En respuesta a algunas de las tesis finales de Arthur Schopenhauer en su obra magna, Friedrich Nietzsche aseguraba en el Tratado Tercero de La genealogía de la moral, fiel a su espíritu polémico, que desde antiguo ha existido por parte de los filósofos una extraña atracción por el ideal ascético. De este modo, para alguien como Nietzsche el ascetismo no sería más que una forma encubierta de intentar imponer las formas propias de un modo de vida que supone, para él, una contradicción, pues «en ella domina un resentimiento sin igual», el de alguien que no ha podido saciar su instinto, poseedor de una voluntad de poder que «quisiera enseñorearse» pero que es incapaz de hacerlo.
Si algo expresa el ascetismo para el pensador de Röcken es el mayor de los horrores humanos, el horror vacui (horror al vacío), pues para vivir y perseverar en la existencia necesitamos ante todo una meta. En su opinión, una existencia verdaderamente feliz sería aquella en la que la voluntad pudiera callar no sólo durante unos instantes, sino para siempre. El objetivo de la doctrina de Schopenhauer es, pues, hacer callar a lo que él denominó «nuestro fastidioso yo», a cuyo trasiego se opone la quietud celestial de la vida contemplativa, pues todo en este mundo es el juego ilusorio de una fuerza apenas controlable que nos hace desear sin descanso: «su existencia es un continuo necesitar cuya satisfacción sostiene y conforma su vida, una vida que consiste, por ello, en un constante tránsito de una necesidad hacia su satisfacción y de esta hacia una nueva necesidad».
Comienza primero contigo mismo y ¡renuncia a ti mismo! De cierto, si no huyes primero de tu propio yo, adondequiera que huyas encontrarás estorbos y discordia, sea donde fuere. La gente que busca la paz en las cosas exteriores, […] por grandes que sean o lo que sean, todo esto no es nada, sin embargo, y no da la paz. La contemplación y la sabiduría se sitúan en un cruce entre experiencias personales y conceptos razonados, entre la quietud del ser y la acción del mundo.
Vemos de este modo cómo el ascetismo ha supuesto, al menos hasta los albores del siglo XX, un tema de discusión filosófica de primera magnitud. Pero ¿qué ocurre, por su parte, con la contemplación? A este respecto debemos distinguir muy bien las fronteras entre sabiduría y filosofía. Aristóteles, por ejemplo, en el Libro X de la Ética a Nicómaco, explicaba sobre la felicidad que, «si esta es una actividad de acuerdo con la virtud, es razonable que sea una actividad de acuerdo con la virtud más excelsa, y esta será una actividad de la parte mejor del hombre».
La contemplación como actividad humana superior
¿En qué consiste tal actividad? En la contemplación, precisamente porque es aquella acción que tiene conexión con la parte «más divina» que hay en nosotros, el intelecto. No todo en el alma, estima el estagirita, se reduce a mera sensación, sino que hay algo en nosotros que piensa, algo incluso impasible, sin mezcla alguna, inmortal y eterno, por mucho que no seamos capaces de reconocerlo o recordarlo. No por ello, sin embargo, debe quedar reducida la vida a la mera teoría. La inteligencia sólo supone el modo accesible a los hombres de negar lo mortal que hay en ellos, pues nos muestra una luz (que habita en nosotros) y que ni siquiera precisa del logos, de la palabra.
Pero, al ser animales políticos (como declara en otra de sus obras esenciales), Aristóteles considera que la inteligencia ha de emplearse en la vida práctica: el discurso ha de fundarse en ella, en el noûs. En esta misma línea, también Tomás de Aquino apuntaría mucho tiempo más tarde en la cuestión 108 de la Suma Teológica que para llegar al fin último de nuestra existencia no es necesario en absoluto desechar las cosas del mundo, ya que empleándolas puede llegar también a la bienaventuranza eterna, con tal de no poner en ellas nuestro fin último. Así, comprendemos que la contemplación no conduce, en absoluto, a la inactividad. No es suficiente con conocer la virtud, sino que, como piensa Aristóteles, hemos de procurar no sólo tenerla, sino «practicarla, o intentar llegar a ser buenos de alguna otra manera».
La mística: experiencia del absoluto y su lugar en la filosofía
Pero ¿qué ocurre con la mística, a la que incluso han dedicado un prestigioso Centro de Interpretación de reciente creación en la ciudad española de Ávila? El misticismo ha conocido diferentes caracterizaciones, desde la estrictamente religiosa (ya provenga del islam, del cristianismo o del judaísmo), sapiencial (como la budista) o la estrictamente laica o pagana (como la de los oráculos griegos). Sin detenernos ahora a estudiar cada uno de estos giros, algo es común a todas las manifestaciones místicas: el contacto con lo absoluto a través de una experiencia que excede la capacidad explicativa humana.
Cuando leemos las excelsas obras de Teresa de Jesús o de Juan de Ávila, encontramos en ellas una gran belleza literaria y, desde luego, un claro mensaje espiritual. Sin embargo, no por ello hemos de afirmar que parte de su legado pertenezca a la historia de la filosofía, si bien cuanto se entresaca de ellas pueda en último término despertar el ejercicio filosófico.
- La tensión entre ascetismo y contemplación revela una trayectoria común en la filosofía: la crítica del deseo y la búsqueda de un estado de quietud.
- La contemplación aristotélica se presenta como una actividad que une teoría y acción, pensamiento y vida práctica.
- La mística, si bien no exclusivamente filosófica, ofrece una experiencia que desafía las fronteras de lo explicable y alimenta la reflexión sobre lo absoluto.
En suma, la relación entre mistica y ascetica en la filosofía propone un continuo entre la negación de lo superfluo y la aspiración a una experiencia que trasciende la mera existencia cotidiana, abriendo un horizonte en el que la voluntad, el conocimiento y la experiencia transformadora convergen.
