Seneca, maestro de espiritualidad: vida, obras y influencia

Filosofo e scrittore latino (n. Cordova 4 a. C. - m. 65 d. C.).

Seneca fue hijo de Seneca el Retore, y realizó sus estudios en Roma, junto a Papirio Fabiano, retore y filósofo estoico, el estoico Atalo, el cínico Demetrio y el neopitagórico Sosión.

Joven, se fue a Egipto, y a su retorno fue introducido en Roma al ambiente de la corte de Calígula.

Inició la carrera forense, y una oratoria pronunciada en 39 ante el emperador provocó la ira de este, que casi lo hizo matar; ya maduraban en S. los conceptos de absolutismo iluminado que no podían hacerlo aceptable para el dispotico Calígula.

Asumido al trono Claudio, S., involucrado en un intrigo de corte, fue exiliado en Córcega, donde permaneció ocho años.

El recogimiento del exilio maduró en él la tendencia a la reflexión filosófica y moral, ya fuerte en la juventud, y evidenció su naturaleza, dividida entre la aspiración a la soledad del filósofo y el apego a la sociedad en la que el hombre tiene el deber de actuar.

Tras la muerte de Mesalina, que le era muy hostil, Claudio lo llamó nuevamente de Córcega, y Agripina le encargó la educación del hijo Domicio (el futuro Nerón), joven de ingenio precoz y virtudes prometedoras.

A la educación de Nerón S. se dedicó con empeño y afecto y sus relaciones con el príncipe, luego emperador, determinaron todo el curso y la orientación de su vida.

Seneca proponía a Nerón como modelo Augusto, aunque acompañando las inclinaciones griegizantes del joven para ganarse la simpatía de la parte oriental del imperio; pero Nerón se estaba formando con un fuerte temperamento autócrata, dispuesto a aceptar de la enseñanza política y moral de S. solo la parte absolutista y no la de clemencia y austeridad (el ideal del príncipe de Seneca será más bien encarnado por Trajano).

Asumido al trono Nerón, S., junto con Afranio Burro, prefecto del pretorio, intentó sostener y guiar la política del joven emperador, apartándolo de la tutela de Agripina; pero la lucha entre madre e hijo no pudo ser controlada por el maestro, quien debió presenciar la muerte de Brittánico y luego de Agripina misma.

En estas turbio vicisitudes la misma persona de S. quedó involucrada y la opinión pública de Roma le atribuyó incluso cierta participación en el complot contra Agripina.

En realidad Seneca esperaba no perder definitivamente el control de Nerón, que por otro lado comenzaba a no tolerar ya su enseñanza y su guía.

Muerto Burro en 62, Seneca decidió retirarse a una vida privada, mientras Nerón seguía su camino de despotismo.

Los últimos tres años de su vida los pasó en el estudio y la meditación, buscando justificar en el silencio del retiro ese deber de filósofo estoico que había perseguido también, pero sin éxito, en la política y la sociedad.

Descubierta en 65 la conjura de Pisón, Seneca fue denunciado como cómplice y se dio la muerte (bellísima la descripción de Tácito en Ann. XV, 60-64). Su muerte serena pasó ejemplar en la tradición de la cultura y la religiosidad occidentales como el ideal mismo de la muerte del filósofo.

Sobre sus obras, no pocas se han perdido, conocidas solo por fragmentos o menciones antiguas; una colección de ellas, que comprendía una notable parte de las supervivientes, se conocía desde la antigüedad como Dialogorum libri, aunque la forma del diálogo se en Seneca reduce a un puro esquema.

La cronología de las obras es extremadamente incierta, de modo que no es fácil reconstruir la historia espiritual del filósofo y moralista; probablemente las Cartas a Lucilio sean una de las últimas obras.

El listado de los Dialogos, según el orden de los manuscritos, es el siguiente: De providentia, De constantia sapientis, De ira, Consolatio ad Marciam, De vita beata, De otio, De tranquillitate animi, De brevitate vitae, Consolatio ad Polybium, Consolatio ad Helviam matrem.

Las otras obras filosóficas están por sí mismas: Naturales Quaestiones, De beneficiis, De clementia, Epistulae morales (las Cartas a Lucilio).

Un lugar particular en la producción de S. ocupan las tragedias, escritas probablemente en un ciclo único, tras el retiro de la corte de Nerón (destinadas a la lectura y no a la representación): Hercules furens, Troades, Phoenissae, Medea, Phaedra, Oedipus, Agamemno, Thyestes, Hercules Oetaeus; ciertamente no es de S. la Octavia, obra de un imitador suyo, escrita tras la muerte de Nerón; el Agamemno y el Hercules Oetaeus han sido a veces considerados spurius.

Aparte queda también el Ludus de morte Claudii, conocido también con el título Apokolokyntosis, sátira menipea sobre la suerte de Claudio en el reino de los muertos, en la que se manifiesta todo el odio y el desprecio que S. nutría por el emperador que lo había relegado a Córcega.

Seneca es ciertamente una de las personalidades más ricas del mundo antiguo, y un alto representante de esa espiritualidad pagana que, en los primeros siglos del cristianismo y luego en la madurez de la Edad Media, debía atraer fuertemente a las almas más sensibles a la cultura greco-romana.

De un pasaje contenido en una carta de san Pablo nació incluso la leyenda de Seneca cristiano, corroborada por una correspondencia apócrifa entre él y san Pablo mismo. Por ello Seneca fue uno de los escritores latinos más amados y leídos en la Edad Media: al Humanismo apareció, junto a Cicerón, como el moralista por definición.

En su obra principal, las Cartas a Lucilio, junto al esplendor singular y nuevo del estilo, profundamente distinto del ciceroniano, lleno de fragmentos, agudezas, audacias y fuga de toda armonía -que se podría definir barroco- se nota una sensibilidad agudísima por el alma humana, una espiritualidad capaz de entender y acoger todas las contradicciones y errores de las que también, y sobre todo, las almas nobles son capaces, señalando al tiempo mismo la vía para la resolución de estos en un temperamiento del estoicismo con motivos epicúreos y también platónicos y peripatéticos.

En la consideración tradicional, S. pertenece como filósofo a la historia del estoicismo, formando con Epicteto y Marco Aurelio la tríada de los máximos representantes de la llamada última Stoa, de la cual es el menos sistemático. Poco original, como los otros dos, sin embargo el tono moral y el ideal humano que él intuyó tienen una fisonomía inconfundible.

Si en los años de la vida de corte, junto al protegido Nerón, Seneca intentó trasladar en el plano político sus ideales filosóficos, construyendo el ideal del soberano perfecto al servicio del Imperio, y que por ello es soberano absoluto (la concepción de S. es de hecho antisenatoria), en los años de retiro que precedieron la muerte él revisó mentalmente esa experiencia y la fundió con toda su cultura y sus meditaciones para formar una ética de la sabiduría y la sapiencia que justificara tanto la acción como el ocio, y permitiera, según el ideal de toda la vieja cultura clásica, alcanzar un estado de calma de la alma, no solo a través de la renuncia, sino mediante el dominio inteligente de las pasiones, en una sobriedad digna.

El interés por el hombre de psicología tormentada e contradictoria inspira también las tragedias, donde el espíritu barroco del estilo de S. se manifiesta, y se observa la correspondencia entre Seneca y san Pablo en la novela de la época.

La convicción de las relaciones entre S. y el cristianismo se confirmó pronto en una colección de 14 cartas apócrifas que habrían intercambiado; los temas tratados (cuestiones gramaticales y estilísticas; actitud de Nerón; ejemplos de fortaleza pagana; etc.) y el estilo denuncian lo apócrifo, al cual sin embargo se le dio fe hasta el siglo XV (uno de los primeros en demostrar lo apócrifo parece haber sido L).

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