Emigró de Calcuta a Beverly Hills y levantó un imperio con sus clases de yoga y sus excéntricos métodos. El ‘bikram yoga’ es una variante del yoga tradicional que se practica en salas donde la temperatura alcanza los 40 grados y en unas condiciones de humedad del 40-50%. Son sesiones extenuantes de 90 minutos en las que se desarrollan 26 posturas (asanas) y dos ejercicios de respiración (pranayamas) siguiendo las instrucciones del maestro. No hay niveles ni se distinguen géneros, edades ni condiciones físicas. ‘Bikram: Yogui, gurú, depredador’ es el título del documental que acaba de estrenar Netflix y que descubre al creador de la disciplina que toma su nombre.
O tomaba, porque los locales de ‘bikram yoga’ en Estados Unidos han pasado a rebautizarse ‘hot yoga’ después de que Bikram Choudhury fuera acusado de abusos sexuales por parte de algunas discípulas. La directora australiana Eva Orner, ganadora de un Oscar por el documental ‘Taxi to the Dark Side’, traza el perfil de un carismático mercachifle que se autonombró «el chico malo del yoga». Bikram levantó un imperio desde Beverly Hills construyéndose un personaje entre lo risible y lo siniestro. Vestido tan solo con un taparrabos negro y un Rolex de oro, su imagen subido encima de sus alumnas contorsionistas le granjeó popularidad.
El gurú presumía de haberle curado la apoplejía al presidente Richard Nixon y de haber dado clases a Elvis Presley, Shirley MacLaine y Raquel Welch. Sus modos de dictador loco en el gimnasio y su pintoresco acento iban acompañados de una estética hortera de nuevo rico. Bikram emigró desde Calcuta cuando intuyó las posibilidades del yoga en la América de los años 70, que vivía todavía la fiebre de la espiritualidad oriental. Solo en Estados Unidos llegó a abrir 650 franquicias y amasó una fortuna de 75 millones de dólares y 43 coches de lujo.
Era el gurú de una secta compuesta por profesores de yoga, que debían aprobar su curso si querían abrir un estudio de yoga con el nombre ‘bikram’ en la fachada. Pagaban 10.000 dólares por una instrucción de nueve semanas. Bikram Choudhury llegó a poseer medio centenar de coches de lujo. Orner empezó a trabajar en el documental en el verano de 2017, solo un par de meses antes de la explosión del escándalo Harvey Weinstein y el advenimiento del movimiento #MeToo. Algunas alumnas de Bikram habían dicho basta en 2015 y denunciado los abusos sexuales del maestro, que las controlaba, manoseaba y abusaba de ellas.
Pese a las denuncias, no llegaron a presentarse cargos criminales y cuatro de los seis casos civiles fueron resueltos antes de llegar a juicio. Una de sus empleadas también se querelló y ganó en los tribunales. Condenado a pagar 7 millones de dólares, Bikram declaró su compañía en bancarrota y huyó primero a Tailandia y después a México. «Si quiero tener sexo con mujeres no necesito violarlas, millones de mujeres en todo el mundo harían cola para ser voluntarias», se ufana en el filme su protagonista. Eva Orner no consiguió que Bikram se dejara entrevistar, pero hace acopio de gran material de archivo que le muestra en sus clases.
«Ahora es un fugitivo del Gobierno de Estados Unidos y sería arrestado si pisara el país, estoy convencida de que no tiene planes de hacerlo», cuenta la directora. «También sé que es muy difícil extraditar a alguien, así que puede seguir saliéndose con la suya. Sin embargo, la película ha tenido un impacto en su vida y en la de la gente que antes se apuntaba a los cursos. En todo el mundo el ‘bikram yoga’ ha pasado a llamarse ‘hot yoga’. Bikram Choudory era una celebridad mundial. Había creado el Bikram Yoga o Hot Yoga. Una disciplina que se asentó en los 80 y luego se convirtió en un boom mundial
Parado. O sentado en posición de loto en un sillón. Siempre en una tarima alta, desde donde puede ver a las 500 personas que se desparraman con prolijidad por el salón. El cuerpo brilla por la transpiración que gotea persistente. Solo lleva un diminuto slip de natación (un Speedo), un micrófono inalámbrico fijado a su mejilla y un Rolex de oro. El público, sus alumnos, lo escuchan con devoción y algo de temor. Cada uno tiene su colchoneta, su toalla y una botella de agua. Cuando se paran y se quedan quietos, en unos pocos segundos dejan en el piso un charco de transpiración alrededor de ellos. Ahí dentro, el clima es infernal. La temperatura oscila entre los 40 y los 45 grados. Hay quienes se desmayan y quienes abandonan. Pero la mayoría persiste y llega al final de la sesión de 90 minutos.
Es un esfuerzo duro, que los transporta al límite de sus posibilidades físicas y mentales. Se parece al infierno y no solo por el calor. Sin embargo, son muchísimos los que están dispuestos a pagar una pequeña fortuna para pasar por eso durante nueve semanas -a veces hasta dos veces al día- junto a Bikram Choudhury. Bikram Choudhury es una celebridad mundial. Una especie de gurú, un yogi que desarrolló el Bikram Yoga. Una disciplina que se asentó en los 80 y luego se convirtió en un boom mundial. Los ricos y famosos la adoptaron y la difundieron. Llegó a haber más de 650 locales con franquicias que enseñaban el Bikram Yoga en todo el mundo.
Esta actividad se debe realizar en una sala altamente calefaccionada. El clima ideal es de 42 grados (aunque se aceptan variaciones entre 40 y 45) y 40% de humedad. El Yoga Hot. Y no solo por la circunstancia climática. El que dirige la sesión, el que imparte la clase solo viste ese pequeño traje de baño. Y sus alumnos y alumnas también. La tensión sexual se palpa en las imágenes que registran algunas de las sesiones. «Bikram: Yogi, gurú, depredador», el documental de Netflix.
Fuera de su trabajo, cuando está con ropa, Bikram Choudhury se fue alejando de las vestimentas y costumbres hindúes. Es una mezcla entre el Michael Jackson de los 90 (el de pelo más largo) con Carlos Santana, el guitarrista. Se sospecha que la fortuna de Choudhury roza los 75 millones de dólares. Su flota de autos de lujo es enorme, cuenta con más de 50 vehículos. Un periodista, ante el despliegue de lujo, le insinuó: «Este no parece el estilo de vida de un yogi». ¿Por qué no? - respondió a toda velocidad - «Soy un yogi norteamericano».
Un comediante televisivo lo definió como "la mezcla exacta entre Teresa de Calcuta y Howard Stern". Creó un emporio global construido con una rutina de 26 posturas y dos técnicas de respiración que Bikram reivindicaba como propias. Richard Nixon, Elvis Presley, George Harrison, Barbra Streisand, Shirley McLaine, Michael Jackson, Frank Sinatra y Quincy Jones fueron algunas de las figuras que, según él, probaron su método y sanaron. Es más: afirmaba que la Green Card, el permiso de residencia, la había obtenido directamente de Richard Nixon a modo de devolución de favores. Su método primero se difundió a través del boca a boca. Los que iban (y resistían) lo recomendaban con fervor. Luego llegaron los grandes medios. Sus apariciones en programas de TV se sucedieron durante décadas.
En sus primeras incursiones, al entrar al estudio con su mínimo traje de baño, provocaba la risa de los conductores que terminaban la nota haciendo algunas posturas con él. Bikram hacía como que no se daba cuenta de que era objeto de burla, jugaba con ellos, hacía bailar sus pectorales, se prestaba gustoso al show y al leve escarnio. No le importaba. Él deseaba ser conocido; ese era el método para poder recaudar más y llegar a millonario. En esa búsqueda se dio cuenta de que dando clases a alumnos por más que ocupara todo el día y aumentara la cantidad de participantes sería muy complicado acopiar una fortuna. En ese momento diseñó el curso para maestros. Nueve semanas intensivas. 10 mil dólares la matrícula para cada alumno. Pero no era solo lo que pudiera recaudar en esos cursos. El gran negocio empezaba después. Los que lo terminaban podían abrir sus propias escuelas de Bikram Yoga. Eso, el entrenamiento de los maestros, fue lo que extendió y alimentó las franquicias. Y, naturalmente, cada uno de estos emprendedores debía pagarle un canon y un porcentaje de lo facturado a Bikram Choudhury.
Nació en Calcuta y viajó a los Estados Unidos poco después de cumplir 20. Puso un estudio de yoga en un sótano de Beverly Hills. El crecimiento fue vertiginoso. Carisma, desparpajo y una disciplina que, más allá de las virtudes curativas que propagaba Choudhury, fascinaba a quienes la practicaban (Netflix). McYoga lo llamó algún periodista asociándolo con la casa de comidas rápidas. Un emporio global construido con una rutina de 26 posturas y dos técnicas de respiración que Bikram reivindicaba como propias. Lo del calor era para rememorar el clima de Calcuta, la ciudad india en la que creció.
Allí, según su versión, salió campeón nacional de yoga durante tres años seguidos, de sus 11 a sus 13. Luego ya no lo dejaron participar más para que no monopolizara la competencia. Viajó a Estados Unidos poco después de cumplir 20. Puso un estudio de yoga en un sótano de Beverly Hills. El crecimiento fue vertiginoso. Carisma, desparpajo y una disciplina que, más allá de las virtudes curativas que propagaba Choudhury, fascinaba a quienes la practicaban, una vez superada la prueba de resistencia inicial.
El de sus clases es un mundo desigual y arbitrario. Mientras muchos desfallecían ante su mirada, él tenía unos tubos de aire que refrigeraban su sillón. Nadie en su salón podía usar ninguna prenda verde, ese color estaba erradicado del mundo Bikram. Había que resistir. Los vómitos, las descompensaciones y los desmayos no eran un tema de baja presión, de exceso de calor o siquiera peligrosas para la salud. Para él y sus seguidores solo se trataba de una oportuna liberación de malas energías.
Choudhury resultó un mitómano de estudio. Nunca fue campeón nacional de yoga en India (esos campeonatos comenzaron cuando él ya estaba radicado en Estados Unidos), la historia de la Green Card resultó falsa y así con cada dato biográfico que brindó. En una clase de 90 minutos se le podían escuchar una serie de afirmaciones evidentemente falsas, que solo se entiende que sus alumnas las creyeran por estar bajo un estado de fuerte sugestión o por el embotamiento que el cansancio y el calor producían. Algunas de ellas: que él había ayudado al lanzamiento de la carrera de Michael Jackson, que fue el mejor amigo de Elvis Presley, que con sus ejercicios salvó de la amputación la pierna izquierda de Nixon mientras era presidente del país, que las posturas de yoga fueron de su invención.
La justicia norteamericana desechó el pedido de patentamiento y dijo que las posturas de yoga no estaban protegidas por el derecho de autor. Uno de los demandados explicó: «Es como si Arnold Schwarzenegger dijera que hay que hacer 10 abdominales... y lo llamara El Método Arnold». Ese fue el primer traspié, uno menor. Porque el negocio seguía funcionando. Se estima que llegó a tener un millón de alumnos.
Pero en los últimos años su imagen se descascaró. Se derrumbó irremediablemente. Varias denuncias de abuso sexual y violación se presentaron en la justicia. El modus operandi era bastante similar. Las víctimas eran alumnas a las que él distinguía con su atención. En ese mar de 500 personas sudorosas, Bikram honraba a unas pocas con un trato especial. Mientras seguían la extenuante rutina, Bikram hablaba por su micrófono. Corregía, repartía halagos y propinaba fuertes retos y descalificaciones a quienes no daban la talla. Las dosis de humillación y de bendiciones eran similares: todos luchaban para tener de las segundas. También cantaba, impartía lecciones de vida, sentenciaba. Su voz de maestro lograba meterse en la cabeza de sus alumnos.
Se calcula que su fortuna asciende a los 75 millones de dólares (Netflix). Después, apenas terminada la sesión, enviaba a uno de sus asistentes y le informaba a la mujer en cuestión que El Maestro quería hablar con ella. Sabía elegirlas. No solo tenía en cuenta el atractivo físico; reconocía a las mujeres que necesitaban creer en algo, descubría a las más vulnerables y aprovechaba su poder. El encuentro era a solas. A veces pedía un masaje, en otras invitaba a ver una película de Bollywood. También podía preguntarle a la chica “¿Cómo vamos a resolver esto que pasa entre nosotros?”, dando por hecho que existía reciprocidad.
A una mujer la violó en su propia mansión, con la esposa y los hijos de Bikram durmiendo en el piso de arriba. Si era rechazado, no solía tomárselo bien. La defensa de Choudhury ante la ola de acusaciones, convencido de su impunidad, no descansaba en argumentos elaborados ni jurídicos: «No es cierto lo que dicen. No necesito hacer esas cosas. Hay millones de mujeres en el mundo dispuestas a hacerlo conmigo. Algunas hasta pagarían hasta un millón de dólares por unas gotas de mi semen».
Después del #MeToo el mundo del yoga debió replantearse. En algunos estudios se solicitó consentimiento para tocar durante los ajustes. Si el alumno deniega, el profesor debe desistir. Muchas alumnas se han animado a denunciar situaciones que antes callaban y los profesores deben respetar los límites. La caída del imperio fue profunda: Bikram pasó a ser Hot Yoga o adosaron otras denominaciones, y la fiscalía no inició acción penal por ninguna de ellas. Hubo acuerdos extrajudiciales y desistimientos. Finalmente, la abogada Minakshi Jafa-Bodden llevó el caso a la justicia y logró una condena de casi 8 millones de dólares. A la semana siguiente, Choudhury dejó Estados Unidos para no afrontar la deuda y se fugó. Hoy reside en México donde continúa figurar en la sombra de su legado.
Imágenes y recursos visuales sugeridos
Una imagen que ilustre el entorno de una clase de Bikram Yoga en una sala caliente puede ayudar a contextualizar el documental. Otra visualización podría ser un gráfico de la evolución del negocio: número de franquicias a lo largo de las décadas y el cambio de denominación a Hot Yoga.

Elementos clave del documental
El filme de Eva Orner traza el perfil de un carismático personaje que levantó un imperio con una rutina de 26 posturas y dos respiraciones, y que luego enfrentó acusaciones graves de abuso y violencia. Presenta material de archivo de sus clases, entrevistas limitadas y un foco en las víctimas y en el impacto global del movimiento Bikram Yoga.
Tabla de datos destacables
| Aspecto | Descripción |
|---|---|
| Posturas | 26 asanas en una secuencia fija |
| Duración de sesión | 90 minutos |
| Temperatura de sala | 40-45 grados Celsius, ~40% humedad |
| Franquicias | Más de 650 a nivel mundial |
| Fortuna estimada | Aprox. 75 millones de dólares |
| Consecuencias legales | Condena a casi 8 millones de dólares; fuga a México |
Con el paso de los años, el yoga Bikram se revalorizó como Hot Yoga en muchas comunidades y estudios, mientras que el caso de su fundador provocó un replanteamiento de la ética, el consentimiento y la seguridad en las prácticas de ajuste durante las clases.