El Zen, como la bicicleta, no es un método, no es un dogma, no es una religión, sino una forma de afrontar la vida, una experiencia que facilita un contacto más profundo con uno mismo. Las manos que sostienen el manubrio, los pies que empujan los pedales activando el movimiento armónico de las piernas; la respiración tranquila y regular, la energía que fluye por todo el cuerpo, mientras la mente vaga libre en un estado de plena conciencia. Esta sensación, muy conocida por millones de aficionados ciclistas en todo el mundo, en la tradición Zen se denomina conciencia.
Para alcanzar ese estado en el que los pensamientos flotan de manera sencilla y natural, de hecho, no hace falta permanecer horas sentados en postura del loto con ojos entrecerrados y palmas de las manos hacia arriba. La bicicleta, según Juan Carlos Kreimer, además de ser un medio de transporte ágil, una herramienta para entrenar el cuerpo o hacer excursiones dominicales en la naturaleza, es sobre todo un dispositivo que nos permite llegar a un estado mental mucho más rico de lo que se podría pensar posible, un estado muy similar al obtenido a través de la meditación.
En años de práctica Zen y pedaleadas por el mundo, Kreimer ha logrado una conciencia plena de los efectos cotidianos que incluso pocos minutos de pedaleo pueden dejar en el ciclista amateur: los pensamientos habituales, las preocupaciones y las obligaciones desaparecen, la mente se libera de sus condicionamientos y afloran ideas que hasta hace pocos segundos estaban ocultas en una esquina.
Se cuenta, por lo demás, que la primeras intuiciones de la teoría de la relatividad surgieron mientras Einstein vagaba distraídamente en sillón de bicicleta, una anécdota que ilustra cómo la mente puede abrirse en movimiento y en contacto con el entorno. En la ciudad, esa experiencia de atención plena se acopla con el ritmo urbano: semáforos, ruidos, vistas cambiantes y la interacción con otros ciclistas y peatones se convierten en parte de un flujo que favorece la claridad mental y la serenidad.
La práctica de la bici zen en el entorno urbano plantea ciertos principios simples: mantener una respiración regular mientras se pedalea, concentrar la atención en el cuerpo en movimiento y aceptar las distracciones como parte del viaje sin dejar que rompan la quietud interior. Este enfoque transforma la rutina del desplazamiento diario en una oportunidad de entrenamiento mental y físico, donde cada giro de pedal impulsa no solo el avance, sino también la experiencia de estar plenamente presente.
En resumen, la bicicleta puede funcionar como una forma accesible de meditación en movimiento: no requiere tiempo extra, ni un espacio específico, ni ritos especiales. Solo se necesita una atención atenta al cuerpo, a la respiración y al entorno. Así, el ciclista urbano convierte su ruta cotidiana en un momento de quietud activa, donde la mente se mantiene clara, el cuerpo se fortalece y la experiencia de pedalear se transforma en una práctica de calma y presencia.
