que tomó la tradición monástica surgió, sobre todo, de Pacomio, considerado el padre del cenobitismo o monacato pacomiano.

Hacia el año 316, Pacomio pasó un tiempo en el monacato anacorético bajo el liderazgo de un egipcio llamado Palemón, pero decidió no continuar con ese estilo de vida. Su idea era distinta. Estando en Tabennisi, cerca del río Nilo, se construyó una celda para habitarla. Luego se le unió su hermano Juan, y juntos desarrollaron una vida monástica más organizada. Poco a poco, otros comenzaron a adherirse a la pequeña comunidad de Pacomio. Con la distribución del tiempo entre las horas de lectura, el trabajo y la oración, la comunidad de Pacomio tomó forma hasta convertirse en un monasterio: un grupo de monjes en el que tanto el tiempo como los recursos se ponían en común.

Aunque este estilo de vida no estuvo exento de dificultades, terminó siendo el modelo más influyente de la historia monástica. La estructura de la organización pacomiana era innovadora. Se trataba de una especie de ciudadela en donde las viviendas de los monjes -que contenían en su interior celdas individuales- se encontraban dentro de un largo muro o empalizada. El monasterio de Pacomio en Tabennisi contaba no solo con viviendas y celdas, sino también con una iglesia, un patio, una cocina, hospedaje para viajeros, entre otros espacios, todo bajo la guía de un superior. Todo allí estaba estructurado para lo básico y necesario de la vida. Además, había una jerarquía administrativa.

Paralelamente a Pacomio y sus cenobios, la reforma de la vida monástica en Oriente estuvo a cargo de Basilio el Grande, uno de los padres capadocios. A mediados del siglo IV, él emprendió varios viajes por Oriente con el fin de conocer diversas comunidades de monjes y aprender de ellas, pero también identificó puntos débiles en los que era necesario aplicar cambios. Como lo había sido para Pacomio, su ideal para esta práctica también era la vida comunitaria. De hecho, Basilio siguió en varios puntos lo establecido por la Regla pacomiana, aunque fue más allá de ella. Otro cambio fue la separación. Para Basilio, en cada casa debían convivir varios monjes de modo que compartieran no solo el lugar donde vivían, dormían y comían, sino también el espacio donde se desarrollaba la vida espiritual e intelectual. Además, el trabajo y la oración debían ser actividades centrales para la vida del monje.

Hasta ahora hemos recorrido el desarrollo del monacato cristiano en el ámbito oriental, especialmente en Egipto y, posteriormente, en Palestina y Siria. Pero ¿qué decir de su expresión en Occidente? Las primeras noticias de vida monástica latina nos llegan de Jerónimo, quien a finales del siglo IV impulsó una profunda actividad espiritual de la que resultaron comunidades masculinas y femeninas. Sin embargo, su desarrollo fue lento y bastante primitivo. Benito se sintió muy tempranamente llamado a la vida espiritual: dejando atrás su estatus, sus progresos académicos y un futuro bien asegurado, se encaminó hacia el desierto. Su fama creció y comenzó a verse rodeado de seguidores; su profunda piedad y espíritu reformista no pasaban desapercibidos para quienes buscaban el camino de la vida espiritual.

Tras organizar una docena de comunidades de monjes, fundó un monasterio en Montecassino, en donde antes había existido un templo pagano, en el año 529. La mayor expresión de este nuevo estilo monacal fue la Regula monachorum o Regla de San Benito, ampliamente reconocida como una pieza clave en la literatura cristiana de espiritualidad, pues configuró la vida monástica de todo Occidente. Benito enfatizaba la humildad, el deber, el intelecto, el trabajo, la oración y la disciplina espiritual, todo esto integrado en una visión armoniosa de la dignidad y los derechos de cada monje. Así, la meta de la santidad no era un sueño imposible, dificultoso o agobiante para la vida.

Para los primeros monjes, el monacato fue, antes que nada, una respuesta personal al encuentro con Jesús; siempre señalaron que la razón de su nueva forma de vida se encontraba en el llamado del Evangelio. La principal crítica que ha recibido es que, en su forma más extrema, puede ser percibido como un abandono del mundo y de las responsabilidades sociales que todo cristiano tiene. El llamado de Jesús no es a retirarse de la sociedad, sino a ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo”, participando activamente en la evangelización y en el servicio a los demás.

Así, el monacato no es la respuesta definitiva del ser humano al llamado de Dios como única expresión de consagración, sino una forma particular de seguirlo. Con todo, no puede desconocerse el hecho de que constituye un elemento importante en el desarrollo de la Iglesia a lo largo de los siglos, específicamente de la tradición católica. Fue en los monasterios donde se copiaron y preservaron manuscritos, se transmitieron tradiciones litúrgicas y se formaron generaciones de líderes eclesiásticos. Allí se fraguaron modelos de disciplina comunitaria, estructuras de autoridad y prácticas educativas que influirían en la organización posterior de la Iglesia e incluso en la sociedad.

Historia de la Iglesia Antigua I. Edad Antigua (2001) de Jesús Álvarez Gómez. Madrid: BAC, pp. 138-139. Manual de Historia de la Iglesia, Tomo II (1980) de Hubert Jedin. Barcelona: Herder, p. 416. El Monacato Primitivo (2007) de García M. Colombás. Madrid: BAC, p. 97. Compendio de Historia de la Iglesia Antigua (2009) de Domingo Ramos-Lisson. Pamplona: Eunsa, p.

La vida de los monasterios medievales se hizo mundialmente famosa en 1980, cuando se publicó El nombre de la rosa, el magnífico best-seller de Umberto Eco. En El nombre de la rosa el ritmo de las jornadas se ve interrumpido por los acontecimientos, pero la realidad es que la vida en los monasterios medievales seguía un esquema bastante estricto, sobre el que giraba la cotidianidad de los monjes. En la Edad Media, especialmente antes del despegue de las ciudades y, por tanto, del reloj mecánico, las horas seguían el ritmo de la liturgia de los monasterios. Hacia el siglo IX, y gracias al impulso que otorgaron los carolingios a la orden, la regla benedictina pasa a ser la única regidora de los monasterios de la Europa medieval.

Pero antes de detenernos a examinar más de cerca la cotidianidad en un monasterio medieval, repasemos brevemente la historia y los orígenes del monacato occidental. El origen de la corriente monacal en Occidente debemos buscarlo, aunque parezca paradójico, en la parte oriental del Imperio romano. Hacia el siglo III d.C. Sin embargo, los lugares a los que se retiraban entrañaban numerosos peligros: desde alimañas peligrosas hasta bandidos, pasando por enfermedades y problemas físicos que requerían de ciertos cuidados y dedicación, imposibles de hallar en soledad. Así, estos primeros ermitaños empezaron a reunirse en pequeños grupos; primero, sólo para los momentos de oración y celebración religiosa.

En realidad, la separación estricta entre monjes y monjas no llegó hasta el siglo XI, con la reforma gregoriana. Hasta entonces era muy habitual encontrar monasterios dúplices, en los que hombres y mujeres convivían en los espacios comunes sin mayor problema. Ya hemos comentado cómo, en el siglo VIII, la regla benedictina está sólidamente asentada en Europa, hasta el punto de que el Concilio Germánico de 742 y el concilio abacial de Aquisgrán de 817, establece la regla de San Benito como la única válida para el monacato occidental. El código benedictino se fundamenta en conceptos como la obediencia y la humildad, además de en la huida del ocio como generador de todo vicio.

Como ya apuntábamos sucintamente, la jornada monacal se dividía entre el trabajo y la oración. La primera liturgia se efectuaba antes de la salida del sol (maitines). Le seguía un periodo de trabajo, la misa de la mañana, y la reunión posterior en la sala capitular. Tras la comida se reanudaba el trabajo, hasta la tarde, cuando se efectuaba la segunda comida. Tras ello, más trabajo, hasta que la falta de luz dificultaba su ejecución.

horario monástico y liturgia de las horas

¿A qué dedicaban los monjes las horas de trabajo? Los monjes podían dedicarse a la copia de códices en el scriptorium, a la iluminación de manuscritos, a la educación, la medicina y el trabajo comunitario dentro del monasterio. Era una tarea variada y, pese a ser manual, no era considerada vulgar, pues pertenecía a la esfera religiosa e intelectual. Además, existían escuelas monacales para la educación de futuros monjes y a veces para hijos e hijas de la aristocracia.

La convivencia en cenobios y la autoridad del abad o abadesa era una constante: el abad ejercía de facto como señor feudal. También había laicos que participaban en tareas diarias y hospedaje para viajeros. Los monasterios no solo eran lugares de oración, sino centros de cultura, con poderosas rentas y autoridad sobre tierras y poblaciones vecinas. La idea central era orar sin cesar, pero las horas canónicas que se rezaban en los monasterios -vísperas, completas, maitines, laudes- eran vistas como una progresión simbólica de la oscuridad hacia la luz, una metáfora de la salvación.

Las diferentes órdenes surgieron a partir del deseo de vivir una vida espiritual, algunas centradas en la comunidad (benedictinos, cluniacenses, cistercienses), otras mendicantes (franciscanos, dominicos), y otras en formas de vida ascética menos institucionalizadas (beguinas, seroras). Cada una aportó una visión particular de la vida consagrada, su relación con el mundo y su influencia en la sociedad medieval. Estas estructuras monásticas y sus redes culturales dejaron un legado que perdura en la historia de la Iglesia y la cultura europea.

tags: #evoluzione #monacheismo #nerl #medioevo #civilmente #e