Hace 60 años, el Dalai Lama, líder espiritual del budismo, huyó junto con sus seguidores de su palacio en Lhasa, la capital del Tíbet, para exiliarse en la India, así comienza la historia de exilio del Dalai Lama. Una odisea que hoy decidimos recorrer para encontrarnos con los únicos testigos vivos del hito histórico, quienes no sabían que nunca más podrían regresar a lo que fue su hogar.
A él, sueña con poder ofrecerle té en la taza de plata repujada y porcelana brillante que él mismo fabricó, una pieza que solamente puede ser utilizada por el Dalai Lama. Es decir, por Tenzin Gyatso, nombre religioso completo del líder tibetano. Aquel anciano que guarda la taza y la historia de su uso en una memoria que se enciende cada vez que se menciona el viaje que cambió al mundo tibetano.
Como sucede en aquella historia, Thupten era un adolescente que vivía en Tawang, India, en las estribaciones del Himalaya. Ni siquiera sabía quién era aquel joven de 23 años que ocupaba esa habitación vigilada, pero debía mantener la luz encendida y el fuego vivo. Todavía hoy recuerda cómo el joven le hablaba y le sonreía, aunque no le entendía porque lo hacía en tibetano. Años después comprendió que aquel muchacho era el líder espiritual y político del pueblo tibetano y la decimocuarta reencarnación del Dalai Lama.
Un hombre que acababa de abandonar su país natal tras un peligroso recorrido de dos semanas por el sur del Tíbet. Un hombre que tenía poco tiempo de haber cruzado la frontera con la India para recibir asilo político. Un exiliado que jamás ha podido regresar junto a los suyos y que, probablemente, nunca logrará hacerlo.
El 31 de marzo de 1959, el Dalai Lama pisó el suelo del Tíbet por última vez. Su tierra. El lugar donde 20 años antes, en 1939, con cuatro de edad, fue entronizado como Dalai Lama, como Buda viviente. Aquel día de marzo, a las dos de la tarde, cruzó a India. Aún dice hoy, cuando en julio cumplirá los 84 años, que no descarta volver. Que si se produce un cambio de actitud del gobierno chino, que invadió el Tíbet en 1950 y desde entonces lo asimiló a su país, regresará. Que los tibetanos lo esperan allí y que también millones de chinos budistas quieren que vuelva y que él desea hacerlo.
La idea inicial no era salir del país. Sólo alejarse de la capital y dirigirse al suroeste del Tíbet. Desde un lugar seguro podría negociar con Beijing y evitar que Lhasa fuera bombardeada. Pero a los pocos días de viaje, empezaron a escuchar noticias de la ciudad. Apenas 48 horas después de haberse marchado, el ejército había atacado. China bombardeó con morteros los palacios y prendió fuego a las casas. Había masacrado a centenares de personas. Medio palacio de Norbulingka fue hundido y entre los cadáveres, los soldados chinos se esforzaban por encontrar el cuerpo sin vida del Dalai Lama. No les importaba que estuviera allí. Querían que así fuera. Cuando no hallaron su cadáver, descubrieron que había huido antes del ataque. Entonces, cambió todo. No quedaba otra salida que el exilio. Tratar de llegar a India. Caminando durante dos semanas por montañas entre nieve y tormentas que escarchaban los bigotes de sus compañeros y les obligaban a taparse los ojos con trozos de tela o las trenzas del pelo.
“Tiempo después reflexioné y asumí que a partir de ese momento, era inevitable que dejara el país. No había nada más que pudiera hacer por mi gente si me hubiese quedado y los chinos, finalmente, me hubieran capturado. Sólo podía exiliarme”, escribió Gyatso. Todavía no sabía que aquella huida acaparaba titulares en periódicos de todo el mundo. Ellos simplemente caminaban dejando atrás el Tíbet, temiendo que los detectaran y soñando con llegar vivos a la India.
Arunachal Pradesh sigue siendo hoy el mismo estado tan frío como caliente que era cuando el Dalai Lama llegó escoltado por soldados, monjes y campesinos. Frío porque aquí se encoge poco a poco el Himalaya tras haber crecido por encima de los 8,000 metros, pero mantiene alturas superiores a los 4,000, como el paso de Sela, y aldeas que crecen sobre sus nieves. En Tawang, el pueblo más grande, se encuentra uno de los monasterios más importantes del budismo tibetano y desde hace décadas hay un asentamiento tibetano. Allí se quedó Sonam Norbu, hoy 82 años, quien durante días guió al Dalai Lama en su huida. Como él, tampoco ha podido regresar nunca al Tíbet. Un estado que reverdece y donde corre el agua y crecen los plantíos, trazando la misma ruta que realizó el monje caminando y a caballo hace ahora seis décadas hasta llegar a Tezpur, donde se subió en un tren que lo llevó primero a Delhi y semanas más tarde a Dharamsala, de nuevo al norte de la India, donde vive desde entonces junto a más de 150,000 tibetanos exiliados.
En Dharamsala se construyen hoy pequeños templos y altares en aquellos lugares que visitó el líder tibetano y donde sobreviven decenas de familias que se dedican al mantenimiento de esa vía que es la única forma de comunicación y vida con el resto del país. Pero también es un estado en conflicto crónico, sobre todo, la región limítrofe con Bután y Tíbet que ambos países reclaman y que provocó una breve guerra fría y varios conflictos en las décadas de los 60 y 80. Dos años atrás, se produjo el último enfrentamiento, con tropas desplegadas a ambos lados de la frontera y dos meses de tensión que se resolvieron diplomáticamente. Aquella primavera, otra visita del Dalai Lama a la zona provocó la ira de China.
En la ciudad de Guwahati, surgió uno de los momentos más emotivos del viaje. “Mirándote a la cara, me doy cuenta de que debo de ser muy viejo también”, dijo Gyatso a Nrender Chandra Das, último guardia fronterizo vivo de la patrulla que lo acompañó en aquellos días. Chandra Das conserva aún su uniforme y posa para nosotros junto al vestuario del batallón Assam Rifles, la unidad que protegía al monje que huía. “No había vuelto a verlo desde aquella vez. Que me reconociera y su abrazo después de tanto tiempo fue un momento muy emocionante para mí”, confiesa.
Durante esas dos semanas de ruta, el Dalai Lama descubrió la realidad detrás del proverbio tibetano que recuerda que el dolor existe para medir el placer. La herida abierta por su huida se equilibraba con el recibimiento en la India y la nueva vida que empezaba a construir. Pero tras 60 años, y 30 ya desde que en 1989 le concedieron el Premio Nobel de la Paz, el futuro sigue siendo tan oscuro como lo era el día que dejó el Tíbet.
Hace 10 años, al cumplir 50 de aquella huida, viajé a Dharamsala para reunirme con él. En su residencia, confeso que aún no sabía si volvería a reencarnarse. Ese es su gran dilema. Si decide hacerlo, el mundo podría encontrarse con dos Dalai Lamas: uno nacido en el exilio y otro en el Tíbet, controlado por Beijing. Consciente de este dilema, Tenzin Gyatso parece hoy partidario de terminar cinco siglos de Dalai Lamas, pero sabe que los suyos no quieren eso. Los tibetanos no conciben que el Dalai Lama sea su sol y no saben vivir sin sol. Por eso sueña con un gesto de Beijing que le permita regresar al Tíbet, a Lhasa, con la garantía de morir en paz y reencarnarse por decimoquinta vez donde siempre nacen los Dalai Lamas.
Desde entonces han pasado 60 años de esta historia de exilio del Dalai Lama. ¡Suscríbete a nuestro Newsletter!
