David Maria Turoldo (1916-1992) fue un sacerdote siervo de María, poeta y figura decisiva de una iglesia en constante búsqueda de renovación. Su biografía, en palabras de quien la estudia, es una “autoentrevista” que revela una existencia vivida al límite entre fe, protesta y amor por la gente pobre. Su vocación nació en Friuli, de una familia campesina extremadamente pobre, y se forjó a través de la lucha por la justicia y la dignidad de los oprimidos.
Entró en los Servidores de María movido por la devoción a la Virgen y asumió el nombre del rey David, personaje fulvo de cabellos como él. Su propia voz استف to da voz a una vida dedicada a descubrir el rostro de Dios y el rostro del hombre, en un marco de humildad y libertad. Según Ermes Ronchi, su vocación fue “amar con la misma intensidad cielo y tierra” y su resistencia derivó de la obediencia a la Palabra. En este sentido, Turoldo fue descrito como una “coscienza inquieta de la Iglesia” que no aceptaba genuflexiones ante el poder.
Una vida de frontera: exilios, cultura y compromiso
La lucha de Turoldo contra la opresión no fue teórica: “fui precisamente de Resistencia la mi divisa interior” y jamás se arrepintió de haber proclamado la nueva bienaventuranza: “Beati coloro che hanno fame e sete di opposizione”. Su vida itinerante lo llevó a Innsbruck, Ginebra, París y otras ciudades, siempre en defensa de una iglesia más abierta, más humana y más cercana a los pobres. En Florencia encontró una catedral de ideas con el obispo Elia Dalla Costa y el teólogo Ernesto Balducci, pero también enfrentó desencuentros que lo obligaron a nuevos exilios: Inglaterra, Estados Unidos, México, Canadá y Sudáfrica. Aun así, siempre volvió a un núcleo de acción: una iglesia que dialoga, que escucha, que predica el Evangelio sin sobreactuar ante el poder.
Su existencia fue descrita como “una vida de revolucionario tradicionalista”: una vocación que buscaba unidad entre tradición y novedad, fidelidad y libertad, siempre desde la pregunta abierta y la crítica amorosa. En sus palabras, la iglesia no debe convertirse en un señorío, sino en una “comunidad de hermanos”. Aun cuando la jerarquía fue excesivamente cautelosa, su relación con figuras como Giovanni XXIII, Don Milani, Ernesto Balducci y Giorgio La Pira mostró que era posible amar a la Iglesia y exigirle mucho.
La liturgia y la renovación: el Concilio antes del Concilio
Antes del Concilio Vaticano II, Turoldo ya defendía una liturgia en lenguaje popular, una participación real de los fieles y una Iglesia menos aislada y más dialogante. “La liturgia debe estar al centro de la vida del pueblo de Dios; la Misa en italiano fue un paso decisivo hacia la verdadera reforma”, decía, adelantando cambios que el Concilio popularizó. En su visión, la Iglesia debe ser una casa común, donde la diversidad de dones encuentra su expresión en la comunión de todos los fieles, sin privilegiar a nadie por encima de los demás.
Este programa provocó tensiones, y su película Los últimos (1963) fue recibida con críticas por su enfoque “marxista” según la jerarquía, aunque hoy se lee como una denuncia de la pobreza y de la exclusión. Para él, la verdadera reformación de la Iglesia pasaba por dejar atrás una liturgia estática y permitir que el Pueblo de Dios asuma responsabilidad, creatividad y participación plena. En este marco, Turoldo entendía la fe como práctica diaria, inseparable de la justicia y la solidaridad.
Poesía como acto religioso y ética social
La poesía de Turoldo fue para él un modo de orar y de denunciar. Dijo que “prego e canto para todos” y su obra bebe directamente de los Salmos y de textos bíblicos, para buscar el rostro de Dios y el de la humanidad. Es conocido por su poema “Oltre la foresta” en el volumen Canti ultimi, donde llama a la fraternidad más allá de las diferencias y reconoce que nadie posee el secreto del nombre de Dios. Su poesía fue descrita como un puente entre lo terrenal y lo divino, una voz que denuncia la injusticia y al mismo tiempo llama a la comunión de la creación.
La crítica literaria también ha destacado la capacidad de Turoldo para unir fidelidad y libertad, tradición y experiencia contemporánea. Carlo Bo lo consideró como alguien dotado de dos dones: fe y poesía. Michele Ranchetti destacó la tensión entre su duda y su fe, señalando que su diálogo con Dios fue profundo y continuo, incluso en el dolor y la incertidumbre. Su obra poética es, por tanto, una invitación a ver más allá de la apariencia y a buscar la presencia de lo divino en la historia humana.
Compromiso ecológico y social: la tierra como sacramento
Para Turoldo, la naturaleza no era una mera cuestión estética sino sacramental: “la tierra es la primera página bíblica”, y el Tagliamento, a su modo, fue su “battistero salvaje”. Su visión ecológica anticipó muchos de los planteamientos de Laudato si’ de Francisco: la crisis no es una dualidad entre planeta y valores, sino una sola crisis ética y humana que se manifiesta en lo económico, lo político y lo espiritual. En su obra y en su vida, la defensa de la creación era inseparable de la defensa de los pobres, de la justicia y de la dignidad humana. En este sentido, su poesía y su militancia se cruzan para proponer un mundo más humano y más sostenible.
Morir para vivir: el final de su vida y su legado
A finales de los años ochenta, Turoldo recibió el diagnóstico de un cáncer de páncreas y enfrentó la enfermedad con serenidad y fe. En una entrevista televisiva, confesó que ante el dolor a veces comprendía a los enfermos tentados por la eutanasia, y dejó un mensaje de esperanza: vivir cada día como “un día nuevo, que no es nunca vivido por nadie en la tierra”. Su última Misa fue transmitida en directo por la televisión italiana (Rai Uno) y murió en Milán en 1992. Su tumba, en Fontanella di Sotto il Monte, recuerda a un hombre que amaba a la Iglesia, el mundo y a Dios con una intensidad que dejó una huella en generaciones posteriores.
La trayectoria de Turoldo fue objeto de numerosas lecturas y biografías, entre ellas la de Mariangela Maraviglia, que subraya su vocación de “voz profética” y su capacidad para mantener la esperanza y la justicia frente a la adversidad. La memoria de su figura se celebra hoy en distintos actos y exposiciones, que destacan su compromiso con la renovación de la Iglesia, su defensa de los pobres y su amor por la poesía como forma de oración y de acción social.
Fragmento poético recomendado
Entre sus obras, destaca el poema “Oltre la foresta” por su llamada a la fraternidad universal y su reconocimiento de que nadie posee la verdad absoluta sobre Dios. Su poesía, anclada en la Biblia, es un instrumento de denuncia y de comunión, que invita a una fe que interroga y que abraza la vida en todas sus dimensiones.

VIENI SEMPRE SIGNORE (poesia di p. Davide M. Turoldo)
En suma, la figura de David Maria Turoldo se puede comprender como una síntesis de fe ardiente, libertad ética y compromiso social, con una mirada ecológica que anticipa desafíos contemporáneos. Su vida, su acción y su poesía continúan siendo una guía para quienes buscan una iglesia menos clerical y más cercana a la gente, sin renunciar a la profundidad de su fe y a la belleza de su lenguaje.