En nuestro itinerario, a través del Cuarto Evangelio, hacia la última etapa para entender quién es Jesús para nosotros, entramos en los llamados “discursos de despedida” de Jesús a sus apóstoles. Este enfoque no pretende resumir contextos ni dividir unidades; sería como trazar cuadros en una lava que desciende del cráter. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así, ¿habría dicho: “Voy a prepararos un lugar”? Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré contigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros, y sabéis a dónde voy y cuál es el camino.
Tomás pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino?” Jesús responde: “Yo soy la vía, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí.” “Io sono la vía, la verità e la vita”: palabras que solo una persona en el mundo podía pronunciar y que realmente pronunció. Cristo es la vía y es la meta del viaje. Hemos contemplado a Cristo como Vida, comentando su palabra “Yo soy el pan de la vida”, como Verdad explicando “Yo soy la luz del mundo”. Céntrensemos, pues, ahora en Cristo Via.
Después de contemplar a Cristo como don, tenemos la oportunidad de contemplarlo como modelo. “Porque - escribe Kierkegaard - el Medioevo se había desviado hacia el énfasis en Cristo como modelo, Lutero enfatizó el otro aspecto, afirmando que Él es don y que este don recae en la fe de aceptarlo”. Jesús continúa diciendo a quienes encuentra -a nosotros, en este momento- lo que decía a los apóstoles y a los que encontró en su vida terrena: “Venid tras mí”, o en singular, “Sígueme”. La secularidad de la contemplación de la vida cristiana se expresa en la tradición de la Immitación de Cristo, libro que ocupa un lugar central en la devoción cristiana. Seguir a Jesús es casi sinónimo de creer en Él; creer, sin embargo, es una actitud de la mente y de la voluntad; la imagen de la “vía” y del “caminar” pone de relieve un aspecto importante de la fe: el “caminar”, el dinamismo que debe caracterizar la vida cristiana y la repercusión de la fe en la conducta.
Con la lavanda de los pies, Giovanni subrayó un ámbito prioritario de la sequela de Cristo: el servicio (Jn 13,12-15). Pero no hablaré del servicio; a este tema he dedicado la última predicación de la Cuaresma pasada y no es el caso de repetirme. Prefiero hablar de lo que caracteriza la sequela de Cristo y la distingue de cualquier otra forma de seguimiento. En la vida religiosa nos dicen que seguimos a un maestro, pero la diferencia esencial entre nuestra obediencia y la de Cristo radica en que nuestra regla se nos da por medio del Fundador o de la Fundadora, pero la gracia y la fuerza para practicarla provienen únicamente de Jesús Cristo.
Tomás de Aquino comentó, ante la frase paulina “la letra mata, el Espíritu vivifica” (2 Cor 3,6): “Por letra se entiende toda ley escrita que permanece fuera del hombre, incluso los preceptos morales contenidos en el Evangelio; por lo que la letra del Evangelio mataría si no se añadiese, dentro de ella, la gracia de la fe que sana”. Y poco antes afirmó que “la gracia que nos sana” es “la misma gracia del Espíritu Santo dada a los creyentes”. San Agustín lo comprendió por experiencia y por eso inventó su famosa oración: “Señor, tú me mandas ser casto. Por eso tantas partes de los discursos de Jesús en la Última Cena tienen por objeto el Espíritu Paraclito que enviaría a los apóstoles”.
La mayor parte de la predicación de Jesús sobre la Última Cena se centra en el Espíritu Santo: “Muchas cosas os tengo que decir, pero ahora no podéis soportarlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad; porque no hablará por sí mismo, sino dirá lo que oiga y os anunciará las cosas futuras. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16,12-15). Si Jesús es “la Vía” (odòs), el Espíritu Santo es “la Guía” (odēgos, o odegìa). Así lo declaraba ya san Gregorio Nacianceno, y así lo invoca la Iglesia en el Veni Creator. Entre las diversas funciones que Jesús atribuye al Parácito, nos interesa especialmente la de Suggeritore: “El Paraclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho” (Jn 14,26). “Él os hará recordar”: la Vulgata Latina traduce ipse suggeret vobis: él os sugerirá. El sugeridor en teatro está oculto en una cavidad y es invisible al público; exactamente como el Espíritu Santo que ilumina todo y permanece invisible, detrás del escenario.
La fidelidad a las inspiraciones es el camino más corto y seguro hacia la santidad. No sabemos de antemano cuál es la santidad concreta que Dios quiere de cada uno; solo Él la conoce y la revela a medida que avanza el camino. No basta con tener un plan de perfección claro para luego realizarlo progresivamente. No hay un modelo de perfección idéntico para todos. Dios no hace santos en serie; cada santo es una invención única del Espíritu. Dios puede pedir a uno lo opuesto a lo que pide a otro. En consecuencia, para alcanzar la santidad, no basta seguir reglas generales; hay que descubrir, a través de los acontecimientos de la vida, la Palabra, la guía del director espiritual, pero el medio principal son las inspiraciones de la gracia.
Tomemos como ejemplo a la Madre Teresa de Calcuta: hasta los 36 años era una religiosa fiel a su vocación y a su trabajo, sin indicios de algo extraordinario. En un viaje en tren hacia Darjeeling, durante su retiro anual, el Espíritu le susurró un claro mandato: deja tu orden, tu vida anterior y ponte a disposición para una obra que Él indicará. Las decisiones de importancia para uno mismo o para otros deben someterse a la autoridad, o al padre espiritual. Así hizo Madre Teresa. Las buenas inspiraciones tienen algo en común con la inspiración bíblica, salvo las diferencias de autoridad y alcance. “Dios dijo a Abraham …”, “El Señor habló a Moisés”: hablar de Dios no era, desde la fenomenología, distinto a lo que ocurre en las inspiraciones de la gracia. La voz de Dios, incluso en el Sinaí, no resonaba fuera, sino dentro del corazón, como claridad e impulsos del Espíritu Santo. Los Diez Mandamientos no fueron grabados por el dedo de Dios en tablas de piedra, sino en el corazón de Moisés, que luego los talló en piedras. “Movidos por el Espíritu Santo, hablaron esos hombres, de parte de Dios” (2 P 1,21); eran ellos los que hablaban, pero movidos por el Espíritu Santo; repetían con la boca lo que escuchaban en el corazón. Cada fidelidad a una inspiración es recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y fuertes.
El discernimiento de los espíritus ha evolucionado. En sus inicios, se entendía como el carisma para distinguir entre palabras, oraciones y profecías en la asamblea: cuál provenía del Espíritu de Dios y cuál no. El sentido de diakrisis oscila entre distinguir e interpretar: distinguir si habló el Espíritu de Dios o un espíritu diferente; interpretar qué quiso decir el Espíritu en una situación concreta. Si consideramos la experiencia actual de movimientos pentecostales y carismáticos, este carisma consistía en la capacidad de la asamblea, o de algunos en ella, de responder a una palabra profética, cita bíblica o oración, expresando aprobación con signos de cabeza o voz, o mostrando silencios y cambios de tema para indicar un juicio negativo. Así la profecía verdadera o falsa se juzga “por los frutos” que produce, como aconsejaba Jesús (cf. Mt 7,16). Posteriormente, en espiritualidad oriental y occidental, el carisma del discernimiento sirvió para discernir las inspiraciones del discípulo por parte de un anciano, como en el monacato, y más ampliamente para discernir las propias inspiraciones. Existen criterios objetivos: no dar crédito a toda inspiración, sino someterla a prueba para ver si proviene de Dios, porque han surgido muchos falsos profetas. En moral, un criterio fundamental es la coherencia del Espíritu de Dios con sí mismo: no puede pedir algo contrario a la voluntad divina tal como se expresa en la Escritura, la enseñanza de la Iglesia y los deberes del estado. A veces, estos criterios no bastan, porque la elección no es entre bien y mal, sino entre dos bienes, y conviene ver qué es lo que Dios quiere en una circunstancia concreta.
El santo invita a observar las intenciones, a las que llama “espíritus”, que están detrás de una decisión y de las reacciones que provoca. Lo que viene del Espíritu de Dios trae gozo, paz, tranquilidad, dulzura, sencillez y claridad. Lo que proviene del espíritu del mal produce turbación, inquietud, confusión y tinieblas. En la práctica, las cosas son más complejas: una inspiración puede venir de Dios y, aun así, causar turbación, quizá por resistencia o por un pedido que no estamos preparados para dar. Si la inspiración es acogida, el corazón encontrará pronto una profunda paz. Un ámbito crucial para discernir es el de los sentimientos; nada es más insidioso que el amor: la naturaleza es muy hábil para hacer pasar por espíritu aquello que proviene de la carne. El fruto de esta meditación debe ser una renovada decisión de confiar plenamente en la guía interior del Espíritu Santo, como una especie de “dirección espiritual”. Debemos abandonarnos al Maestro interior que nos habla sin palabras ruidosas. Como buenos actores, debemos mantener el oído atento, en grandes y pequeñas ocasiones, a la voz de este “suggeritore” oculto para representar fielmente nuestra parte en la escena de la vida. Es más sencillo de lo que se piensa, porque Él habla dentro de nosotros, nos enseña todo y nos instruye sobre todo. A veces basta una simple mirada interior, un movimiento del corazón, un momento de recogimiento y oración. San Agustín establece un articulado y vivo contrasentido con el Apóstol: preguntarse a Juan por qué escribió estas cartas a quienes ya estaban ungidos. Hay aquí un gran misterio para reflexionar. Si acoger las inspiraciones es importante para cada cristiano, es vital para quienes tienen cargos de gobierno en la Iglesia. Solo así permite al Espíritu de Cristo guiar su Iglesia a través de sus representantes humanos. No es necesario que toda la nave esté pendiente de la radio para saber la ruta; es imprescindible que lo estén los responsables de bordo. A partir de una inspiración divina, gracias a la acogida valiente de Juan XXIII, nació el Concilio Vaticano II. Que en esta Pascua el Señor Resucitado haga resonar en nuestro corazón alguno de sus divinos “Yo Soy” que hemos meditado en la presente Cuaresma: especialmente el que proclama su victoria pascual: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre” (cf. Jn 11,25-26).
2. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-IIae, q. 106, a. 3; Ibíd., q. 106, a. 6; Cf. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, IV Settimana. A las 9 de la mañana, en la Capilla “Redemptoris Mater”, ante Su Santidad, el Predicador de la Casa Pontificia, Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., pronunció la primera predicación de Cuaresma titulada “El Concilio Vaticano II, 50 años después. 1. El Concilio Vaticano II: un afluente, no el río”

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