Era presente quel 10 maggio 2018 cuando Papa Francesco arrivò a Loppiano. El pontificado de Papa Francesco, iniciado el 13 de marzo 2013, ha concluido su parábola concreta con los funerales celebrados en la mañana del sábado 26 de abril de 2025. Poco más de doce años. Un tiempo histórico marcado por acontecimientos épicos como la pandemia; por una inestabilidad político-militar y social creciente; por la llegada de la inteligencia artificial, con todas sus fascinantes novedades y sus preguntas éticas.
Un pontífice que ha visto en la educación un medio formidável para hacer madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora. Es un tema que también tocó el 10 de mayo de 2018, en la ciudadela de Loppiano. En el discurso que nos dirigió, sugirió dar nuevo impulso a los centros y a los caminos de formación presentes aquí, “abriéndolos a horizontes más amplios y proyectándolos sobre fronteras”.
Para lograrlo, el pacto formativo de la ciudad resultaba esencial. Es decir, una alianza educativa entre todos los actores involucrados: educadores, familias, estudiantes, la comunidad; no basada en normas abstractas sino en relaciones, confianza, diálogo y, sobre todo, proximidad: “La base y la clave de todo sea el ‘pacto formativo’, que está en la base de cada uno de estos itinerarios y que tiene en la proximidad y en el diálogo su método privilegiado”.
Esta frase fue el culmen de conceptos simples y profundos, en los que el Papa Francisco reconocía y valoraba importantes herramientas educativas ya ejercidas o realizables en Loppiano. Por ejemplo, la sinodalidad como estilo comunitario y formativo, donde la educación no es unidireccional sino nace de un camino compartido en el que todos están en escucha recíproca, a la escuela de Jesús, único Maestro.
O el hecho de que la misión educativa, para ser auténtica, debe incluir y partir de los últimos, dando centralidad a las periferias: educar significa no cerrarse sino arriesgar, abrirse a las “fronteras”, afrontar los desafíos culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo. Luego llegó la sugerencia de “educarse para practicar juntos los tres lenguajes: de la cabeza, del corazón y de las manos”.
La educación integral, sintetizada en una fórmula muy eficaz, capaz de explicar las necesidades intrínsecas de los sistemas educativos (y no solo) del mundo de hoy y de mañana. Y explicó: “La educación debe tocar la cabeza, el corazón y las manos. Educar para pensar bien, no solo para aprender conceptos, sino para pensar bien; educar para sentir bien; educar para hacer bien. De modo que estos tres lenguajes estén interconectados: que pienses lo que sientes y haces, que sientas lo que piensas y haces, que hagas lo que sientes y piensas, en unidad. Esto es educar”.
La tríada propuesta (cabeza, corazón, manos) ha recordado la necesidad de considerar la dignidad de la persona humana desde un protagonismo capaz de pensamiento crítico, empatía y acción concreta. Se trata, así, de una educación poliedrética e encarnada, que implica toda la vida: Bergoglio siempre ha insistido en que la educación no puede reducirse a un hecho puramente técnico o utilitarista (es decir, la formación de “buenos trabajadores” o de “buenos profesionales”), sino que debe ser impulso para ayudar a cada persona a descubrir y desarrollar su vocación humana profunda: ser constructores de fraternidad, custodios de la creación, artesanos de la paz.
- Enfoque sinodal y comunitario como método de aprendizaje y convivencia.
- Pacto formativo como base de toda acción educativa y social.
- Educación integral que active cabeza, corazón y manos en unidad.
- Compromiso con las periferias y con los últimos como criterio ético.
La espiritualidad del nosotros, en este marco, se entiende como una posibilidad de coexistir, aprender y actuar juntos desde la fraternidad que trasciende identidades y límites, para construir una sociedad más humana y abierta. En Loppiano, la propuesta de Francesco se convertía en una invitación a mirar más allá de lo inmediato y a proyectarse hacia horizontes compartidos, donde la educación se vive como un camino de peregrinación compartida.
