La fiesta del 1 de enero, que este año cae en domingo, está dedicada a María madre de Dios, pero los temas teológicos que contiene son diversos: no solo la divina maternidad de María, sino también la circuncisión y la imposición del nombre a Jesús. Estos temas se sintetizan en el hecho de que la bendición de Dios se hace carne en Jesús y entre los frutos de la bendición se halla la paz.
La paz, en palabras del Card. Giacomo Lercaro, es “la misma salvación mesiánica, conuida y operada por una efusión del Espíritu”. En el Nuevo Testamento, Cristo mismo es nuestra justicia y por ello nuestra paz; de ahí deriva el orden y la paz entre los hombres, como consecuencia del perdón de las propias culpas. Las lecturas señalan un elemento de unidad en la paternidad de Dios hacia Israel, hacia Jesús y hacia los cristianos.
El nombre de Jesús y la bendición que llega a la humanidad
Jesús es el cumplimiento de la bendición de Dios para la humanidad: nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, circuncidado al octavo día y llamado con el nombre “Jesús”. Este nombre indica la voluntad de salvación de Dios: “El Señor salva”. La bendición se revela plenamente en el rostro de Jesús de Nazaret, y su nombre encarna la presencia de Dios entre los hombres. El pasaje de Lc 2,21 recuerda que el nombre fue conferido por el ángel antes del concep-to.
La memoria de la circuncisión tiene una dimensión teológica importante: recuerda la pertenencia al pueblo de Israel y la entrada en la alianza en la carne. Sin embargo, el cristianismo ha reformulado el signo de la iniciación: el bautismo sustituye la circuncisión física, y la “circoncisione di Cristo” se realiza mediante la muerte y resurrección, donde el bautismo introduce a la vida cristiana y a la pertenencia a la comunidad cristiana.
La presencia de Dios y la bendición en la liturgia y la maternidad
La bendición sacerdotal en la I lectura establece la presencia de Dios en el pueblo, y esa presencia se manifiesta en el rostro y en el Nombre de Jesús en el Evangelio. La presencia interior en el creyente, gracias a la efusión del Espíritu, guía hacia la filiación divina. La mención de la memoria de la circuncisión de Jesús refleja la perenne judaicidad de su persona y la dimensión espiritual de la circuncisión como apertura del corazón.
El texto evangelico subraya que el nacimiento de Jesús y su nombre están vinculados a la voluntad revelada de Dios: “El nombre de Jesús” representa la llamada y la vocación singular de cada ser humano. En Cristo, el nombre propio deja de ser memoria del pasado para convertirse en camino hacia el futuro, una novedad de vida que anticipa la resurrección y la vida eterna, cuando cada uno recibirá un nombre nuevo que sólo Dios conoce.
La iniciación de Jesús y la experiencia de saber precedido
El evangelio enfatiza la experiencia originaria de Jesús: fue precedido por personas, por la historia de un pueblo, y por Dios. La acogida amorosa de los padres y de la comunidad es esencial para que el recién nacido pueda entrar en su historia de precedencia. Esta acogida es la condición para hallar la paz con la propia origen e historia que nos ha precedido. Existe un “primero” para Jesús que encuentra su significado en el “después” de su vida. ¿Qué hará Jesús de todo lo que lo ha precedido? ¿Qué hará con la familia de origen, las tradiciones religiosas, la llamada de Dios y su propio nombre?
Si Lucas describe el cumplimiento de los días y Pablo la plenitud del tiempo, la bendición sacerdotal pronunciada en la liturgia diaria expresa la acción amable de Dios hacia el hombre, en las cosas pequeñas del día a día. Esta acción divina se manifiesta como la gracia que nos acompaña en la oración y las decisiones cotidianas.
Del cristianismo de Francesco a la misión: la paz como tarea compartida
En las primeras meditaciones cuaresmales se ha visto la conversión de Francesco como una transformación de la sensibilidad operada por la gracia, y que la fraternidad se convirtió en el lugar donde esa experiencia encontró forma. La misión no se agota en la palabra, sino que se realiza en la acción y la presencia: lo que Francesco recibe, debe alcanzarlo y tocar la vida de los demás. El camino se articula en cinco pasos: el primado de la testimonio sobre la palabra; el estilo de hacerse aceptar; la paciencia ante las preguntas del otro; la fecundidad del encuentro; y el paradójico sometimiento como expresión de amor. La fraternidad de los primeros frayles fue el lugar donde nació el deseo de compartir la experiencia y el anuncio del Evangelio, y, como en los primeros discípulos, la comunión de vida precede al anuncio de salvación.
San Francisco advierte que las palabras deben nacer de la vida que se ha hecho carne: “El Verbo de la vida” debe hacerse presencia viva en nosotros antes de anunciarlo. En la Letra a los Fieles, se presenta una visión concreta de la vida cristiana: la relación triple con Cristo como esposo, hermano y madre. Generar a Cristo no es solamente hablar bien de él, sino permitir que su presencia cambie nuestra vida para hacerse visible en los demás. Esto es como la maternidad espiritual: primero se porta al hijo dentro de uno, se le da tiempo para crecer, y luego se le da a luz al mundo. Si Cristo se manifiesta en nosotros, podría empezar a moverse también en otros, no por palabras brillantes, sino por una vida nueva que se revela a través de las acciones del Espíritu Santo.
El anuncio del evangelio a través del testimonio y la hospitalidad
El Evangelio propone un estilo esencial de misión: partir sin seguridades, sin bolsa ni saco, entrar en las casas deseando la paz y comer de lo que se ofrece, como en la misión de los setenta y dos. No se trata de llevar algo que falta, sino de preparar un encuentro que Jesús desea realizar. El método de Jesús consiste en ir primero para acoger, luego anunciar: dejar que el otro, en su propia condición, exprese la necesidad y la pregunta, y a partir de ahí se anuncia a Jesús con palabras breves. La pedagogía de la cercanía demuestra que la verdadera evangelización es dejar que surjan las preguntas y respuestas de forma natural, y que la presencia del Reino se da cuando otros pueden expresarse sin sentirse invadidos o juzgados. Este estilo de evangelizar favorece que el Reino de Dios se haga cercano y accesible, sin espectáculo, con verdad y libertad.
Un episodio de Assisi ilustra esta pedagogía: los frates ofrecían pan y vino a briganti en los bosques para ganarse su confianza y lograr que cambiaran de vida. Otro ejemplo, en Lucas, presenta a Jesús diciéndole a Zacchaeus: “Hoy debo quedarme en tu casa”; así nace el deseo de transformación desde un encuentro gratuito. En los Hechos de los Apóstoles, Filipe pregunta a un eunuco si entiende lo que lee y, solo tras guiarlo con preguntas, le anuncia a Jesús, lo que provoca su deseo de bautizarse. Estas escenas destacan que la evangelización auténtica está anclada en la experiencia de encuentro y acogida, no en la imposición de ideas ajenas.
La paz como fruto de la convivencia en comunidad
La paz se entiende como un don de Dios y un deber humano: no es mero silencio, sino una vida de relación, que se expresa en la comunión y en la capacidad de perdonar, de bendecir, de buscar la justicia y la reconciliación. Las cartas paulinas y las cartas de los primeros cristianos, en conjunto con las palabras de Jesús, invitan a edificarse mutuamente, a sostener a los débiles, a ser pacientes, a respetar y a construir la paz en medio de conflictos y tensiones sociales. La paz interior se alcanza cuando se coloca en el centro el amor y el perdón, y se evita el rastro de rencor que daña cuerpo y alma. La paz interior es también un estado de serenidad que nace de vivir con un corazón humilde y misericordioso, sabiendo que el dolor humano no debe ser convertido en violencia.
La paz se alimenta de una ética de la relación basada en el reconocimiento de la dignidad de cada persona, la amistad, la hospitalidad, el cuidado de los demás y la responsabilidad compartida. Es una paz que se pronuncia en actos concretos: ayudar a quien sufre, escuchar al otro, acompañar al que está marginado, y trabajar por una sociedad que respete la vida y la dignidad de cada quien. En este marco, la paz es también la participación de la belleza del Evangelio en la vida diaria, en la que la presencia de Dios se hace visible en las acciones de amor y justicia.
