El sufrimiento es parte de la vida en este mundo, y para comprender la razón de ser del sufrimiento es crucial la convicción de que no proviene de Dios para hacernos daño, sino que Dios tiene un proyecto bueno para nosotros, planes de bienestar y no de calamidad, para darnos un futuro y una esperanza.
Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada, y la causa del sufrimiento se identifica en la separación entre el hombre y Dios (pecado); mientras estemos en la tierra, el sufrimiento es parte de nuestra vida, y termina en el instante en que lleguemos a la presencia del Señor.
Dios permite el sufrimiento, pero nos acompaña en él; al experimentar dolor, encontramos un encuentro con el Dios soberano, y comprendemos mejor cuán grande es Él y cuán pequeños somos. La explicación del sufrimiento se obtiene cuando lo aceptamos con un Salvador compasivo que comprende plenamente nuestros dolores y puede socorrernos en nuestros momentos de necesidad.
El Sumo Sacerdote que nos comprende no está lejos: es el mismo que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Por haber vivido una vida humana plena, Él nos ve desde la cercanía de quien ha experimentado el sufrimiento: “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”.
Cuando llega el dolor, la experiencia de la vida nos invita a la comunión y a la oración. La actitud correcta no es negar el dolor ni negarlo como ilusión, sino aceptar la realidad del sufrimiento y permitir que su curso conduzca a la unión con los hermanos que sufren, como la madre que permanece junto a su hijo en el hospital por amor.
La vida del justo no se define por la ausencia de dolor, sino por la respuesta que damos a ese dolor: la solidaridad que transforma el sufrimiento en servicio y en cooperación para la salvación de otros. En la vida de Cristo se revela que el justo entra en la realidad del mundo del pecado sin evitar el sufrimiento, y que su sufrimiento redime a los demás.
El ejemplo de Job y la respuesta a su dolor muestran que no siempre hay una explicación simple al por qué del sufrimiento. La Biblia plantea que el sufrimiento puede servir para corregir, pulir la fe y sostener a la comunidad de creyentes, manteniendo la esperanza en la gloria por venir.
La visión bíblica contrasta con las posturas paganas sobre el dolor. El estoicismo propone la imperturbabilidad; el escepticismo/hedonismo busca escapar del dolor a través del placer. En cambio, la fe cristiana afirma que el sufrimiento nunca es fútil cuando se enraíza en la cruz y la resurrección, y que Dios vence el mal mediante la redención y la reconciliación entre humanos.
Por tanto, ¿cuál debe ser nuestra oración ante el sufrimiento? Que el justo acepte su vida, que su testimonio de amor y servicio se vuelva luz para otros; que la paciencia y la fortaleza produzcan un carácter probado, y que el sufrimiento, lejos de ser aislante, se convierta en puente hacia la gloria y en motor de comunión fraterna.

La realidad del dolor no debe apagar la fe, sino afinar el deseo de amar a los demás como Cristo los ama. En medio de pruebas, la Iglesia aprende a sostener al afligido, a orar con él y a aproximarse al misterio con confianza en la providencia divina.
La experiencia de la gracia de Dios en medio del sufrimiento libera paz, paciencia y esperanza. Aunque nadie esté hecho para sufrir, la acción de los justos en bien de sus hermanos revela la presencia salvadora de Dios en la historia; así, el tiempo de la paciencia se transforma en oportunidad de redención para todos.
El Verdadero Dolor de la Cruz Paul Washer
En síntesis, el sufrimiento del justo no es un signo de condena, sino una participación en la misión de Cristo: amar, servir y salvar a los que aún están en pecado, mediante la comunión de los santos y el testimonio de una vida ofrecida por los demás. Así, la vida cristiana se transforma en una acción de amor que acompaña al hermano y que, al final, entrega a Dios la gloria que permanece.
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